Doce canciones para celebrar los 60 de Ariel Rot

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Este domingo, Ariel Rot celebra su 60 cumpleaños. Para brindar por tan importante efeméride en tiempos de confinamiento, la redacción de EFE EME ha confeccionado una lista de doce de sus mejores canciones de todos los tiempos. Una elección que recorre sus diferentes etapas en Tequila, Los Rodríguez y en solitario, y en la que han participado nuestros compañeros César Prieto, Marta Sanz, Juanjo Ordás, Javier Escorzo, Xavier Valiño, César Campoy, Carlos H. Vázquez, Manolo Tarancón, Julio Valdeón, África Egido, Arancha Moreno y Juan Puchades. Felices 60, querido Ariel.

Esta es la lista de canciones que hemos elaborado.

1. “Que el tiempo no te cambie”, de Tequila (Viva!Tequila!, Zafiro, 1980). Por César Prieto.

Despertaba la nueva ola en Madrid y Tequila ponía en las tiendas su tercer elepé. El colorido y la transgresión despreciaban a un grupo que salía en revistas de fans, los modernos escondían sus discos. Pero seguro que, a solas, escuchaban “Que el tiempo no te cambie”. Si no, de qué Rafa Balmaseda —Parálisis Permanente— iba a componer con Ariel su primer single en solitario “Debajo del puente”. Al final los cauces se unen. Nadie en castellano supo reflejar ese momento en que te empujan a ser mayor, pero añoras tu osito de peluche; ese momento en que no sabes quién eres. El mensaje es claro: recuerda siempre ese osito.

2. “Sin saber qué decir”, de Ariel Rot (Vértigo, Zafiro, 1985). Por Marta Sanz.

Esta sublime canción forma parte de Vértigo (Zafiro, 1985), uno de los dos elepés que Ariel Rot grabó en su primera etapa en solitario tras la disolución de Tequila. Compuesta junto a Sergio Makaroff y Ricardo del Castillo, “Sin saber qué decir” es un segundo desgarrador contado con las palabras precisas, las que cuesta encontrar. Ha tenido varias vidas. Se incluyó en un disco determinante de Calamaro (Por mirarte, Sony Music, 1988), el primer cruce de caminos de ambos argentinos, y fue versionada junto a Eva Amaral para Dúos, tríos y otras perversiones (GASA, 2007), pero resulta especialmente emocionante cuando su autor la confiesa con los ojos cerrados. 

3. “Mucho mejor”, de Los Rodríguez (Palabras más, palabras menos, Gasa/Warner, 1995). Por Juanjo Ordás.

Clásico donde los haya. Una canción que lo mismo puede cantar el rockero que bailar la abuela en la plaza de un pueblo en fiestas. ¿Sabéis lo difícil que escribir algo así? Premio para Ariel. En “Mucho mejor” Los Rodríguez aplicaban a su rock latino las enseñanzas de los Stones y Ariel se confirmaba como un letrista superior, ajustando métrica, limando fraseos y firmando versos dorados sobre el amor y el sexo. Siempre con ironía y clase. Seguiría creciendo en ese aspecto, habiendo que tener muy en cuenta los textos de sus más recientes trabajos, La huesuda (2013) y La manada (2016).

4. “Me estás atrapando otra vez”, de Los Rodríguez (Sin documentos, GASA/DRO EastWest, 1993). Por Javier Escorzo.

En 1993 vio la luz Sin documentos, uno de los discos icónicos de Los Rodríguez. Sin embargo, una de sus canciones más conocidas, “Me estás atrapando otra vez”, llevaba diez años compuesta. Fue durante los estertores deTequila cuando Ariel escribió su letra. La música surgió tocando la guitarra junto al inolvidable Julián Infante, autor de los acordes de la estrofa. En una primera escucha puede parecer que hable de amor, pero en realidad describe una lucha encarnizada contra las adicciones.

5. “Mil mentiras y una verdad”, de Ariel Rot (Hablando solo, DRO EastWest, 1997). Por Xavier Valiño.

Dicen que, si se repite mil veces la misma mentira, acaba convirtiéndose en verdad. Bien podría ser ese el punto de partida de la letra que Sergio Makaroff compuso para el tercer disco en solitario de Ariel Rot, en la que habla de lo inexplicable del amor, pero también del placer, los silencios y el poder en una relación. Para hacer realidad su canción más compleja —como el propio Rot reconoció en su día a Efe Eme—, Rot contó con The Attractions (la banda de Elvis Costello, con Steve Nieve luciéndose a los teclados) y la voz de su compatriota y futuro cuñado Fito Páez. Repóker de ases en este tema río de blues arrastrado que implosiona al final.

6. “Después de brindar”, de Ariel Rot (Hablando solo, DRO EastWest, 1997). Por César Campoy.

La carrera en solitario de Ariel (Debajo del puente y Vértigo, de 1984 y 1985) había permanecido en vía muerta durante más de una década debido a su exitosa aventura con Los Rodríguez. Hablando solo supone un magno retorno, un acto de justicia mecido en una producción de lujo (Rot y Joe Blaney), una banda mítica (The Attractions) y acordes que oscilaban entre lo rabioso y lo sobrecogedor. Rezumando melancolía y resignada desesperación, «Después de brindar» te hiela la sangre sublimada por un piano y una letra descorazonadores.

7. “Adiós, mundo cruel”, de Ariel Rot (Cenizas en el aire, DRO East West, 1999). Por Carlos H. Vázquez.

Escribo estas líneas tirando de lo único que tengo a mano —aparte del licor— desde que nos encerraron en casa: la nostalgia, esa suerte de engañifa que utiliza la memoria para hacernos creer que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y tiro de nostalgia porque vi por primera vez a Ariel Rot en directo en 2003, cuando todavía me encontraba en la preadolescencia, acompañado de mis primas. Fue, recuerdo, de mis primeros conciertos. Y también recuerdo que empezó a llover a la mitad del show, pero Ariel aguantó las gotas de aquella lluvia que prologaba una terrible tormenta. Cuando la situación se hizo insoportable, además de permeable, el argentino dio paso —ritmo de batería mediante— a “Adiós, mundo cruel” para despedirse. Una canción —«mucho mejor que cualquier antidepresivo farmacéutico», como diría Juan Puchades— que siempre me ha recordado a The Doors por sus teclados —en la versión de estudio es Andy Chango el que se encarga del órgano y del sintetizador Moog—, pero también al álbum de Elvis Costello & The Attractions de 1984 titulado Goodbye, cruel world. Cuando en La Opinión de Murcia le preguntaron a Ariel Rot por este tema, el músico argentino respondió como él solo sabe hacerlo, con acento porteño y risa de adolescente: «Me van diciendo adiós a mí las cosas». Pero dejó para el final una de esas frases con naturaleza de titular: «Siempre está la música, por suerte». Y aquí estamos, con la música (por suerte), apurando la lágrima de este espirituoso de mandrágora que utilizaban las brujas para volar en las noches de aquelarre.

8. “Lo siento Frank”, de Ariel Rot (Lo siento, Frank, DRO/ GASA, 2003). Por Manolo Tarancón.

¿Cómo se puede escribir una letra tan buena, en castellano, a ritmo de swing con pinceladas de blues y rock tan marca de la casa? Esta mezcla musical y lírica casi roza la perfección. En lo que cuenta, viene a adelantarse a los tiempos que hoy nos ocupan. Y no es sencillo ver el escaparate en el que se estaba convirtiendo la música y resumirlo en menos de cuatro minutos: escribir una buena canción nada tiene que ver con el éxito. «Al estilo lo llevaron detenido / la elegancia ahora viaja en ambulancia / parece que el buen gusto estuviera prohibido / voy a encender una vela por si aún queda una esperanza», escribe al comienzo. Y más adelante, prosigue: «El poeta está aburrido y le sobran los motivos / la canción cumple condena por ser demasiado buena / Y yo lo siento Frank, lo siento de verdad: pero esto es simplemente lo que hay». Y esto solo son unos cuantos versos. Imprescindibles todos ellos del primero al último.

Con canciones como esta es complicado entender cómo no ha tenido un espacio más grande, el que merece, porque sus dotes de gran guitarrista e instrumentista nadie se los discute desde su adolescencia. Querría destacar, por encima de la versión original que además daba nombre al disco, la deliciosa adaptación en su Acústico que editó DRO el mismo año. Una canción para disfrutar al completo, en letra y en música. Felicidades, Ariel.

9. “Objeto volador no identificado” (Lo siento, Frank, DRO / GASA, 2003). Por Julio Valdeón.

Primero lo personal, por quitarlo antes del medio. Y porque esta es una de las canciones que mi familia pinchará para intentar sacarme de la catatonia durante unos instantes si llego a viejito envuelto en los vapores del olvido neurodegenerativo. Acaso funcione, pues es eso que los cursis definirían como uno de los discos de mi vida. Lo siento, Frank me acompañó durante un año especialmente turbulento. Fue mi amuleto, mi consuelo, mi recetario para escapar del naufragio. La obra con la que amanecía y anochecía. Cumplió el mismo papel, multiplicado, que 19 días y 500 noches y Honestidad brutal, por citar otros dos talismanes. Y dentro de aquel trabajo monumental, donde encontrabas himnos de resistencia como “Hoja de ruta” y ventanas al futuro como “Gustos sencillos”, estuve, y estoy, especialmente loco por “Objeto volador no identificado”. Una rotunda y delicada maravilla con letra del maestro Sergio Makaroff y música, inspiradísima, de Ariel Rot. Una orgullosa delicia donde el guitarrista del millón de dólares, siempre ecléctico, millonario en recursos, enamora con una melodía lejos de los pastos habituales del rock and roll. Un medio tiempo arrabalero e íntimo, un bolero heterodoxo y Dylan, cortesía de un músico que en 2003 inauguraba una etapa de rotunda, extraordinaria madurez. Reposada, ingeniosa, emocionante, esta canción se mete dentro de tu piel y te acompaña en las peores marejadas. Es un tesoro, rotundo y ligero, en un disco mayúsculo. Uno más en una de las trayectorias artísticas más viscerales y excitantes de la historia del rock en español. Inolvidable. 

10. “Adiós, carnaval”, de Ariel Rot (Ahora piden tu cabeza, DRO-Atlantic, 2005). Por Arancha Moreno.

Nací en tiempos de Tequila y empecé a beberlo en tiempos de Los Rodríguez. Entonces el mal de amores lo curábamos acodados en alguna barra de bar escuchando “Me estás atrapando otra vez” o “Dulce condena”, y ya saben que una no escapa de la juventud sin un poso de nostalgia. Pero rápidamente descubrí al Ariel Rot solista con Cenizas en el aire, el disco que escribió «en el medio de la vida si hay suerte tal vez», justo a los cuarenta, edad a la que me acerco ahora. Entonces me aferraba a sus melodías felices y las historias de geishas, y cantaba aquellos mensajes de tempus fugit sin notar la soga; ahora voy entendiendo lo que Ariel quería decir. Una parte de mí vive aún cada surco de ese disco, pero seguí encontrando respuestas en todos los que han venido después. Nunca reivindicaremos lo suficiente al Rot solista, porque elegir una sola de sus canciones es renunciar a demasiado talento. Hoy me quedo con “Adiós, carnaval”, canción que grabó para Ahora piden tu cabeza en 2005, arropada entre cuerdas, teclados y riffs, aunque escojo la magnífica versión que hizo un par de años después al alimón con Bunbury para Dúos, tríos y otras perversiones, conmovedora desde la desnudez de su piano hasta la cumbre de su electricidad. Pocos escritores de canciones han abordado las relaciones humanas y el tiempo que se escapa con la precisión de Ariel. Y aunque las letras de Rot tengan tendencia a las despedidas, jamás nos ha dejado solos.

11. “Para escribir otro final”, de Ariel Rot (La huesuda, Warner Music, 2013). Por África Egido.

Muchas canciones de Rot tienen esa peculiar manera de presentarse sencillas e inmediatas, mientras albergan melodías exquisitas, relatos evocadores y elegantes diálogos musicales.  Así es «Para escribir otro final», una historia cotidiana contada a piano y voz que, compás a compás, se eleva entre cuerdas, coros, batería, bajo y esa guitarra que tan bien comprende los silencios.  Sirva esta canción para brindar por su personalidad, reivindicar la experiencia y alabar su búsqueda de la belleza. Pero, sobre todo, para celebrar que sigan naciendo canciones capaces de abrirse paso en nuestra memoria emocional.

12. “Solamente adiós”, de Ariel Rot (La manada, Warner Music, 2016). Por Juan Puchades.

La manada es, por ahora, el último disco de Ariel Rot, una obra que se enreda en la memoria, como gran parte de su cancionero en solitario más reciente. La excelsa “Solamente adiós”, desde la nostalgia, construye el relato de una ruptura (resuelta con una carta que incluía una única palabra: «adiós») que, tiempo después, al activarse involuntariamente el recuerdo, despierta la máquina del tiempo, abre las heridas y aboca al insomnio. Todo ello facturado con una elegancia que desarma, con una melodía embriagadora y un clima denso y casi asfixiante que subraya el relato y que desemboca en una guitarra que nos acompaña con sus fogonazos eléctricos hasta el final. Una pequeña pieza maestra de pop rock en cinco minutos.

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