El magnético directo de Jorge Drexler

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«Drexler cautivará con unas armas tan reales como sencillas: jugando con los sonidos, las luces, la palabra y el silencio. El bendito silencio»


Durante cuatro lunes consecutivos, Jorge Drexler ha agotado las 900 butacas del Teatro Calderón de Madrid para presentar su gira Silente. Un concierto en el que defiende sus canciones a solas y logra hipnotizar a la audiencia. En el último estuvo Arancha Moreno.


Jorge Drexler
Teatro Calderón, Madrid
11 de marzo de 2019


Texto: Arancha Moreno
Fotos de la gira de Silente: Silvia Poch.


Una tormenta de aplausos recibe a Jorge Drexler cuando atraviesa el escenario vacío. Sonríe agradeciendo la acogida, sin dejar de agitar un pequeño instrumento de percusión semioculto entre sus dedos. Sigue sonando mientras recita unos versos de bienvenida, para situar al espectador ante lo que está a punto de ocurrir. Está interpretando “Transporte”, la canción perfecta para llevarnos a otro lugar. El público le escucha y le mira sin saber todavía que, a partir de ese instante, el resto del mundo pasará a un segundo plano. Permanecerá completamente atrapado por un hechicero que no hace trucos de magia ni usa atril de orador; ni es trilero, ni es predicador. Drexler cautivará con unas armas tan reales como sencillas: jugando con los sonidos, las luces, la palabra y el silencio. El bendito silencio.

Las elegantes hechuras del Teatro Calderón lucen en el corazón de la calle Atocha desde algo más de un siglo. La embriagadora voz de Jorge celebra en Madrid cerca de veinticinco inviernos. La ciudad le quiere tanto que se han agotado las entradas para verle en el mismo teatro durante cuatro lunes seguidos. Este, el triste 11 de marzo, es el último. Y como los tres anteriores, llega dispuesto a presentar Silente, la gira que ha puesto en marcha después de las presentaciones con banda de su último disco, Salvavidas de hielo. Un concierto al que acude absolutamente solo, sin más compañía que lo que lleve en el bolsillo o colgado del cuello. Un espectáculo para librarnos a todos del exceso de ruido y de la saturación de impactos visuales a las que estamos acostumbrados. Para devolvernos la capacidad de sorpresa. Y porque, cuando se plantea una buena narrativa y se escogen los ingredientes precisos, menos es más.


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«Un espectáculo para librarnos del exceso de ruido y de la saturación de impactos visuales a las que estamos acostumbrados. Para devolvernos la capacidad de sorpresa»


Todo sucede en un escenario vestido de negro. Unas luces sutiles atraviesan las telas que hay al fondo, detrás de Jorge, como si fueran faros en la niebla, pequeñas luciérnagas brillantes que relajan al espectador. En algunos momentos, las telas dibujarán rostros, sombras de objetos colgantes o envolverán al propio Jorge para esconderle de nuestros ojos y ver solo su silueta al trasluz. Y en una ocasión, la luz será un faro oscilante, sin filtro, que nos deslumbrará. Pero el resto del tiempo arroparán el espectáculo con delicadeza, creando un clima cómplice con la música que crea el propio Jorge. Su propuesta estética es envolvente, un viaje por nuestros sentidos que juega con melodías, timbres, efectos e instrumentos. A ratos se vale de una guitarra acústica y otras de una eléctrica. A veces le acompaña un péndulo de Newton marcando el ritmo y otras se vale de sintetizadores, reverbs y efectos de voz y de sonido. A veces, incluso, silba brevemente. Nunca hay demasiados elementos, y en algunas ocasiones, el silencio arropa más que cualquier otro sonido. Se vuelve preciso, un tesoro que acentúa la calidez de todo lo que va sonando en el escenario.

Silente es una vuelta de tuerca más de un músico inquieto, buscador de tesoros, explorador de la música sin límites. Alguien preocupado siempre por entender la música más allá de la música. Por crear atmósferas, paisajes y trajes distintos para cada una de sus melodías, hilado con finura con los propios textos de cada canción. Un juego para entender desde otro plano cada una de sus composiciones. “Eco” produce eco. Los sintes y la guitarra eléctrica de “Estalactitas” nos llevan a ritmo de baile a tararear ese contagioso «na, na, na» que se cuela en nuestros bolsillos. “Deseo” envuelve su voz y la de otros en efectos que rebotan por todas partes, como lo hace el propio deseo (»mire donde mire, te veo”). Y “Guitarra y vos” nos hace pensar el tiempo que lleva Drexler entendiendo que lo único que importa es la esencia. Que no hace falta sobrecargarnos de estímulos para ser felices.

Novecientos pares de ojos contemplan hipnotizados a Drexler. Entre el público, compañeros de profesión, como Xoel López, Marwan, Marilia o su mujer, Leonor Watling, a quien dedica el concierto. Todos emprenden con él un viaje, musical y personal, en el que interpreta canciones que lleva mucho tiempo sin tocar en un escenario, como “La aparecida”, la primera que escribió cuando aún vivía en Montevideo y daba clases con un profesor que le recibía con un retrato de Lenin en la pared y no paraba de invitarle a chupitos de grappa. No debe ser casual que, siendo su primera canción, sea la más desnuda del show, defendida solo a guitarra acústica y voz. La defiende justo como fue concebida, como un guiño a una etapa en la que no tenía tantas herramientas como tiene ahora. O “Chega de saudade”, una canción brasileira que le marcó profundamente. Y un salto de guion, recogido entre las sugerencias del público, le lleva a recuperar “Noctiluca”, la canción que escribió para su hijo Luca.


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«Silente no es una gira cualquiera. Es una oda al placer de apreciar la música sin interferencias»


“Disneylandia” recupera juegos de voces con los que atraviesa culturas, mestizajes, épocas, y nos recuerda los miles de cruces que llevamos en la sangre. “Asilo” nos mece con la eléctrica. “Corazón de cristal” es un viejo y sorprendente rescate, con magnéticas voces robóticas. Unos cánticos de sirena y unos golpes percutivos nos trasladan a otro lugar para recrear “El pianista del gueto de Varsovia” y, dispuesto a volver al origen, “Al otro lado del río” suena solo a capela, como sonó la noche que le dieron el Oscar. Y el público, como toda la noche, sabe cuándo acompañar (a veces con pitos, otros con coros), y se encarga de cantar suavemente ese “rema, rema, rema” que les lanza con la mano el propio Jorge. Durante casi dos horas, la atención es tal que, cuando llega el final del show, no le dejan ir. La audiencia está de pie y los aplausos de despedida no cesan, así que Jorge, sonriente, sale para regalar un bis completamente inesperado, en la más cálida de las cuatro noches que ha protagonizado en Madrid.

A través de su discografía, y de muchos de sus espectáculos, hemos aprendido una de las cosas que más defiende el músico uruguayo. Que “Todo se transforma”. La música, como la vida, es “Movimiento”. Que él no es de aquí y nosotros tampoco. Drexler lleva décadas contándonos que solo muere lo que está quieto, y por eso, él nunca se detiene. Es un músico curioso. Busca, explora y se reinventa a cada paso. Silente es muestra de ello, pero no es una gira cualquiera. Es una oda al placer de apreciar la música sin interferencias. Un formato muy especial que tiene fecha de caducidad. No dejen escapar esta estrella fugaz.

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