Altamont: Qué violenta noche la de aquel violento año

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«Si los Ángeles del Infierno provocaban pavor, algunos miembros de la audiencia tampoco se quedaban cortos, claramente sobreexcitados e intoxicados por anfetaminas y LSD. El punto final lo pone el acuchillamiento de un tipo de color armado con una pistola a manos de uno de los moteros»

Un concierto gratuito, manadas de hippies, toneladas de drogas y los Ángeles del Infierno como jefes de seguridad. ¿Qué podía salir mal? La reedición en formato DVD de “Gimme shelter” nos permite rememorar una vez más una etapa fundamental en la carrera de los Rolling Stones, aquella marcada por el fenomenal álbum “Let it bleed”, la exitosa gira americana inmortalizada en el disco en vivo “Get yer ya ya’s out” y el desastroso concierto gratuito en la autovía de Altamont, que culminó con cuatro muertes, llevándose por delante el verano del amor.


Texto: JUANJO ORDÁS.


Es imposible no asociar un documental como “Gimme Shelter” con el festival de Altamont (1969), una fiesta diseñada por los Stones con toda la buena voluntad del mundo que acabó siendo un campo de batalla con violentos asesinatos de por medio. Cierto que el film ofrece mucho más, pero los escapes de cámara no dejan de ser argumentos secundarios que fortalecen la trama básica o que la amortiguan. Los hermanos Albert y Robert Maysles, en calidad de Directores, utilizan un enfoque casi meta-cinematográfico, pues inician la cinta filmando a Charlie Watts y a Mick Jagger, sentados en la misma sala de montaje del propio documental, aún conmocionados por la tragedia acaecida, tragedia que el espectador no presenciará hasta el final del metraje. Es decir, “Gimme Shelter” comienza cuando quedan pocas horas para ser concluido, con dos de sus protagonistas en un shock que el espectador irá comprendiendo poco a poco gracias a un film con mucho ritmo, de montaje espontáneo y grácil. Los Maysles se olvidan de entrevistas para que la naturaleza de la realidad sea la que retrate a los protagonistas y deje constancia de los hechos, como hábiles observadores que nunca intervienen.

Desde el comienzo, la línea principal viene trazada por las negociaciones y preparativos que desembocaran en el violento festejo. Hombres de negocios del entorno Stone gestionan y trabajan duramente para que 300.000 jóvenes puedan disfrutar de un potente cartel compuesto por los ingleses como estrellas más CSNY, Santana, Jefferson Airplane, Flying Burrito Brothers y Grateful Dead (quienes decidieron no actuar y cuyo manager se dice recomendo a los Ángeles del Infierno como medida de seguridad).

Mientras la línea argumental principal avanza, caen algunos de los mejores momentos de todo el metraje, ¡y es que se documenta levemente la grabación de un clásico como “Sticky fingers”! Ahí podemos contemplar a Keith Richards en trance, moviendo los labios al son de la poesía de ‘Wild horses’, bailando junto a Jagger al son de una ‘Brown sugar’ aún por terminar en la habitación de un hotel o trabajando en la mezcla y grabación de ‘You gotta move’. Momentos míticos, esenciales para estos tiempos en que se devalúa la mitología rockera a favor de la credibilidad artificial.
Asimismo, destacan las canciones filmadas en el MSG, con un sonido e imagen beneficiarios de la restauración del film y con las cámaras centrándose especialmente en la figura de Mick Jagger. Lo que en su día resultaba un hándicap hoy viene a ser una cuestión de justicia poética. Sí, es una lástima que los directores no se concentraran en Richards, Watts, Taylor o Wymann, pero ya es hora de colocar a Jagger en el lugar que merece, por mucho que Keith sea un icono. A día de hoy es fácil pensar en el vocalista como un (extraordinario) hombre de negocios, pero cuando se sube a un escenario sigue siendo el frontman definitivo. Exactamente como ocurría en 1969. ¿Quién podría medirse con el Jagger que aparece en “Gimme Shelter”? Nadie. El joven Mick ya hacía del escenario su pasarela de exhibición, donde exhumar su ambigüedad luciferina y descargar su indómito carisma micrófono en mano, interpetando, casi se diría que canalizando, cada trallazo que su banda arremete. Claro que sin Watts y Richards jamás habría Stones, cierto es que Jagger los necesita a ambos. Pero ellos a él también. En lo relativo a la banda, se trata de los Stones crudos que el recientemente reeditado directo “Get yer ya ya’s out” testimonió, es decir, una banda enérgica y confiada en sí misma, que comenzaba a dominar las audiencias masivas y que en estudio ya estaba a pleno rendimiento. Presentaban “Let it bleed”, uno de sus mejores trabajos, y sobre las tablas sonaban realmente agresivos, muy alejados del también interesante sonido de big band al que nos tienen acostumbrados actualmente. Se diría que los ingleses se encontraban embarcados en una cruzada por exorcizar el rock and roll, mestizando su pureza y masticando sus raíces junto a su sensibilidad comercial.

Pero todo desemboca en lo que desemboca. La alegría de una banda tomando al asalto los States acaba por verse truncada en el festival de Altamont. Los hermanos Maysles crean tensión ofreciendo simplemente lo que sus cámaras captan, todo un polvorín a punto de explotar que finalmente revienta con los Stones en escena, con un Keith Richards encarándose a los Ángeles del Infierno, un Mick Jagger impotente tratando de mantener la calma y un público completamente colocado e incoherente víctima de unos moteros homicidas. Desde luego, hay que reconocer a los dos directores un instinto brutal, captando toda la tensión que envenenaba el ambiente, capturando una caída libre que va dejando momentos de tirantez extrema, con miembros de Jefferson Airplane golpeados, interrupciones continuas y un maremágnum de personas terrorífico. Si los Ángeles del Infierno provocaban pavor, algunos miembros de la audiencia tampoco se quedaban cortos, claramente sobreexcitados e intoxicados por anfetaminas y LSD. El punto final lo pone el acuchillamiento de un tipo de color armado con una pistola a manos de uno de los moteros. Todo fielmente recogido por el imparcial ojo de la cámara, testigo del fin del idealismo hippie.

Los Stones pecaron de ingenuos a la hora de planificar este mastodóntico evento, pero el clima social ya comenzaba a sentir las pulsiones finales del movimiento hippie. Charles Manson se había encargado de recordar al mundo que la crueldad humana era inextirpable, que un reducto hippie podía transformarse en una banda criminal y Altamont no dejó de ser el puntapié definitivo a una idealista forma de entender la vida que jamás comprendió que las flores se marchitan y el verano siempre acaba. Las drogas comenzaban a manchar el idealismo con la llegada de sustancias duras, la psicodelia finalizaba su carrera como innovación pop, los orientalismos ya no resultaban tan exóticos. Pero fue el asesinato lo que hizo despertar a los hijos de la era Woodstock.

Tras una turné exitosa por EEUU y un disco memorable en ciernes, a los eufóricos Stones se les escapó todo de las manos. Era imposible invitar a tal cantidad de público en una orgía musical y pretender que se controlaran en un entorno desértico. Lo que sí habría sido factible es no haber contado con los Ángeles del Infierno como hombres de seguridad, aunque incluso a estas alturas no ha quedado claro quién los contrato ni en qué términos se estipuló ningún contrato.

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