Discos: «Life journey», de Leon Russell

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«Impresiona escuchar este disco y saber que Leon Russell, de 72 años, piensa que quizá sea el último. Impresiona porque «Life journey» suena a alguien que quiere darlo todo»

 

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Leon Russell
«Life journey»
UNIVERSAL

 

 

Texto: JUAN PUCHADES.

 

 

Impresiona escuchar este álbum y saber que Leon Russell, de 72 años, piensa que quizá sea el último. Impresiona porque «Life journey» suena a alguien que quiere darlo todo, que trata de resumir en sus poco menos de cincuenta minutos toda la música que ha manejado a lo largo de su carrera y, como él mismo explica, algunas a las que nunca tuvo ocasión de acercarse. Y duele que alguien capaz de tal soltura musical, de semejante dominio de los géneros (en un arco que atraviesa el blues, el jazz orquestal, el pop y el rock and roll), de interpretar con esa profundidad que pone el vello de punta al versionar ‘Georgia on my mind’ o es capaz de firmar un rock and roll correoso y atemporal como ‘Big lips’ pueda decir adiós. Y es que gente como Leon Russell no debería morirse nunca, joder, tendría que estar eternamente haciéndonos disfrutar de su arte. Porque esto es arte mayor, arte de una escuela que echó raíces en Nueva Orleans y que atravesó todos los sonidos posibles de los Estados Unidos. Pero incluso para los genios el tiempo vital es finito.

Para este amago de adiós, Rusell ha entregado dos temas nuevos, el mencionado ‘Big lips’ y ‘Down dixieland’, un prodigioso homenaje al jazz de Luisiana. Lo demás, son versiones de temas ajenos que a él, que ha sido compositor soberbio, le apetecía releer a su modo, con momentos que quedarán en la memoria esculpidos en oro, como al oírlo atacar con magisterio la intensa ‘That lucky old sun’ (su particular manera de aproximarse al gospel), o levantar la briosa ‘Fever’, que conocimos por Elvis, o al dotar de solemnidad a un tema pop de Paul Anka como ‘I really miss you’. Pero esta es una de esas obras en las que no vale la pena destacar unas piezas sobre otras, pues no hay canción menor, no sobra ninguna, unidas conforman el (en ocasiones sorprendente) caleidoscopio musical de Russell, ese héroe de culto, poco conocido por el gran público, que se curtió tocando para otros como músico de sesión de la Wrecking Crew (aquella maravillosa formación de estudio que ponía en pie cuanto disco se les pusiera por delante, fogueados al lado de Phil Spector), dejando su saber hacer al piano en montones de grabaciones ajenas hasta que en 1967 comenzó a registrar discos a su nombre.

No es detalle menor que Elton John, con quien Rusell grabó mano a mano su anterior trabajo («The union», 2012), aquí ejerza de productor ejecutivo; es decir, ha puesto el dinero encima de la mesa para sacar el disco adelante («mi benefactor y amigo», así lo cita Russell en los créditos). Todo sea por disfrutar una vez más de Leon Russell, debió pensar Elton. Y ojalá no sea la última. Pero si lo fuera, nos quedaría una obra sublime, difícil de olvidar.

Anterior crítica de discos: “Days of abandon”, de The Pains of Being Pure at Heart.

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