Cine: “La juventud”, de Paolo Sorrentino

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“Qué sería de la vida sin ilógicas emociones y extrañas sensaciones, sin dejarse llevar. Y La juventud’ es nada más y nada menos que la experiencia estética perfecta para ello”

 

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“La juventud” (“Youth”)
Paolo Sorrentino, 2015

 

Texto: ELISA HERNÁNDEZ.

 

 

Sensual, casi táctil, “La juventud” de Paolo Sorrentino parece seguir la línea de su oscarizada “La gran belleza” (2013) y se nos presenta como un filme en que la forma parece más importante que el fondo. Al igual que una obra musical, la película tiene altos y bajos, momentos de intensidad y momentos de calma, tormento, éxtasis, silencio, ruido y armonía.

Usando como escenario un remoto y lujoso balneario, Sorrentino vuelve a mostrarnos esa imagen ambigua de las clases altas a las que ya ha tratado en filmes anteriores. No sabe uno si se está riendo de ellos, si los critica por su superficialidad y frivolidad o si los admira por ello. Gran cantidad de personajes que van desde lo exagerado hasta lo esperpéntico se pasean por la pantalla ante los ojos de los dos protagonistas, el compositor jubilado Fred (Michael Caine) y el guionista y director de cine Mick (Harvey Keitel), que trata de sacar adelante el que va a ser su “testamento cinematográfico”. Ambos, por sabiduría y experiencia, pero también por humanidad y sentido del humor, muestran una personalísima capacidad de observación que prestan al espectador y que nos ayuda a enfrentarnos con sabia frivolidad y amargo sentido del humor a la sucesión de breves escenas que componen el filme.

En ocasiones parece que haya demasiados personajes, demasiado exagerados, demasiado ridículos o demasiado caricaturescos, y, sin embargo, todo lo que vemos, las diferentes historias o anécdotas, los clientes del balneario disfrutando de las instalaciones, lo que hacen los trabajadores en su tiempo libre, todo ello encaja en el estilizado y artificioso universo que Sorrentino construye en esta película.

Sin renunciar a primar lo estético, en ocasiones parece querer hacer una reflexión profunda, y se atreve a tratar temas como el arrepentimiento, el agotamiento, la rendición y las segundas oportunidades. Sin embargo, y al contrario de lo que solemos ver, el diálogo parece ser la estructura que sostiene las imágenes. Tal vez esa sea su verdadera función: nadie recordará las frases que pronuncian los personajes tratando de hacerlas eternas e indelebles, como si pretendieran dar con el sentido de la vida con cada una de ellas. Sin embargo, las fascinantes construcciones visuales no desaparecerán fácilmente de nuestra memoria.

Al fin y al cabo, ¿qué es el cine sino manierismo, frivolidad, exceso, artificio? De hecho, qué sería de la vida sin ilógicas emociones y extrañas sensaciones, sin dejarse llevar. Y “La juventud” es nada más y nada menos que la experiencia estética perfecta para ello.

 

 

 

Anterior crítica de cine: “Los odiosos ocho”, de Quentin Tarantino.

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