Delirios en el rock

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Problemas de salud mental, choques con la justicia, drogas y desengaños han provocado la desaparición temporal de algunas estrellas del rock. Fernando Ballesteros bucea para contar los casos de Roky Erickson, Peter Green o Arthur Lee, entre otros.

 

Texto: FERNANDO BALLESTEROS.

 

En “Juliet, desnuda” Nick Hornby dio vida a Tucker Crowe, un artista que tras publicar un primer disco aclamado por la crítica, desaparece sin dejar rastro y prefiere vivir recluido y alejado de los focos alimentando entre sus fieles, mil historias y leyendas que tratan de explicar su silencio. A los fans de la música siempre les han atraído estas historias. La de Hornby es ficción, pero la realidad nos ha dejado unas cuantas. Sin ir más lejos, la de Rodríguez, contada magistralmente en “Searching for sugar man”. Hablamos de desapariciones, de artistas que de un día para otro se esfuman. Las causas son múltiples: problemas de salud mental, choques con la justicia, desengaño con un mundo por el que se ha sentido maltratado o una mezcla de todos los anteriores y alguno más. Carreras con paréntesis que, por regla general, han alimentado la leyenda. En las siguientes líneas hablaremos de algunos de esos casos. Todos ellos tienen como común denominador que volvieron. Tardaron más o menos, pero lo hicieron. No como Lee Mavers, el líder de The La’s, del que ya hablamos en otra ocasión y cuya historia parece sacada del universo de Hornby.

 

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Roky Erickson: Un alienígena entre nosotros
Mientras todo fue medianamente bien, Roky Erickson lideró a los 13th Floor Elevators. La banda texana fue pionera de la era psicodélica y dejó un legado para la posteridad en forma de influencia en los que vinieron después, que continúa muy vivo.

Sus textos, bañados de LSD, tenían un acompañamiento musical en el que jugaba un rol destacado un extraño instrumento tocado por Tommy Hall, una especie de jarra eléctrica, que producía un sonido peculiar, constante, que terminaba marcando el ritmo en un grupo único. Único por esto y por muchas más cosas. Entre otras, la personalidad de su líder. Una forma de ser que a la postre no iba a permitir que abandonaran el papel de grupo de culto. Su debut de 1966 “The Psychedelic sounds of…” se abría con ‘You’re gonna miss me’ un pelotazo que se convertiría en su mayor éxito comercial. Pero no habría más asaltos a las listas, a pesar de que su segundo disco “Easter everywhere” mantenía el nivel.

 

 

Y hasta ahí, porque a la altura de su tercer y último lanzamiento, Erickson ya casi era historia en el grupo. Apenas pudo participar en tres de sus canciones. El motivo es que había sido detenido en 1969 por posesión de drogas —un porro— por lo que se enfrentaba a una pena de diez años de cárcel.

Como su cabeza funcionaba a su manera y ante el riesgo de verse entre rejas una larga temporada, no se le ocurrió nada mejor que hacerse pasar por loco, y lo debió de hacer tan bien que le declararon mentalmente incapaz. Se tiró más de tres años internado en un psiquiátrico en el que le trataron a base de electroshocks y otras “terapias” que deterioraron aún más su delicado e inestable estado mental. Al salir del centro, en 1973, era prácticamente un vegetal que solo hablaba de alienígenas y apenas era incapaz de articular un par de frases. A pesar de sus intentos por poner en pie una nueva banda, la cabeza andaba por otros derroteros.

Pese a todas las dificultades, se convirtió en un músico de culto para un pequeño pero entregado grupo de seguidores. Ellos al menos estaban dispuestos a escuchar su discurso, según el cual los marcianos se habían apoderado de su cuerpo y de su alma. Pero todo iba a peor: era una cuesta abajo sin frenos que terminó con su salida del mapa. Con el comienzo de la década la tierra pareció tragarse a Roky.

En 1982 firmó una declaración jurada en la que aseguraba que un marciano había invadido su cuerpo. El texto, dirigido al Gobierno de Texas, aseguraba que era un alienígena del espacio exterior. Y allí pareció marcharse Roky. Al menos, por aquí abajo, no había noticias de él. Pero su recuerdo estaba presente. La admiración por su figura y la genialidad de sus composiciones crecía. Grupos como REM, Jesus and Mary Chain, ZZ Top o Primal Scream grabaron sus canciones a modo de homenaje en el disco “Where the Pyramid Meets the Eye: A tribute to Rocky Ericksson”. Nunca hasta ese momento su música se había vendido tanto. Incluso al calor de ese reconocimiento se le pudo ver pisar tablas tras muchos años de ausencia. Fue en los Austin Music Awards y era la antesala de su vuelta al estudio de grabación en 1993.

Su vida ha sido tan accidentada que incluso se vio envuelto como sujeto pasivo en una disputa legal entre su madre y su hermano. Ambos querían su custodia a toda costa y llevaron su lucha hasta los tribunales. Su hermano Sunner, un músico de clásica que toca la tuba en una orquesta, se llevó el gato al agua. Bajo su vigilancia y con sus cuidados, desde 2001, Roky ha vivido tiempos que parecen más tranquilos, ha grabado discos, ha girado y tenido, en definitiva, una segunda vida, por lo menos artística.

 

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Peter Green: Huyendo del reconocimiento masivo
Peter Green aún no había cumplido los veinte cuando ya había tocado en directo con los Bluesbreakers de John Mayall aprovechando la marcha de Eric Clapton. Pero él tenía otros planes para su futuro, y no solo abandonó a Mayall, sino que se llevó a John McVie y a Mick Fleetwood para formar Fleetwood Mac. Con ellos alcanzó sus momentos de mayor gloria. Pero con el reconocimiento y de forma paralela también fue desarrollando una dificultad para lidiar con las exigencias de la industria. Odiaba transigir y veía con horror la posibilidad de terminar siendo un vendido. De todas formas, era admirado por el público y por compañeros, incluso más veteranos, que veían en él al futuro del blues. Y es que su trayectoria, a pesar de sus temores a no hacer lo correcto, era intachable.

Pero algo iba a dejar de funcionar bien en la cabeza de Peter, que empezó a experimentar con ácido cada vez con más frecuencia y que, por momentos, parecía más y más perdido en su propio mundo. Chocaba especialmente su imagen subiendo al escenario ataviado con una sotana y portando crucifijos. Su comportamiento empezó a ser tan extraño que ni siquiera se dispararon las alarmas cuando desapareció durante tres días en tierras alemanas. Cuentan que, durante la gira de marzo de 1970, le invitaron a una fiesta en una comuna muniquesa a la que acudió con Dennis Keane, uno de los roadies de Fleetwood Mac. Éste se marchó antes que él, y cuando todo terminó y volvió para buscarle, Green se negó a irse. Decía que había encontrado todo lo que necesitaba y que lo dejaba todo. Les costó convencerle y aunque lo consiguió, su vuelta a la disciplina del grupo fue cuestión de semanas. La suerte estaba echada.

De hecho, tras un concierto final con la banda el 20 de mayo de 1970, Green abandonó el grupo que él mismo había fundado. Se da la circunstancia de que el último tema publicado con el grupo fue ‘The Green Manalishi’, refleja su lucha interior tratando de detener su descenso a la locura.

 

 

Ya en solitario y tras grabar el album “The End of the Game” en 1970, Green colgó la guitarra y solo la volvió a tocar para sustituir a Jeremy Spencer en Fleetwood Mac durante una corta gira. Durante practicamente diez años, el caos en el que vivió instalado dio cobijo a todo tipo de rumores: unos decían que trabajaba como sepulturero, otros que seguía internado en un hospital y no faltaba quien aseguraba que formaba parte de una comuna en Israel. Pero la verdad es que estaba en casa. Lo pudo comprobar su contable a comienzos de 1977, cuando le llevó un cheque con dinero de sus derechos de autor. Con lo que no contaba es con que el músico le iba a recibir amenazándole con una escopeta. El incidente le valió un billete de viaje al psiquiátrico en el que pasó una temporada, antes de regresar a la música en 1979.

Mientras él se hundía en la enfermedad mental, sus antiguos compañeros firmaban discos multiplatino. Desde luego no era lo que Peter habría deseado para sus Fleetwood Mac. Su vuelta gradual a la normalidad vino de la mano de pequeñas compañías en las que no se ejercía presión sobre sus grabaciones. Antes, la rumorología le había vuelto a situar durmiendo en la calle mientras un falso Peter Green intentaba grabar con ese nombre aprovechando su silencio. Hasta la década de los noventa no volvió a recuperar la ilusión por hacer música y actuar en directo y 2010 vio la última gira del que está considerado como uno de los mejores guitarristas de la historia.

La historia de Green, como la de Erickson, tiene bastantes similitudes con la de Brian Wilson. El californiano también se tiró una buena temporada fuera de combate por culpa de los problemas psiquiátricos. También la de Syd Barrett presenta bastantes rasgos en común con ellos. Pero hay una diferencia fundamental: el que fuera líder de Pink Floyd no volvió. Hasta su muerte en 2006 apenas se dejó ver. Lo suyo no fue un paréntesis. Fue el punto final, del que no le sacaron ni los Sex Pistols aquel día en el que cuentan que llamaron a su puerta para que les produjera su disco de debut.

 

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Scott Walker: De ídolo adolescente a ermitaño y músico experimental
Es muy difícil encontrar una historia tan apasionante en el mundo de la música como la protagonizada por Scott Walker. Por resumirlo en una frase, hablamos de alguien que comenzó siendo un ídolo adolescente de masas y que ha terminado convertido en un músico experimental, pero muy experimental, vaya. Un personaje hermético que apenas se ha mostrado al mundo en las últimas décadas, aunque el documental “Scott Walker: 30 century man” nos abrió bastante su universo, el de un hombre que alcanzó la fama internacional formando parte de los Walker Brothers. Con ellos, que no eran hermanos dicho sea de paso, logró hits como el célebre ‘The sun ain’t gonna shine anymore’. Estaban en la cima del mundo y competían con los Beatles, los Stones y el que se pusiera por delante. Eran los tiempos de la Walkermanía.

Pero Scott tenía algo más en su interior, muchas inquietudes y una tendencia al aislamiento que pronto se empezó a poner de manifiesto. También su carrera pasó al formato de artista solista. El grupo se le había quedado pequeño y estaba preparado para volar solo. Y lo hizo a lo grande, porque en el periodo que comienza en 1967 y que termina en 1970 lanzó cuatro discos que son cuatro obras maestras. Titulados escuetamente, “1”, “2”, “3” y “4”, aquellas obras nos ponían sobre la pista de un artista sublime. Su voz desprendía magnetismo y llevaba las versiones de su admirado Jacques Brel un paso más allá de donde las había dejado su autor. Y aunque la historia siempre le relacione con el belga, sus composiciones fueron ganando cada vez más peso hasta copar la totalidad de los cortes de su cuarto disco. Posiblemente, el mejor del lote.

 

 

En aquellas cuatro obras vació todo su talento, tanto que grabando “Scott 4” ya tenía en la cabeza que, si aquello no funcionaba, no haría más esfuerzos. Abandonaría. Y así lo hizo, o casi. El disco apenas vendió, dando paso a una etapa en la que practicamente desapareció y en la que las únicas noticias que se tenían de él eran las de sus grabaciones por encargo en las que cantaba los temas de otros. Se limitó a cumplir contratos que aún tenía pendientes.

Los años siguientes fueron de ermitaño total, de largas depresiones y mucho alcohol. Nadie sabía donde estaba un Scott, que tras una breve vuelta de los Walker Brothers, se tomó seis años de silencio hasta dar a luz a “Climate of Hunter”. Pero es que desde ahí a “Tilt” pasaron once, los mismos que hasta el siguiente, “The Drift”, que vería la luz en 2006. Entre medias, nada de nada, ni una noticia sobre un artista que lleva además cuatro décadas sin subirse a un escenario. Solo leyendas.

Pero en el documental del que hablábamos, que recoge la grabación de “The Drift”, Scott por fin nos abre las puertas del estudio. David Bowie, productor ejecutivo de la cinta, dice al principio que no sabe nada de él —al que tanto debía artísticamente— y se pregunta “quién sabe algo de Scott Walker”. Damon Albarn de Blur, los chicos de Radiohead y J.Marr de los Smiths desfilan contando lo que significa para ellos un artista que ha llevado su obra a un constante desafío al oyente. Como dice Albarn, es un explorador que pisa terrenos que nadie ha transitado y en los que quizá tampoco te apetezca estar nunca, pero le admira por atreverse a ello.

Scott ha pasado muchos años a la sombra, sin mostrarse. Era difícil imaginar que más allá de leyendas y de engordar el mito, en ese aislamiento, se estaba forjando la transformación artística más radical que uno pueda imaginar.

 

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Alex Chilton: Un número uno fregando platos
A Alex Chilton le ocurrió algo parecido a lo que vivió Scott. Por lo menos en sus primeros años, ya que también disfrutó de las mieles del éxito en su adolescencia. Pero en 1982, nadie en Nueva Orleans, ni siquiera sus compañeros de trabajo, podían imaginar que el treintañero que lavaba platos en un restaurante, había sido número uno en las listas quince años antes con los Box Tops y gracias a la canción ‘The letter’. Muchas cosas habían pasado entre medias, entre otras, una carrera liderando a Big Star que no había dado los frutos comerciales apetecidos.

 

 

Sus dos primeros discos, ambrosía para degustadores del mejor pop, no vendieron lo esperado. El tercero, “Third/Sister lovers”, ni siquiera vio la luz en vida del grupo. Lo hizo en 1978, cuando los Big Star llevaban tres años separados y Alex estaba protagonizando su particular descenso a los infiernos.

La segunda mitad de la década de los setenta es la de los excesos. Fueron años en los que se contaban muchas historias extramusicales de Chilton y había más leyendas autodestructivas que música suya que echarse al oído. Aun así grabó singles, algún elepé, hizo grabaciones que se recuperaron con los años e incluso produjo a los Cramps, a los que conoció en una Nueva York que vivía los años de la explosión punk cuya escena le recibió con los brazos abiertos. Fueron años tan complicados para él que tuvo que decir “basta” y poner tierra de por medio. Al inicio de los ochenta se olvidó de la industria de la música, de la botella, de las noches salvajes y decidió hacer una existencia lo más alejada posible del rock and roll way of life. Volvería a los focos gracias a sus discípulos, que le reivindicaron en los años de silencio: desde REM a los Replacements, pasando por Teenage Fanclub o los Posies, cuyos dos líderes, Jon Auer y Ken Stringfellow, unieron fuerzas en Big Star en su vuelta a la vida en 1993.

Chilton volvió a desaparecer, pero fueron solo siete días. Ocurrió durante el huracán Katrina, cuando pasó ese tiempo sin que nadie tuviera noticias de él. Finalmente apareció sano y salvo tras haberle dejado el coche a unos amigos para salir de la ciudad. Él no lo iba a utilizar porque dijo que aquello no era para tanto.

En 2010, los problemas cardiacos acabaron con la vida de Alex. Nos queda la obra, en forma de un puñado de canciones monumentales, de uno de los músicos que puso las bases a eso que conocemos como power pop.

 

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Arthur Lee: Cuidado con las discusiones vecinales
Arthur Lee, casi nada. El líder de un grupo, Love, que editó uno de los mejores discos de la historia, el último de una trilogía inicial difícilmente superable. Si “Love” había supuesto una puesta en escena sobresaliente en 1966, al año siguiente “Da Capo” dio un paso más en ambición, llegando a combinar una pieza que anticipa el punk como ‘Seven & seven is’ con los aires de improvisación interminable de ‘Revelation’. Y en “Forever Changes” redoblaron la apuesta, alcanzando su folk-rock, acústico, rico en detalles, a veces barroco, cotas de excelencia.

El mundo parecía a punto de rendirse a sus pies, como lo hizo ante The Doors poco después, grupo que consiguió su contrato con Elektra gracias a la pesadez de Arthur con la cúpula del que también era su sello. Pero en el seno de Love las peleas y las sustancias prohibidas empezaban a pasar factura. De aquella etapa daba buena cuenta el batería Michael Stuart en el libro “Entre bastidores. De viaje con el grupo Love”.

 

 

De todos modos, tras la publicación de “Forever Changes” Arthur quería comenzar de nuevo. Estaba dispuesto a dar un giro también a su sonido, reformó la banda y grabó tres discos más. Pero en 1972 el grupo ya era historia y comenzaba su carrera en solitario con “Vindicator”. La suya no fue una trayectoria al uso: siempre estuvo marcada por su personalidad, sus continuos excesos y una tendencia al desastre que se unía a sus problemas físicos cada vez más evidentes.

Y llegó la nada. La década de los ochenta, años que el propio Arthur considera que no existieron. Aquel sí que fue un tiempo perdido. Volvió en 1992, pero su vuelta duró muy poco. El destino fue muy cruel con él y su mala cabeza hizo el resto. En 1996, a un vecino le molestaba el volumen de la música de Arthur y se acercó a su puerta para protestar. A Lee no le sentó bien, se enzarzaron en una discusión y al músico no se le ocurrió otra cosa que zanjarla empuñando su pistola y disparando al aire. Fue condenado a doce años de cárcel. Sí, demasiada pena para ese delito, pero es que fue víctima de la normativa conocida como “tres delitos y estás fuera”, en la que si tienes dos condenas previas, como era su caso —una agresión y un delito de drogas— se te acumulan las penas y el sistema te castiga sin piedad.

No cumplió ni la mitad de los años previstos, y a la salida de prisión y aprovechando su leyenda volvió a la carretera. Interpretaba su obra maestra junto a una joven banda y recogió parte del reconocimiento que se le negó durante un buen trayecto de su carrera. Tuvimos la suerte de verle varias veces en España, con actuaciones que oscilaban entre lo sublime y la astracanada, como aquella noche en el FIB de 2004 en la que tras enterarse del fallecimiento de su buen amigo Rick James salió al escenario con una borrachera que le hizo dar un espectáculo para olvidar. No tuvo mucho tiempo para resarcirse de aquello: el 3 de agosto de 2006 una leucemia acabó con su vida.

 

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Dan Treacy: Navegando entre rejas
El número de estrellas de la música que ha dormido entre rejas es casi infinito. No nos detendremos a enumerarlos, pero sí me van a permitir que lo haga en uno de los casos más llamativos: Dan Treacy. El hombre detrás de Television Personalities vivió su momento de mayor reconocimiento justo al comienzo de su carrera con ‘Part Time Punks’, un canto al “Do it yourself” en plena efervescencia punk que hizo que las emisoras y las publicaciones musicales girasen la cabeza hacia él.

 

 

“…And don’t the kids just love it”, su debut en largo, confirmaba las sensaciones de que estábamos ante algo especial: un grupo que siempre se movió al margen, que intentó pisar su propio camino, pop de baja fidelidad a cargo de un creador sensible y con una tristeza latente que terminó emergiendo en el oscuro “The painted word”. El paso del tiempo fue agudizando el olvido de su figura, entregando Treacy trabajos en la década de los noventa que apenas obtenían eco. Cuando se hablaba de él era para referirse a su adicción a la heroína y para alimentar rumores que hablaban de mala vida, mendicidad y alguna que otra temporada en prisión.

Todo era silencio alrededor de una figura a la que parecía haberse tragado la tierra. A él y a su obra. Fue con la llegada del nuevo siglo cuando volvió a dejar constancia de que seguía entre nosotros. Sorpréndanse: estaba cumpliendo condena en un barco, una prisión flotante, en el sur de Inglaterra. Allí había entrado en 1998 y no saldría hasta 2004, pero Internet hizo el milagro. Un foro le redescubrió, un funcionario le consiguó una guitarra y la vuelta, tantos años después, era un hecho. Ya en libertad volvió a poner en marcha a su grupo, editó un par de discos más que decentes e incluso le vimos por España. Hoy en día intenta salir adelante tras sufrir hace ya cinco años un derrame cerebral. Volverá, seguro.

 

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Daniel Johnston: Entre el sótano y el psiquiátrico
Cerramos con Daniel Johnston. Su caso no es el de un parón forzoso o un alejamiento puntual de la música; la suya es una vida marcada por dos factores: un continuo estado de creatividad que le ha llevado a no parar jamás de escribir canciones, grabarlas de cualquier forma, dibujar o rodar películas caseras, y un perpetuo entrar y salir de psiquiátricos desde que le diagnosticaran un trastrono maniaco depresivo.

Jeff Feuerzeig dirigió en 2005 “The Devil and Daniel Johnston”, un documental imprescindible para acercarse a su figura. La obra recoge testimonios de gente cercana al genio estadounidense y se nutre de las horas y horas de grabaciones que el propio Johnston ha hecho desde su más tierna infancia armado con una pequeña cámara.

 

 

El sótano de la casa familiar era su habitat y sus conservadores y religiosos padres ya eran conscientes de que el chaval tenía un talento innato para crear. Desde el principio sus canciones y dibujos tienen como referencia su obsesión con el diablo y con Laurie Allen, una chica a la que conoció estudiando arte y que se convirtió en el amor imposible de su vida. Pero los problemas más serios estaban a la vuelta de la esquina, y ante los primeros síntomas de la enfermedad sus padres la mandan a Houston con su hermano, esperando que el cambio de aires le viniese bien. Los años siguientes están repletos de traslados y desapariciones, como la que protagonizó cuando se marchó con una compañía de circo sin avisar a nadie. Con ella llegó a Austin, en cuya escena musical, por cierto, se hizo un nombre.

Pero sus dolencias ya le estaban pasando factura. Fisicamente se va deteriorando en un tiempo récord y en su cabeza todo va a peor. Algunos señalan como detonante un ácido que consumió en un concierto de los Butthole Surfers. Le acaban ingresando después de mandar al hospital a su manager, al que había golpeado con una tubería. Fueron tiempos duros en los que apenas salía de la cama, y cuando lo hacia era peor. En Nueva York, los chicos de Sonic Youth le intentan echar una mano, pero es inútil. Tras volver a casa termina haciendo saltar a una anciana desde un segundo piso. La mujer estaba aterrorizada porque Daniel iba tras ella intentando expulsar al diablo de su cuerpo. El resultado: otra desaparición en forma de ingreso en el psiquiátrico de Virginia Occidental.

Corría 1990 cuando actuó ante 3.000 personas en Austin. El público estaba histérico, crecía el culto en torno a la figura de Daniel, pero todo se volvió a torcer. Había volado allí con su padre, y cuando su padre le llevaba de vuelta él sacó la llave del motor y estrelló la aeronave. Los dos salieron ilesos del trance, pero el episodio terminó en un nuevo internamiento.

Mientras, se seguía hablando de él, más aún después de que Kurt Cobain posase con una camiseta suya. Todo el mundo quería saber más cosas de aquel cantante de voz escasa y rudimentarias grabaciones caseras al que le sobraba el talento. Su nombre va de boca en boca y se convierte en una pequeña celebridad del underground que hace que las compañías grandes comiencen a llamar a la puerta. Elektra le ofrece un contrato ventajoso, respeta sus especiales circustancias —en esos momentos sigue internado— y está dispuesta a esperar lo que sea necesario, pero Dan tiene otras intenciones y rechaza la oferta. No puede firmar por un sello en cuyo catálogo están Metallica: su temor es que le van a matar, que Elektra es el diablo y que los autores de ‘One’ son satánicos.

Al final firma con Atlantic, pero aquello fue breve. Sus últimos años han supuesto la etapa más tranquila de Daniel, dentro de lo que cabe. Su familia le cuida, disfruta de la admiración de destacacos compañeros de profesión como Eels, Tom Waits y una larga lista, bebe refrescos carbonatados sin control y fuma como si no hubiese un mañana. Y creando y actuando, claro, de la mano de su hermano que mueve los hilos de su, a la fuerza, atípica carrera.

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