Chavela Vargas: La cálida imperfección de la voz del alma

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«Cada uno de los desgarradores lamentos que cantó Chavela parecía surgir de sus vivencias, de su dolor acumulado, de su inagotable capacidad para amar y llorar»

 

Se cumplen cien años del nacimiento de Chavela Vargas, una efeméride perfecta para recordar a una cantante que dejó una profunda huella en el cancionero latinoamericano. La recuerda Javier Márquez Sánchez.

 

Texto: JAVIER MÁRQUEZ SÁNCHEZ.

 

Chavela Vargas nunca fue una vocalista excepcional, una cantante de voz cristalina e impecable dicción. Una vez hemos resuelto esa cuestión que suelen esgrimir sus detractores, diremos también que prácticamente todas las canciones de su amplio repertorio podemos encontrarlas registradas por otras voces de forma más técnica y exquisita. Y sin embargo, nadie, ni de lejos, ha logrado dotarlas como ella de esa cosa tan rara y a la vez fundamental que es la verdad. Cada uno de los desgarradores lamentos que cantó Chavela —con voz de machete afilado en su juventud, voz de basalto incandescente en su madurez—, parecía surgir de sus vivencias personales, de su dolor acumulado, de su inagotable capacidad para amar y llorar. Por eso, a Chavela Vargas hay que escucharla en directo, sin filtros, en carne viva.

En los últimos años han proliferado diversos documentales, algunos de ellos notables, que recorren la historia y la obra de esta artista, nacida en San Joaquín de Flores (Costa Rica) el 17 de abril de 1919. Muy joven recaló sin embargo en México y pasó a quedar inevitablemente identificada con este país, donde exprimió la vida junto a algunos de sus hijos predilectos como la pintora Frida Khalo y, sobre todo, el compositor José Alfredo Jiménez. Amante incombustible de la primera y compañera de farras eternas del segundo, a la sazón su descubridor, Chavela Vargas ha representado como pocos artistas ese espíritu tan mexicano de la vida apurada en un suspiro, del amor desesperado hasta sus últimas consecuencias, de la amistad a muerte por encima de cualquier vida. Fue tan mexicana en su actitud rotunda y valiente que se atrevió a cantar su amor por otras mujeres en el país “macho” por antonomasia, donde vestía con pantalones y su sempiterno poncho, fumaba habanos y bebía tequila como respiraba (“Este tequila es muy malo, el bueno ya nos lo bebimos José Alfredo y yo”, le dijo en una ocasión a uno de sus más fervientes acólitos y defensores, Joaquín Sabina).

Durante los años sesenta y setenta vivió Chavela Vargas su primera etapa de éxito, hasta que las farras y la botella comenzaron a doblegarla en los escenarios ante el micrófono. Entonces desapareció. Nadie volvió a saber de ella durante casi dos décadas. Muchos la daban por muerta. Casi lo estuvo. Pero «resucitó» a comienzos de los noventa en la madrileña sala Caracol, de la mano, entre otros, de Pedro Almodóvar. La Vargas tomó el escenario y extendió sus brazos bajo su poncho rojo, con una fuerza simbólica solo equiparable a los brazos de Cristo en la cruz. Y con aquel gesto, mientras cantaba “Piensa en mí”, se proclamaba superviviente y vencedora. No habían podido con ella, y estaba allí para dar testimonio y servir de inspiración.

Fue entonces cuando Chavela Vargas, liberada ya de la esclavitud del alcohol, pudo entregarse a aquellas representaciones teatrales que eran sus recitales, su cara a cara con el amor y su lado oscuro. Su voz rota, imperfecta y vulnerable era el pasaporte vital, repleto de sellos, que atestiguaba su largo viaje hasta cada uno de los escenarios europeos y americanos que la veían brillar de nuevo. Toda una nueva generación la fue descubriendo, fascinada por la hondura de su canto, y se convirtió en referente e influencia más o menos evidente de muchos nuevos artistas (¿acaso la arrolladora “La Ruiseñora”, de Miguel Poveda, no podría ser apodada ‘La Llorona de Jerez’?).

 

 

En septiembre de 2003, recaló Chavela en el Carnegie Hall neoyorquino. Contaba ahí ya 84 años y le quedaban 9 para irse de parranda con la Huesuda. Sin embargo, sus versiones de “La Llorona”, “En el último trago”, “Soledad” o “Un mundo raro”, que pueden escucharse en el directo editado por Warner, resultan de una honestidad estremecedora. Por momentos no canta, recita, apenas susurra, pero la emoción que destila con cada sílaba convierte a los oyentes en cómplices íntimos de sus confesiones. Además, es en directo, pocas veces en el estudio, cuando mejor puede disfrutarse también del humor de Chavela Vargas, con quiebros de voz y de entonaciones para subrayar ironías, sarcasmos o unos juegos eróticos nada desdeñables, como cuando ataca “Macorina”. Además, también queda de manifiesto cómo la propia artista disfruta de la complicidad con el público: “Usted acábese la guitarra, compañero. Total, compramos otra”, proclama ante un exquisito punteo en mitad de “La Churrasca”.

Chavela Vargas fue una artista valiente y sincera. Inevitable lo primero para lograr lo segundo. Decía que el amor era un invento de las noches de borrachera, y sin duda ella fue una de las mejores alquimistas en la materia. Muchos hombres y unas pocas mujeres grabaron las letras de José Alfredo Jiménez, quizás el mejor compositor en español que ha dado, pero pocos fueron capaces de llegar al corazón de esa canciones como su hermana tequilera, Chavela, que había visto nacer muchas de ellas sobre las mesas mojadas del Tenampa, en la Plaza Garibaldi.

Cuando se cumple un siglo de su nacimiento y siete de su desaparición, el recuerdo de Chavela Vargas perdura inalterable como el de una mujer única que nunca se doblegó ante las circunstancias ni ante las imposiciones sociales. Marginación, represión y soledad son palabras que acompañan inseparables a su biografía. También indiferencia, resaca y resistencia. Pasó su particular y demoledora travesía del desierto y supo resurgir para seguir haciendo casi lo único que siempre quiso y supo: amar mientras la llama quemase y exhortar su canto al viento helado que, inevitablemente, venía a apagarla antes o después. El resto de los mortales, afortunados nosotros, tendremos siempre la voz de Chavela para mantener cierta calidez en nuestros corazones. Si es en directo, mejor.

 

 

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