Antonio Flores en diez canciones

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Cuando se cumplen veinticinco años de la muerte de Antonio Flores —murió el 30 de mayo de 1995—, lo recordamos en diez canciones esenciales de las que dejó en los únicos cuatro álbumes que grabó. Por Juan Puchades.

 

Texto: JUAN PUCHADES.

 

Tras años de vivir en el filo y de mantener una carrera guadianesca, en 1995 Antonio Flores parecía disfrutar de un momento dulce en lo profesional. Se había convertido en un autor reconocido por el álbum De ley (1992) de su hermana Rosario y su cuarto disco solista, Cosas mías (1994), era un éxito popular y de ventas. Era como si la última vida que le quedaba, de las seis que había quemado —como cantaba en “Siete vidas” —, fuera la de la alegría. Sin embargo, el 30 de mayo, a los 33 años, apareció muerto, quince días después de fallecer su madre. Coincidiendo con el vigésimo quinto aniversario de aquella fecha, lo recordamos en diez de las mejores canciones que dejó grabadas (no todas suyas). Ordenadas cronológicamente.

 

1. “No dudaría” (Antonio, 1980)

En 1980 Antonio Flores debuta con el disco Antonio (así firmaba por entonces, sin apellido). Tiene 19 años y es el productor argentino Jorge Álvarez quien diseña el contenido musical, dejando poco espacio para los temas propios: solo tres, el resto son versiones, esencialmente de temas brasileños. Pero es una brillante canción de Antonio la que se impone y acaba perdurando en el tiempo. Esta “No dudaría” en la que en un hermoso medio tiempo saca su espíritu jipi, humanista y pacifista.

 

 

2. “Rosas de fresa” (Antonio, 1980)

Otra de las canciones propias del estreno y otro medio tiempo de esos que Antonio Flores, pese a su alma rockera, bordaba. En esta ocasión es un tema alrededor de una vendedora callejera de rosas. Un texto sencillo pero emotivo, de un autor que está buscando su propio lenguaje y tiene mano para la poesía directa y el retrato.

 

 

3. “Libre” (Antonio, 1980)

Entre la abundancia de versiones brasileñas que incluía el primer elepé, se coló esta “Libre”, firmada por Francisco Martínez Moncada y el gran Paco Cepero, que era como un traje a medida: un canto al ser como un quiera ser. Flores, por entonces, intentaba alejarse de la música racial que se asociaba con su familia, y sin embargo aceptó grabar esta rumba pop que sería como un aviso aislado de lo que vendría años después, con la madurez y la falta de prejuicios sonoros.

 

 

4. “Pongamos que hablo de Madrid” (Al caer el sol, 1981)

Al caer el sol, de 1981, es el segundo álbum y el segundo bajo la dirección (¿las garras?) de Jorge Álvarez, quien esta vez le deja a Antonio algo más de margen para sus canciones, cayendo solo tres versiones (“El fantasma de Canterville”, de Charly García, probablemente imposición del productor, y “No woman no cry”, de Marley, más del gusto del protagonista), entre ellas “Pongamos que hablo de Madrid”, que un año antes había grabado su autor, Joaquín Sabina, y con la que no había sucedido nada. La versión de Flores, rockera, le imprime velocidad y con ella logra el primer éxito radiofónico (aunque como autor) que conoce Sabina, quien queda encantado con la versión. Así se conoció a nivel masivo “Pongamos que hablo de Madrid”, en la voz de Antonio Flores. Historia del pop español.

 

 

5. “No puedo enamorarme de ti” (Al caer el sol, 1981)

Otro baladón de esos para los que Antonio estaba particularmente dotado, los escribía con enorme gusto, manejando melodías excelentes y textos (seguramente confesionales) que sabían pellizcar en el oyente. En “No puedo enamorarme de ti” opta por un reggae suave que queda algo difuso por los arreglos orquestales. Antonio Flores quería ser un autor libre y en CBS no se lo permitían. Así que esta fue la última vez que grabó con la multinacional.

 

 

6. “Gran Vía” (Gran Vía, 1988)

Tras siete años sin disco, Antonio Flores (ahora firmando así, apellido incluido) regresa de la mano del sello independiente Twins, que le permite grabar el élbum que le viene en gana. Ahora él decide lo que canta y las versiones son las que él mismo selecciona (Triana) o los compositores que elige (Antonio Vega, Lele Laina, Nacho García Vega). De la producción se encarga Carlos Narea (mano derecha de Miguel Ríos, por entonces trabajando, entre otros, con Nacha Pop), que trata de reconducirlo hacia lo que Antonio siempre quiso ser: un rockero urbano. Aunque, de nuevo, donde realmente agarra al oyente y lo voltea es con los medios tiempos, como en la canción que da título al disco, es esta “Gran Vía” dedicada a la noche de la calle madrileña y en la que se permite alguna licencia (¿tranvías en la Gran Vía de 1988?).

 

 

7. “Gata encerrada” (Gran Vía, 1988)

Aunque en Gran Vía musica con tiento una letra de Antonio Vega (“Luces de alcohol”), es “Gata encerrada”, firmada por el otro Nacha Pop, Nacho García Vega, la pieza que destacamos, por aquello del ritmo chispeante (muy propio de García Vega), la ingeniosa letra y la estupenda interpretación.

 

 

8. “Una espina” (Cosas mías, 1994)

Irregular como pocos, Antonio Flores tardó otros seis años en grabar un nuevo álbum. Esta vez para la multinacional BMG y producido con talento por Fernando Illán y Arturo Soriano (ambos fueron músicos de sesión en Gran Vía). Y Cosas mías fue el disco que situó a Flores definitivamente en el mapa del pop español. A la postre este disco sería el último y el mejor de los cuatro que grabó. Él firma todos los temas, se quita prejuicios rockeros, y en estado de gracia graba lo que le sale de dentro, dejando unas cuantas baladas absolutamente matadoras, como esta “Una espina”.

 

 

9. “Alba” (Cosas mías, 1994)

La canción más feliz de cuantas escribió Antonio: una rumba que es canto de amor y festejo dedicado a su hija, Alba. La guitarra flamenca es del gran Raimundo Amador (suena en el vídeo seleccionado, aunque no aparece). Una pieza perfecta que pone de buen ánimo.

 

 

10. “Siete vidas” (Cosas mías, 1994)

Tristísima composición alrededor de una relación rota, con el amor y el dolor bien presentes. Una canción confesional que resulta escalofriante por su sinceridad, por la interpretación con la voz rota, por los arreglos (guitarra acústica, un saxo discreto), por su entrega y por el aliento esperanzado que, pese a todo, la recorre. Probablemente la gran canción de cuantas grabó Flores. Pocas veces se ha pedido perdón en un tema pop como aquí, con el corazón tan expuesto, con tanta belleza.

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