Coque Malla: Brillar más allá del traje

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“En ese lugar mítico he visto actuar a muchos de mis héroes (Paul McCartney, Ray Charles, Bob Dylan, Paul Simon…), así que imaginaos la emoción”

 

Diez meses después de publicar «El último hombre en la Tierra», Coque Malla vuelve a defender el disco en Madrid, pero esta vez en el Box del Palacio de Deportes. Allí estuvo Arancha Moreno.

 

Coque Malla
Palacio de Deportes de Madrid (WiZink Center)
26 de diciembre de 2016

 

Texto: ARANCHA MORENO.
Fotos: J. PEREA.

 

“Estoy seguramente ante uno de los conciertos más emocionantes de mi vida y todavía no sé bien cómo enfrentarlo”, escribía Coque Malla el Día de Navidad en sus redes sociales sobre su cita del lunes 26 en el Palacio de Deportes de Madrid (rebautizado como WiZink Center). “En ese lugar mítico he visto actuar a muchos de mis héroes (Paul McCartney, Ray Charles, Bob Dylan, Paul Simon…), así que imaginaos la emoción”, aseguraba también meses atrás. Cuatro días antes había pisado el mismo escenario Iván Ferreiro presentando “Casa”, ahora le tocaba a él defender por segunda vez en Madrid “El último hombre en la Tierra”. Y decidió hacerlo sin recurrir a pantallas ni efectos especiales: se concentró en escoger un buen repertorio, trabajar el sonido con su banda y acompañarse de cuatro metales capitaneados por su hermano Miguel Malla, como ya anunció a Efe Eme. Pero el espectáculo fue mucho más allá.

El escenario le esperaba con un elegante telón rojo al fondo, el decorado perfecto para alguien que ha crecido en los teatros viendo trabajar a sus padres. Las otras tres paredes del Box son gruesas telas oscuras que concentran la vista y el sonido en un habitáculo donde caben unas 3.000 personas. El público se acerca más a los 40 que a los 20, aunque hay niños que bajan la media de una sala en la que muchos espectadores son también músicos, como Pancho Varona, Candy Caramelo, Ricky Falkner, Pablo Martín, la vocalista de Vilma y Los Señores o el exbatería de Los Ronaldos Ricardo Moreno. No lo duden: allí donde se concentran tantos músicos respetados, es que hay algo interesante que ver. Los músicos saben.

 

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“Descubrimos al ‘perfecto equilibrista’: pasea por varios ambientes, siembra el repertorio de medios tiempos que hacen justicia al grueso de sus últimos discos y aún así consigue mantener el show continuamente arriba”

 

Un villancico rompe el ruido de las charlas en la pista para dar paso a ‘La señal’, cuyos metales abren los mismos parajes con los que comienza su último disco: una apuesta perfecta para entrar en calor. Sin tregua y con la ayuda del «backliner» la canción se funde con ‘Escúchame’, donde Coque se inclina el sombrero calado a lo Indiana Jones y emula a su adorado Michael Jackson con unos breves pasos de baile. Lleva un traje dorado y brillante diseñado para la ocasión y está muy bien acompañado por su banda: Toni Brunet a la guitarra, Héctor Rojo al bajo, Gabriel Marijuán a la batería y David Lads a los teclados. Tampoco hay un segundo de silencio cuando suena la eléctrica ‘She’s my baby’, y es tras ella cuando nos da la bienvenida al show. “Muchas gracias, estáis en vuestra casa, ¡pasadlo bien!”, nos invita tras despedir a la sección de viento de escena, que irá apareciendo y desapareciendo en función de lo que demande el show. Y ahora pide rock and roll con ‘Lo hago por ti’, acompañado por las palmas del respetable mientras su silueta se recorta en un fondo de luz rojiza. Nos sube a la noria con ese ejercicio de vals que es ‘El último hombre en la tierra’, y seguiríamos dando vueltas en ella si no fuese por los acordes familiares que llegan después. “¡Hostia!”, se le escapa a alguien entre el público, al reconocer ‘Berlín’. En el lateral derecho de la sala, unos niños lo celebran cantándola de principio a fin.

 

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“Nos sube a la noria con ese ejercicio vals que es ‘El último hombre en la tierra’, y seguiríamos dando vueltas en ella si no fuese por los acordes familiares que llegan después. ‘¡Hostia!, se le escapa a alguien entre el público, al reconocer ‘Berlín’”

 

El show se vuelve un tanto siniestro y paranormal para introducir ‘La carta’, un texto intenso con una gran carga dramática que grabó en “Mujeres” con su madre, Amparo Valle, fallecida hace solo tres meses. Por alguna razón freudiana, el músico reconoce que ha estado “toda la gira” mencionando a su hermano cuando presentaba ‘Cachorro de león’, “¡y justo aquí no hace nada!”, bromea. El clima se torna soul, y en esa dirección empujan también los saxos de Miguel Malla y Daniel Rouleau, el trombón de Santi Cañada y la trompeta de David Herrington. Ahí, como dice la canción, descubrimos al “perfecto equilibrista”: pasea por varios ambientes, siembra el repertorio de medios tiempos que hacen justicia al grueso de sus últimos discos y aún así consigue mantener el show continuamente arriba. Coque maneja con soltura los tiempos, los formatos y las emociones, y sabe concentrar la atención en el sonido, en su voz y en los movimientos. Así sucede también con ese título casi satánico que es ‘Todo el mundo arde’, con el que embruja la sala, mientras canta y declama señalándonos en la frase “es tu vida, es tu alma”. La percusión pesa, las guitarras rugen aisladamente y él se arrastra doliente, con unos gritos oscuros antes de sorprendernos soplando su mano y dejando un rastro de purpurina roja en escena. No hay fuegos artificiales, pero es puro espectáculo.

 

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“La percusión pesa, las guitarras rugen aisladamente y él se arrastra doliente, con unos gritos oscuros antes de sorprendernos soplando su mano y dejando un rastro de purpurina roja en escena”

 

Como una piedra que cae en el río y crea unas suaves ondas en el agua: esa sensación placentera crea ‘Una moneda’, casi defendida a guitarra y voz, restándole pesadumbre a lo que acabamos de escuchar. Es el momento de mirar por el retrovisor, nos engaña entonando el verso de ‘Strangers in the night’, pero no va a versionar a Frank Sinatra, sino a realizar el primer guiño de la noche a Los Ronaldos. ‘Sabor salado’ empieza rabiosamente funk y acaba más latino. El público lo celebra calurosamente, pero tampoco va a acomodarse ahí. No tarda en llevarnos a una de las baladas más preciosistas de su último disco, ‘Me dejó marchar’. Se permite la licencia de pedir una banqueta para encarar las siguientes, y en ese momento oímos a un niño pedir a gritos “¡Hasta el final!”. Tendrá que esperar un rato más, porque la acústica indica que llega otro medio tiempo más minimalista, ‘Lo intenta’. Pero, atentos, que es momento de sacar la lengua para bailar.

El de esta noche es un Coque hablador, el perfecto anfitrión a una fiesta en su casa, que abre un minibar en el que no falta el vino, el champán, un buen whisky… o un tequila para afrontar la ranchera ‘Hace tiempo’, casi a capela, que termina semidesnuda acompañado a las voces de Brunet y Rojo. Ahí saca el vodka, y entona ‘Santo santo’, y después nos ofrece un digestivo acústico, tranquilo, sin explosiones: la celebrada ‘No puedo vivir sin ti’. Se sorprende el vocalista cuando ve pasear unas pizzas entre el público: nuevos servicios que llegan, como los vendedores de cerveza ambulantes, hasta el último rincón. Sin duda, no es como él hubiese acompañado su delicioso minibar.

 

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“Sin estribillos finales, ni bailes, ni fiestas: el concierto empezó con música y acaba con música, porque al fin y al cabo, eso es de lo que se trata”

 

“Tardaremos un poquito en volver, espero que estéis ahí, espero haberos hecho cosquillas”, confiesa el madrileño cuando canta ‘Hasta el final’. El niño que la pidió hace unos minutos lo celebra demostrando que conoce la letra entera, el argot más infantil —“demasiados caramelos, demasiada gente en el lugar”— y el más adulto —“cosas rotas por el suelo, demasiada mierda que tragar”—. Sus padres sonríen: puede decir “mierda” en voz alta, porque lo canta Coque. Ahí se está cultivando algo, una emoción que quizá ese niño recuerde dentro de quince o veinte años, como el que vio un gran partido de fútbol en el campo. Los más jóvenes de la sala disfrutan del concierto, y ya se sabe que los niños y los borrachos nunca mienten. Quienes sí mienten en los directos son los músicos, que se despiden del escenario sabiendo que van a volver a regalarnos algo más.

Minutos después, el madrileño regresa con una copa de vino en la mano y otro as bajo la manga dorada: ‘Guárdalo’. El público baila y celebra esos «flashbacks» a los 80 y los 90 que tan bien encajan con el repertorio solista y moderno. Podría haber sido el cierre perfecto, con la gente cantando y bailando, pero sería demasiado fácil hacerlo así. Malla prefiere confiar en uno de los temas más intimistas de “Termonuclear”, ‘Despierto’. Empuña la acústica en las primeras estrofas, cuando canta la triste frase final, “nadie tiene dónde ir”, desnudo y dejándonos a la deriva, recoge la eléctrica para elevar el tema junto a los ocho músicos que le rodean. Sin estribillos finales, ni bailes, ni fiestas: el concierto empezó con música y acaba con música, al fin y al cabo eso es de lo que se trata. Abandonando el recinto, la sensación es clara: Coque Malla ha brillado hoy más que su propio traje.

 

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Setlist:
La señal
Escúchame
She’s my baby
Lo hago por ti
El útlimo hombre en la Tierra
Berlín
La carta
Cachorro de león
Todo el mundo arde
Una moneda
Sabor salado
Me dejó marchar
Lo intenta
Saca la lengua
Hace tiempo
Santo santo
No puedo vivir sin ti
Hasta el final

Guárdalo con amor
Despierto

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