Cine: “La gran apuesta”, de Adam McKay

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“Ese diálogo constante se alterna con un montaje epiléptico que construye el retrato omnipresente de un capitalismo salvaje que se equipara a la ley de la jungla, desde depredadores literales y simbólicos a estímulos consumistas agolpándose en violentas ráfagas”

 

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“La gran apuesta” (“The big short”)
Adam McKay, 2015

 

 

Texto: JORDI REVERT.

 

 

Dos personajes adelantando en dos películas de intenciones distintas lo que será “La gran apuesta”. Primero: Jackie Cogan (Brad Pitt) asesta, al final de “Mátalos suavemente” (“Killing them softly”, Andrew Dominik, 2012) un golpe letal contra el cinismo discursivo que enarbola Barack Obama desde el televisor y que hace partícipes a los ciudadanos tanto de la responsabilidad del colapso financiero como de la posibilidad de una recuperación que pasa por arrimar el hombro. Segundo: la caída y de nuevo ascenso sentimental y profesional de Ron Burgundy en “El reportero” (“Anchorman: The legend of Ron Burgundy”, Adam McKay, 2004) llega a su fin y una voz narradora apunta los destinos de los protagonistas. En ese repaso, Brick Tamland (Steve Carell), el hombre del tiempo con cierta tara mental, yace en el suelo riéndose a carcajadas mientras un oso le hace cosquillas. El narrador explica que Brick se casó, tuvo 11 hijos y se convirtió en uno de los principales asesores políticos de la administración Bush.

Evidentemente, los enfoques de ambas obras difieren en mucho. Mientras que la de Dominik se postulaba como seca parábola de la recesión en el contexto de los bajos fondos de las estructuras mafiosas, la de McKay se ofrecía como libérrimo y brillante ejercicio de rupturas en el terreno de la comedia. No obstante, ambos personajes suponen apuntes reveladores de cara a configurar “La gran apuesta”. El Jackie Cogan de Brad Pitt encontraría una nada descabellada continuidad con el Ben Rickert que interpreta el mismo actor: el desencanto del primero da paso a la llamada de atención del segundo a dos jóvenes inversores que celebran su éxito apostando contra el mercado. Las consecuencias morales aparecen, de golpe, como bofetada anticipada de una realidad alejada por la ficción financiera. El Brick Tamland de “El reportero”, en cambio, es una muestra tan hilarante como directa de la postura política de un cineasta sistemáticamente pasado por alto por el elitismo crítico a pesar de llevar la comedia hasta la anarquía. Postura que sería oportunista –y totalmente equivocada− señalar como prominente o central en su cine, pero que tampoco cabe dejar de indicar en trabajos satélite como guionista de una vídeo-respuesta de Paris Hilton a la campaña de John McCain o un sketch con un Donald Trump mexicano como improbable entrevistado.

No supone, por tanto, demasiada sorpresa que un director como McKay haya abandonado los menospreciados territorios de la comedia para rodar una gran película sobre el estallido de la crisis económica. No lo es que esta sea combativa de principio a fin, ni tampoco que prescinda de una espectacularidad que respalda crónicas menos críticas y ligadas a la tramposa tesis del accidente histórico. Donde otros ponían buena cara al mal tiempo –“The company men” (John Wells, 2010)−, subrayaban el 15 de septiembre de 2008 como fecha de la catástrofe en el calendario –“Margin call” (J.C. Chandor, 2011)− o arremetían con (legítima) ira discursiva hacia culpables indiscutibles –“Capitalismo: una historia de amor” (“Capitalism: A love story”, Michael Moore, 2009)−, él ha encontrado en el libro homónimo de Michael Lewis un valioso material para explorar las razones estructurales de la debacle y pulverizar cualquier justificación basada en la accidentalidad. “La gran apuesta” es cine comprometido desde ese planteamiento, pero su compromiso no deja de crecer desde el momento en que apela constantemente al espectador, le da las herramientas para formar su propio juicio crítico –las celebridades invitadas para explicar conceptos aparentemente farragosos− y le lanza una advertencia final sobre reformulaciones tóxicas del mercado.

Ese diálogo constante se alterna con un montaje epiléptico que construye el retrato omnipresente de un capitalismo salvaje que se equipara a la ley de la jungla, desde depredadores literales y simbólicos a estímulos consumistas agolpándose en violentas ráfagas. Ambas dimensiones confluyen para ser a la vez signos de puntuación y notas al pie de un relato por contra paciente y nada exaltado, en el que se cocina a fuego lento el fallo sistémico a distintos niveles que culmina en el colapso como muerte anunciada. Hasta alcanzar ese final del camino, McKay tampoco se olvida de conferir un corazón que se concreta en las diferentes actitudes de sus protagonistas frente a la proximidad del desastre. La indignación del personaje de Steve Carell –no por casualidad, el más cercano a la postura del director−, la amoralidad del de Ryan Gosling, la indiferencia del de Christian Bale y el hartazgo del de Brad Pitt conforman un fabuloso mosaico emocional que eleva la complejidad y la franqueza del conjunto a cotas desconocidas en el (cada vez más) abundante cine sobre la reciente crisis financiera.

 

 

 

 

 

Anterior crítica de cine: “La juventud”, de Paolo Sorrentino.

 

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