Aute en el jardín

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COLUMNA «EN EL ÁNGULO MUERTO»

 

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“Derribaron nuestra casa por completo. Tengo recuerdos de una ciudad completamente destruida, con escombros y restos de barcos hundidos en el malecón»

 

Mientras Luis Eduardo Aute sigue recuperándose de las secuelas de su infarto en Cuba, Arancha Moreno retoma su columna «En el ángulo muerto» y recuerda la primera entrevista que le hizo, en el verano de 2013, en su casa madrileña. Así fue el encuentro.

 

Texto y fotos: ARANCHA MORENO.

 

“Vengo a ver a Luis Eduardo”, dije al escuchar la voz del telefonillo. Seguramente era la primera vez que no le llamaba Aute, pero bueno, también era la primera vez que le entrevistaba, y la charla iba a ser en su casa. Estaba todo rodeado de primeras veces, y ahí siempre se tiene un cuidado especial.

Llevaba trabajando en el periódico apenas diez días, pero me lancé a proponer una entrevista con él aprovechando su próximo concierto en los Veranos de la Villa de Madrid. Mi jefe de entonces, que solo lo fue por tres semanas, me dijo que adelante, y el manager del músico tampoco me puso ninguna barrera. Iba a entrevistarle para La Gaceta. Ideológicamente era un choque de trenes, pero yo no iba a hablar de política. A mi me interesaba, como siempre me ha interesado, el creador. El artista. La persona que genera belleza. Y pocos eran capaces de hacerlo con tanta profusión y delicadeza.

Aquel día de julio de 2013 Madrid se había levantado caluroso, apretando caprichosamente el aire y haciendo hervir el asfalto. Aute me citó a la una de la tarde, porque acostumbraba a trasnochar mientras trabajaba. “Nunca me duermo antes de las cinco de la mañana”, me confesaría más tarde. Solía pintar y crear de noche, hasta la madrugada, cuando nada ni nadie le interrumpen.

Una mujer me conduce hasta el salón y me pide que espere unos minutos. Me siento en el sofá y miro a mi alrededor entre cauta y fascinada. Había vida por todos lados. Bendije encontrarme en una de esas casas con alma, lejos de la perfección de las televisiones de plasma colgadas de la pared junto a la nada. Ya saben: esas casas sin libros, sin discos, sin películas, sin vida. No era el caso. El televisor lucía a medio gas, casi mudo, y en la mesita había un libro extenso de Frida Khalo. Las esculturas se repartían por casi cualquier rincón, y un buda nos miraba impasible desde su atalaya. Sobre la chimenea reposa un huevo enorme, pintado, y me acuerdo de Dalí y su casa en Portlligat. Sigo mirando a mi alrededor y repaso los libros de la estantería, de los que sobresale un grueso tomo sobre Filipinas con el borde raído. “Qué maravilla”, pensé. El arte gastado es el arte vivido.

Por fin oigo sus pasos resonando por la escalera, y una figura pálida aparece ante mí. Su melena suelta hace juego con la camisa, de un blanco roto y con un par de botones abiertos; sus pantalones también son de color claro. En la muñeca izquierda lleva un reloj que no mira. Y en sus manos huesudas –esas manos que pintan, que escriben, que moldean, que crean– solo sostiene un cigarrillo que le acompaña durante nuestra charla. Me presento y le digo de qué medio vengo. Se sorprende un instante y se le escapa un arqueo de cejas fugaz que no deja más rastro que ese. No importa. Él tampoco viene a hablar de ideologías.

Hacía solo unos meses que había publicado “El niño que miraba el mar”, su último trabajo. El niño de la portada era él, sentado en el malecón de Manila. La foto se la hizo su padre, mirando al mar de espaldas a una ciudad derruida, completamente asolada por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. El lugar donde vivió hasta los once años. “Derribaron nuestra casa por completo, vivíamos en casa de unos tíos. Tengo recuerdos de esa imagen, de una ciudad completamente destruida, con escombros y restos de barcos hundidos en el malecón. Tengo recuerdos del cine, estaba todo destrozado y no había nada que hacer, quedaba un cine en pie y llegaban los grandes musicales de Hollywood”, me cuenta revolviendo la memoria, con una lluvia de imágenes y recuerdos desordenados y potentes, a los que ha vuelto justo ahora, cerca de cumplir los 70.

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El niño que fue se crió en medio de la destrucción y la tristeza de posguerra, y reconoció el miedo aquella vez que se escondió con sus padres debajo de la cama, tapado con colchones, en el Hospital General de Manila. Ha pasado mucho tiempo, pero aún recuerda el olor de los muertos que les rodeaban, como ha contado alguna vez. Pero no solo le abordan los recuerdos tristes cuando recuerda aquella etapa. Allí, en medio de la destrucción, empezó a forjarse su amor por el arte. “Mi fascinación por el cine surgió de ver ese mundo absolutamente maravilloso y luego salir a la calle y ver todo en ruinas. También había una librería, y mi padre iba mucho por allí. Conservo todavía libros de pintores clásicos y modernos, impresionistas, me gustaban mucho esos libros, siempre iba a la mesa donde estaban los libros de arte. Cuando llegaba a casa, me ponía a dibujar y a copiar las láminas de los grandes maestros”, me cuenta. De alguna forma, su padre le abrió el camino a la pintura y el cine, pero también le regaló su primera guitarra, y escuchaba los discos de ópera que ponía en casa. Pasaron muchos años hasta que se animó a escribir canciones. Para entonces la familia se había trasladado a España, y él se mudó también una temporada a París, donde descubrió a los músicos franceses.

Aute habla lento, pausado, fijando la vista en algún lugar remoto, pero también me mira a los ojos. De cuando en cuando sigue encendiéndose un cigarrillo, y en ningún momento parece tener prisa. Cuanto más se sumerge en la conversación, más inabarcable me parece su figura. No importa por qué derroteros nos lleva la charla: da igual que le pregunte por música, por literatura, por pintura o por la vida. Me habla de Joan Baez y de Violeta Parra, de Caetano Veloso y Vinicius de Moraes, de Jacques Brel y Atahualpa Yupanki. Y me habla del impacto que le causó descubrir a Dylan: “Dylan fue fundamental, aunque luego no tiene nada que ver la música que hago con la suya. Sí fue muy impulsor, en el sentido de que parecía muy fácil hacer una canción: cuatro acordes y textos surrealistas. A partir de ahí empecé a cantar y a escribir discos”.

La palabra nos va llevando por infinitos caminos sin interrupciones, porque su vida y su obra es intensa y larga. Lástima que las páginas de periódico sí entiendan de límites. Antes de terminar de conversar, reflexiona sobre los días que vendrán: “Si el mundo tiene algún futuro, está en América Latina. Todas las materias primas están ahí. Es una gente respetuosa, muy rica culturalmente y con un patrimonio maravilloso. Nuestros socios naturales están en ese continente. De México hacia abajo, y el Mediterráneo: esa es nuestra franja”.

Abandonamos el salón y Aute me guía hasta su taller, donde contemplamos una de sus últimas creaciones a medio terminar: está pintando a Fernando Sánchez Dragó, un retrato en primerísimo plano en el que el escritor sostiene a un gato y mira fijamente al espectador. Se detiene un momento en la sala contigua y revuelve entre sus libros. Generoso, decide regalarme uno de sus magníficos y voluminosos poemarios, y lo abre para dedicármelo. Mientras garabatea sobre su obra, unos dibujos eróticos nos miran desde la pared.

Son más de las dos de la tarde cuando salimos al jardín. La luz intensifica aún más su figura delgada y el color de una tez que pasa más tiempo a la sombra que al sol. Buscamos un rincón para hacer unas cuantas fotos improvisadas, y se sienta sobre una silla de hierro. Le miro a través del objetivo y me pregunto qué andará pensando en ese momento. Tal vez solo esté físicamente en el jardín, y ande dándole vueltas a ese cuadro a medio terminar, o al concierto que va a dar en unas semanas en Madrid. Siempre tiene alguna faena que rematar, como él dice. Pero ahí, en ese instante, mira a la cámara con el cigarro entre las manos y su rostro serio se va transformando, muy levemente, en una sonrisa.

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Anterior entrega de En el ángulo muerto: La humanidad de «A mi manera».

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