Dani Martín: Así ha sido su penúltimo asalto en el Wizink

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“Madrid a veces es una ciudad de mierda y otras una ciudad maravillosa. A mi me pasa lo mismo conmigo mismo”


Por segunda vez este año, Dani Martín actuó este viernes en el Palacio de Deportes de Madrid para presentar en vivo “Grandes éxitos 2018”. Este sábado, despide la gira en el mismo escenario. Allí estuvo Arancha Moreno.


Dani Martín
Palacio de Deportes de Madrid (Wizink Center)
16 de noviembre de 2018


Texto: ARANCHA MORENO.
Fotos: J. PEREA.


“Madrid a veces es una ciudad de mierda y otras una ciudad maravillosa. A mí me pasa lo mismo conmigo mismo”. Lo dijo Dani Martín en la segunda de las tres noches que pisa el Palacio de Deportes de Madrid durante la gira de “Grandes éxitos 2018”. El mismo escenario en el que empezó su tour el pasado abril y en el que la remata este sábado, con todo agotado desde hace un año. El Madrid con el que muchos tenemos una relación de amor y odio. “El amor, cuando no muere, mata”, como escribió Sabina.

Siete meses atrás, como contamos aquí, Dani Martín pisó este mismo escenario con el pelo azul y una chaqueta rosa. Ahora se ha rapado y viste camisetas del Portland y el Boston Celtics. Un detalle menor que engarza muy bien con la libertad que se empeña en defender. Hace, en sus propias palabras, lo que le da la gana. Y eso incluye mostrar su fragilidad delante de 15.000 personas, en una etapa de éxito en la que todo son palmaditas en la espalda. Quizá es su forma de no levantar del todo los pies del suelo, aunque durante el concierto se sube a los altavoces, salta y corre de un lado al otro del escenario. Durante la friolera de tres horas, y la noche previa al colofón final.

Los que vimos el arranque de la gira en estas mismas gradas conocemos el guion de las 28 noches que ha llevado el directo por ciudades de España, Inglaterra, Colombia, Perú o México, entre otros lugares. El gallo secuestrador que da las buenas noches (“cabrones”) al público, el ‘Volver a disfrutar’ que suena en voz de Candy Caramelo cuando los músicos aún están a oscuras, y que el propio Martín retoma situado en lo más alto del escenario, en hilera con el citado Candy Caramelo al bajo, Coki Giménez a la batería e Iñaki García al teclado. Abajo, en primera fila, le esperan las guitarras furiosas de Paco Salazar y Rover Lavella. La gente que ya le ha visto en estos meses conoce los fuegos que suben hacia el techo, y el cubo de agua que empapará al público después de invitar a alguien del público a cantar ‘Contigo’. El guion es idéntico, y eso puede achacársele al show, pues probablemente seamos unos cuantos los que recibimos y despedimos la gira en la misma ciudad.


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“Ferreiro y Martín se cantan mutuamente ‘Las ganas’, cara a cara y de perfil, como peleando en un ring


Sin embargo, tres de las canciones que cantó solo en su anterior show en el Wizink las afronta esta vez acompañado. Las pantallas laterales van anunciando a cada uno de sus invitados. El primero, Iván Ferreiro, que sale a compartir con él ‘Las ganas’, a cantarse mutuamente cara a cara y de perfil, como si estuvieran peleando en mitad de un ring. Un combate en el que pliegan la rodilla en el suelo, pero en el que siempre sale a flote la energía y la garra. Un tema de rock afilado que, por un momento, imaginamos perfectamente a piano y voz.

Y es que, aunque la mayoría del show transita por una base contundente y mucho riff de guitarra, hay momentos en los que la intensidad se relaja. Desde luego no es el caso de ‘18’, que a principios de año era una canción inédita y ahora todo el Palacio corea como un clásico. Pero sí hay instantes más tranquilos, como ‘Peter Pan’, y los móviles encendidos que alumbran ‘Que se mueran de envidia’, o el mítico ‘Puede ser’ que en su día grabó con Amaia Montero. Ahí, el piano de García y la voz de Martín toman la batuta a solas durante un rato, hasta que se va acercando el estribillo y todos entran en acción. “Cántame, Madrid”, pide Martín. Como si hiciera falta animarles.

Otra novedad respecto al primer concierto de la gira llega con la única canción ajena que interpreta de principio a fin: el ‘Guárdalo’ de Los Ronaldos. Los riffs empiezan a darnos una pista de lo que se avecina, y el vocalista anuncia la presencia del “segundo” mayor experto en su banda favorita: Coque Malla. El líder de Los Ronaldos sale guitarra en mano, dispuesto a caldear aún más la noche con uno de sus grandes hits juveniles. Y en ‘Los charcos’ también se queda, aterciopelando algunos versos y regalando unos giros vocales entre el soul y el blues en la coda. Un doblete perfecto antes de que se escuche esa oda a la banda sonora de la “Pantera Rosa” que acompaña a la búsqueda de la invitada del público para hacer un dúo en ‘Contigo’.

Si uno abandona la zona más baja de las gradas y sube hasta lo más alto, descubre a una pareja cantándose mutuamente ‘Mira la vida’. Y escucha ‘Insoportable’ con una base más próxima al blues, que acaba empapando con cubos de agua a las primeras filas, cantante incluido, y con Dani elevado en cruz sobre ese mismo público, fundiéndose otra vez con ellos. Un gesto más de que está casi más abajo que arriba, interaccionando a cada instante con el respetable, con una entrega bidireccional constante.

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“No se trata de enseñar la mejor cara, sino de mostrar las costuras que le llevaron a escribir sobre esa herida imposible de curar”

Sospecho que ‘16 añitos’ queda bonita a piano y voz, pero alguien detrás de mí la chilla tanto que me impide escucharla con calma. Divierten los pianos salseros de ‘Besos’. Y vuelven a conmover los momentos a piano y voz de ‘Qué bonita la vida’ y ‘Mi lamento’, donde la cara de Dani sigue reflejando dolor. No se trata de enseñar siempre la mejor cara, sino de mostrar las costuras que le llevaron a escribir sobre esa herida imposible de curar.

El tercer y último dúo lo hace con Fito Cabrales en ‘Ya nada volverá a ser como antes’. ¿Demasiado lenta para un rockero como Fito?, nos preguntamos en un principio. Descubrimos que no. Que la guitarra del líder de Fitipaldis se bate en duelo bluesero con Salazar y Lavella, dándole una nueva dimensión a ese otro clásico. Y disfrutamos viendo cómo invitado y anfitrión cantan al unísono las primeras estrofas, haciendo equipo y convenciéndonos.

La escena de Martín y Cabrales me hace pensar, sobre todo cuando escucho ese verso, “nunca dejaré que nada me cambie”. Porque siento que Fito encarna el mensaje. Y me doy cuenta de que, si jugásemos a la transmutación y cambiásemos a un invitado por otro, muchos descubrirían que las canciones que escuchan con prejuicio en boca de Martín serían más que celebradas en boca de alguien con menos detractores. La misma sensación que sobrevuela cuando se escuchan desnudas, a piano y voz, demostrando que puede haber un crooner si un día el tiempo, la energía y las ganas le llevan a ese lugar. Porque la forma de interpretar algo es solo eso, una aproximación. Y que en ese formato mínimo que fluctúa durante el concierto, si no hubiese canción detrás, la letra y la música se derrumbarían. Y no es el caso.

Pasan más cosas en la última media hora. El público besa y abraza al gallo, que se ha convertido en una mascota querida. Dani le regala la púa a alguien que la implora a poca distancia. Y sale él solo, con la guitarra española, a cantar sobre el banco que simboliza sus viejos tiempos con El Canto del Loco. De nuevo aflora la sinceridad, que no responde a una pregunta recién hecha, sino a todas las que ha tenido que escuchar en los últimos años. “La verdad (es) que la pena más grande por terminar este asunto es por la gente, por el montón de personas que hemos conectado de una manera similar, que nos apetece hacer esto que estamos haciendo. Y a veces eso no es fácil. Por eso me separé de El Canto del Loco, porque llegó un momento que no nos apetecía hacer lo que estábamos haciendo, y lo mejor en la vida es ser sincero, y dejar de hacer lo que no te apetece hacer”. Es el preludio de ‘Tal como eres’, con el que lanza un “¡viva!” a su antigua banda y pide un aplauso para su primo David Otero.

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“En ese formato mínimo, si no hubiese canción detrás, la letra y la música se derrumbarían. Y no es el caso”

La banda entera encara ‘Emocional’, envolviendo ese tropel de versos cruzados de Serrat, Sabina, Quique González o Robe Iniesta con guiños noventeros a Green Day, Nirvana y Soundgarden. Su formación musical, su homenaje, su capricho. La previa al último tema, al viejo ‘Zapatillas’, que arranca con aquel “Estoy cansado”. El público no lo está. Ni siquiera ese chico que está en la zona de movilidad reducida, que ha acudido con muletas y que no para de bailar olvidándose de su lesión. Si acaso está cansado el “hombre cerveza”, que lleva tres horas cargando la mochila y los minis subiendo y bajando escaleras sin parar.

Tum, tum, tum, tum. Aún puedo oir la base cañera de ‘Zapatillas’, mientras los invitados regresan al lugar del crimen para despedirse. Ferreiro aprovecha para cazar al público con su cámara, su compañera inseparable en sus últimos meses. Malla sacude su elegancia teatral y Fito corre por la pasarela. Personalidades distintas con un punto común: grandes canciones, carreras largas, respeto y cariño.

Es el momento de decir adiós. Los que ya se han dado la vuelta para enfilar la salida se pierden el calvo que les hace Dani Martín, y su corte de mangas. Quizá sea un gesto de protección, después de haberse desnudado emocionalmente delante de tanta gente. Ese tatuaje con el que esconde sus heridas. El yin y el yang en el que se mece siempre. Entre la maravilla y la mierda, como él dice. Anoche no pudo pegar ojo y sospechamos que pasará dos noches más en vela, arrastrado por la adrenalina. Es difícil dormir antes de dos finales en el Wizink. Al menos, si te tomas tu profesión tan en serio.

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