Cinco discos para descubrir a Paul Collins

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Con The Nerves, The Beat y en solitario, Paul Collins lleva haciendo música más de cuarenta años. Interesante reto escoger solo cinco discos de su larga trayectoria, al que se atreve Eduardo Izquierdo.

 

Texto: EDUARDO IZQUIERDO.

 

Presentar a Paul Collins no debería ser necesario. El neoyorquino no solo es una de las figuras más grandes de un género tan interesante como el power pop sino que, además, ha pasado mucho tiempo viviendo en entre nosotros y ha formado bandas con algunos de los músicos más granados del país. Pero no se puede llegar a todo y, a veces, hay nombres que se nos escapan. Músicos que, o bien desconocemos, o bien se nos acaban escapando, a pesar de que hayan revoloteado a nuestro alrededor miles de veces en forma de discos vistos en una tienda, artículos en revistas o citas en la radio. Por eso nos proponemos recorrer la carrera de Paul Collins en cinco discos y una pequeña licencia final.

 

The Nerves: The Nerves (1976)

Vale, es un mini elepé. Solo son cinco canciones, pero es que una de ellas es “Hanging on the telephone”, convertida en un superéxito más tarde por Blondie. Paul Collins es el batería de un trío que completan Jack Lee y Peter Case, sin duda una de las bandas seminales del power pop y el punk pop angelino. Además, la banda es el origen de dos grupos esenciales, como The Beat, comandados por Collins, y que enseguida abordaremos, y los Plimsouls de Case.

 

 

The Beat: The Beat (1979)

 Si alguien me pidiera que escogiera un solo disco para definir qué es el power pop optaría por el debut de The Beat. Absolutamente insuperable, en 2015 lo recuperaba para la Operación rescate de esta casa afirmando que «si hay alguna canción en la historia del power pop que se acerca a la perfección esa podría ser, probablemente, “Rock and roll girl”. Aunque lo cierto es que es solo la punta de lanza de uno de esos discos que se han ganado por derecho propio un lugar en la historia de la música contemporánea (…).El álbum no tiene desperdicio. Un compendio de vitaminadas canciones, cargadas de excelentes melodías que se clavan en el oyente casi de forma inexplicable». Pues eso.

 

 

The Beat: The kids are the same (1982)

Marcado por los problemas con su discográfica, que de manera inesperada decidió finiquitar su contrato, está claro que el segundo disco de The Beat no llega al nivel de su debut, pero es que eso es prácticamente imposible. Eso no quita que esté cargado de la infalible fórmula mágica que Collins tiene para sacarse de la manga imbatibles temas de tres minutos como “Trapped”, “That’s what life is about it”, impregnada del aroma de Buddy Holly, o el tema que da título al disco, otro auténtico himno.

 

 

Paul Collins: Flyin high (2005)

 Seguro que los que me conocen están sorprendidos porque mi siguiente parada no sea el homónimo disco de 1992 en el que Paul se acerca al Americana. El disco me encanta, claro, pero puestos a elegir prefiero quedarme con este trabajo publicado en 2005 con la pequeña discográfica patria Lucinda Records. Un disco de producción ruda, casi cruda, grabado en apenas tres días y, como dice Carlos Pérez de Ziriza en su soberbio Tres minutos de magia (Efe Eme), «el principio de un rejuvenecimiento más que encomiable».

 

 

Paul Collins: Out of my head (2018)

 Quiero reivindicar el último disco de Collins. Un trabajo que me parece atemporal, cargado otra vez de gigantescas canciones. A estas alturas ya nadie tiene que descubrir el gran compositor que hay detrás de ese nombre, pero Paul vuelve a poner los puntos sobre las íes con temas como “Midnight special”, de nuevo con Buddy Holly en el horizonte, “Beautiful eyes” o “Just too bad, you’re leaving”. Un álbum bien recibido del que Joan Soriano, compañero de Ruta 66, dijo cosas como “el tema titular podría figurar en su disco homónimo de 1992, incluso en el siguiente From town to town”. Con eso está dicho todo. Como si el tiempo no pasara por él.

 

Antes de cerrar este artículo, la licencia anunciada: háganse con Mi madre, mi mentor y yo (Ediciones Gamuza Azul, 2006), una curiosa autobiografía en la que Collins prescinde, eso sí, de nombres reales. Lo que podría llevarla al tedio se convierte en un acicate, al tener el lector que intentar identificar de quien está hablando el autor. No sufran, en muchas ocasiones lo pone bien fácil. Sin duda una manera única de conocer a un enorme escritor de canciones.

 

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