Blood sugar sex magik (1991): la millonaria alianza entre Red Hot Chili Peppers y Rick Rubin

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TREINTA ANIVERSARIO

«Vivían un momento especialmente inspirado en el que se atrevían con todo»

 

Coincidiendo con su treinta aniversario, Fernando Ballesteros se detiene en la primera alianza entre Red Hot Chili Peppers y el célebre productor Rick Rubin: Blood sugar sex magik. El disco que marcó la historia de la banda estadounidense, donde registraron algunos de sus clásicos, como “Give it away” o “Under the bridge”.

 

Red Hot Chili Peppers
Blood sugar sex magik
WARNER BROS RECORDS, 1991

 

Texto: FERNANDO BALLESTEROS.

 

Todo se movió y amenazó con venirse abajo en el mundo de los Red Hot Chili Peppers en 1988. La muerte del guitarrista Hillel Slovak, víctima de una sobredosis de heroína, y la marcha del batería, Jack Irons, obligaron a que Flea y Anthony Kiedis se replantearan el futuro. A estas alturas, el grupo ya era una pequeña celebridad del underground angelino y muchos adivinaban un potencial aún mayor en aquellos músicos, si lograban vencer sus demonios. En fin, para qué engañarnos, si conseguían controlar una afición a las drogas que amenazaba con lastrar ese crecimiento.

El bajista y el cantante, se pusieron a ello y reclutaron a Chad Smith para ocuparse de las baquetas y a un chaval, John Frusciante, de apenas dieciocho años. Un fan del grupo que iba a cumplir el sueño de su vida. Con ellos grabaron Mother’s milk, un album con el que subieron otro peldaño en popularidad. Además, el cuarteto parecía más centrado, se habían propuesto conseguirlo. En su siguiente disco irían definitivamente a por todas.

Y ahí aparece la figura de Rick Rubin. El rey Midas del rock and roll en los noventa ya se había interesado por ellos un par de años antes, pero pensó que eran demasiado aficionados a las sustancias tóxicas. En 1991, con los chicos aparentemente más tranquilos y después de haber firmado un contrato millonario con Warner Bros, por fin tuvo lugar la unión artística: Rick se ocuparía de la producción de su quinto elepé.

 

La grabación

Para elegir el lugar en el que iban a grabar el disco el grupo pidió asesoramiento a Rubin. El barbudo les puso sobre la mesa la posibilidad de alquilar una mansión en la que había vivido el mago Houdini y que, supuestamente, estaba embrujada. Allí, durante un mes y a destajo, los miembros de la banda se pusieron a componer y grabar su disco, a la postre, definitivo. Cada uno tenía su propio espacio, su propia habitación. Tan delimitados estaban sus aposentos que el vocalista Anthony Kiedis terminó grabando todas las voces en su propio cuarto.

Rubin que es muy listo, dicho sea de paso, afino mucho el punto de mira, puso a los cuatro músicos a trabajar al servicio de la canción, más allá de estériles lucimientos instrumentales. Su labor fue fundamental en la redefinición del sonido de los Peppers. Potenció algunas de las fortalezas que aparecían apenas como apuntes en trabajos anteriores y amplió el campo de acción del grupo con nuevas texturas y canciones de un enorme potencial comercial. Y todo ello teñido de rock, funk, mucho y poderoso funk y toneladas de sexo, que está omnipresente en los textos de Kiedis para títulos como «Suck my kiss», «Sir psycho sexy», la canción que da título al disco o «Give it away», el tema que les catapultó al circuito mainstream y cuyo videoclip fue programado con profusión en MTV, propiciando el definitivo despegue comercial de los Red Hot.

Estamos ante la obra cumbre en la trayectoria de los Chili Peppers. En sus 74 minutos hay espacio para todo lo que nos habían ofrecido hasta aquel momento, con el plus que les daban los aires renovados de Chad y John y un clima que tenía algo de mágico y que rodeó toda la grabación. Definitivamente, se encontraban en estado de gracia. Vivían un momento especialmente inspirado en el que se atrevían con todo. Y aunque iban a lo concreto, la cabra tira al monte y son muchos los momentos en los que Flea demuestra el apabullante dominio de su instrumento. Ocurre en canciones como «If you have to ask» o «Mellowship slinky in B major», en las que está sublime.

Sobre el genio de John se ha escrito mucho, pero es que este chaval parecía tocado por los dioses, derrochaba sensibilidad y delicadeza y un instante después le tenías esculpiendo riffs que desbordaban energía y sudor rockero. Si este era un viaje, las seis cuerdas de Frusciante son una guía perfecta que, en lo instrumental, remachaba Chad, poderoso y con pegada.

 

Las canciones

En «Blood sugar sex magik» también hay espacio para letras, en las que Kiedis daba rienda suelta a otras inquietudes derivadas de su adicción a las drogas. Y es ahí donde aparece una canción clave en el disco y en la carrera del grupo: «Under the bridge» retrata esos sentimientos en los que muestra al público su lado más vulnerable. En lo musical, la melodía acústica y con un más que evidente gancho comercial, era otra de las principales novedades de una obra que, definitivamente, iba mucho más allá de lo que había sido el catálogo del grupo hasta ese momento. «Breaking the girl», que aborda los devaneos sentimentales y la inestabilidad de Anthony en el campo amoroso, era otra pieza que se adentraba en esos nuevos territorios.

El conjunto del álbum sigue caminando pegado al funk y al rap, que conviven con riffs hardrockeros con mucha naturalidad. Y es que, a diferencia de lo que ocurriría en un futuro, todo el disco hace gala de una naturalidad que bebe de interminables sesiones y jams en las que dieron rienda suelta a una creatividad que se plasmó en el mejor lote de canciones que han escrito en casi cuatro décadas de trayectoria. Lo que aquí parecía algo espontáneo que nacía de la mente inquieta de cuatro músicos que vivían un momento especialmente expansivo, terminó convirtiéndose en una fórmula que acabó gastándose con el paso de los años.

Pero, en 1991, los Peppers lo tenían. Y con un disco como este como aval, el éxito no podía hacer otra cosa que acompañarlos. Cuando el álbum salió a la venta, Flea y compañía iban a ver disipadas las dudas que, en algún momento de la gestación, habían albergado. Solamente en Estados Unidos despacharon más de ocho millones de copias y la crítica se volcó en elogios. Por si fuera poco, los nuevos tiempos no había mermado un ápice de la locura que eran capaces de desplegar en un escenario. Sus shows seguían siendo excitantes. Esta vez, nada podía torcerse en el hogar de los Peppers.

 

El principio del fin

Sin embargo, volvió a ocurrir. De nuevo, un movimiento sísmico en el cuartel general de la banda lo puso todo en jaque y amenazó su estabilidad. Todo iba bien, o aparentemente bien, en los Red Hot. La gira de presentación del disco, en 1992, era una sucesión de llenos y conciertos pletóricos, pero en la cabeza de John Frusciante las cosas llevaban un tiempo sin funcionar correctamente.

El resto del grupo no era ajeno a esta realidad que se plasmaba en unas relaciones con sus compañeros —especialmente con Kiedis— que se tornaban más complicadas por momentos. Y eso por no hablar de su comportamiento en escena, que también estaba empezando a ser bastante extraño. Quién lo iba a decir: el chaval que tres años antes creía vivir un cuento de hadas había perdido la ilusión, y solamente tocar con su ídolo, Flea, le seguía llenando. Por lo menos le hacía demorar una decisión que llevaba tiempo rondando por su cabeza: abandonar el grupo, mandarlo todo a paseo y retirarse con la única compañía de las drogas que, dicho sea de paso, habían tomado el control de su vida.

Cuando la gira llegó a Japón, John dijo «basta» y se bajó de la máquina. Quedaban apenas unas horas para que el grupo saliera a escena. Él ya no actuó aquella noche y no volvería a hacerlo en el resto de la gira porque se volvió a Estados Unidos, dejando tirados a sus compañeros. Por cierto, cuando estos le pidieron explicaciones, su respuesta fue lapidaria: «Decidles a los fans que me he vuelto loco». Y en ese estado se instaló en el lustro siguiente. Hasta 1997 vivió en un mundo de heroína, voces en su cabeza y una nula comunicación con el exterior que se ponía de manifiesto incluso en las obras que grabó en aquel período. Su estado físico era descorazonador: era imposible reconocer al John del 91. Tenía apenas 25 años y parecía un anciano.

Fue casi un milagro verle de vuelta en 1999. Una década duró esa segunda etapa en la banda. La tercera y, de momento, definitiva, comenzó en 2019. John y el resto del grupo parecen haber decidido que estar juntos es la mejor de las alternativas. Lo suyo es como lo de esas parejas que, después de mucho tiempo con sus consiguientes idas y venidas, deciden que no están mal así, de vuelta a casa o, dicho de otra forma, no han encontrado una forma mejor de estar en la vida. Es algo casi pragmático. Muy lejos han quedado los tiempos en los que todo era excitante, aquellos años de enamoramiento en los que reinaba la locura sana —dentro de unos límites— y creativa. Pero ese estado no dura eternamente: fueron tres años mágicos de los que queda, al menos, el recuerdo.

Anterior entrega: Ten (1991), de Pearl Jam.

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