Corriente alterna: Lo imposible, lo de siempre

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«Unos versos de Dylan o de Cohen pueden hacer bien, pueden ayudar a cambiar las cosas desde dentro tuyo y hacerte mejor persona»

La crisis sistémica en la que estamos sumidos, lleva a Juanjo Ordás a preguntarse por la capacidad de la música popular para cambiar las cosas.

 

 

Una sección de JUANJO ORDÁS.
 

 

El éxito del film “Lo imposible” me lleva a reflexionar sobre varias cosas y vuelvo a confirmar que cuando un buen plan de marketing se pone en marcha, funciona. Ya lo creo. El bombardeo mediático ha sido continuo, ha surtido efecto y las colas y recaudación lo demuestran. No entraré a juzgar si se trata de una buena película o no, creo que no me compete y tampoco es el tema a discutir, pero hay algo muy interesante en torno al fenómeno que está siendo. “Lo imposible” es una película basada en hechos reales, cualquiera que se haya visto inmerso en su torrente promocional conoce su final, es más, incluso en su trailer se puede intuir muy fácilmente, se deja ver ese final feliz que el espectador desea. Tampoco vamos a discutir si realmente importa o si el verdadero tomate es la trama y no el final, es más interesante preguntarse por qué la gente desea finales felices. De hecho, ¿no ha sido siempre así?

En estos tiempos convulsos y grises, el espectador medio desea que le digan que todo va a salir bien, que puede que sufra, pero que al final todo estará en su sitio. Que las cosas se arreglan, vamos. Y no es así, desde luego. Muchas veces cuando hablamos de esta crisis, de esta locura en la que vivimos, no somos conscientes de que siempre ha sido así. La corrupción de la clase política ha existido siempre, la crisis económica (más o menos grave, ciertamente) ha existido siempre, la decadencia es inherente a la civilización. Vivimos en una perpetua caída, siempre. Sencillamente llegamos a una edad en la que somos más conscientes de todo, unos piensan que hay que cambiar las estructuras de esta locura capitalista, otros que el engranaje lleva décadas engrasado y que mejor conquistar una pequeña libertad propia. El pensamiento de un chico de quince años de hoy día es muy similar al del adolescente de hace quince, treinta o cuarenta años. Los tiempos se estiran, las franjas cambian, pero si las acotamos y adaptamos, serán parecidas.

¿Pero qué papel juega en esto el rock and roll? Ya cuesta definir el término como para determinar su función. Mejor hablar de música pop, por popular. Y ahí solo hay dos caminos: escapismo o realidad. Y que el oyente elija. Aunque una cosa queda clara: hace unos años que el peso intelectual aleja a la música de los grandes recintos a nivel mundial. Hay zonas en las que un artista está más fuerte que en otras, pero a nivel general, hablando de dominio mundial, quienes se comen el pastel son artistas sin mensaje ni filosofía. No hace falta decir nombres, tampoco se trata de pedir la supremacía del rock and roll (¿para qué?), pero es interesante pensar sobre ello. Las grandes estrellas de ahora, las que venden todo el papel –y cuando no hacen lucir los recintos grandes de cualquier continente–, son el final feliz de la película. Y es una opción más, claro que sí. ¿Se puede mezclar componente crítico y disfrute? Sí, pero no trascenderá. ¿Iniciaban revueltas los fans de The Clash a la salida de cada concierto? No lo sé, si lo hicieron sirvió de poco, el mundo sigue igual. ¿Y los de Rage Against The Machine? Tampoco.

Sin embargo, la música con mensaje o más intelectualizada puede hacer algo, puede cambiarte a ti mismo. Unos versos de Dylan o de Cohen pueden hacer bien, pueden ayudar a cambiar las cosas desde dentro tuyo y hacerte mejor persona. A lo mejor hay un tipo de música cuya idea básica es “no me des un final feliz, que ya me encargo yo de escribirlo”.

Anterior entrega de Corriente alterna: El fin de la alquimia sonora.

Puedes seguir a Juanjo Ordás en su blog diario.

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