Alberto & García: cómo celebrar La herida

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«Es una sensación continua de estar empezando, que es muy bonito, pero implica resistencia y aguante»

 

Eclécticos desde la raíz, Alberto & García rubrican doce nuevas canciones en La herida, un trabajo que confirma la riqueza y el talento del quinteto asturiano. Arancha Moreno habla con ellos.

 

Texto: ARANCHA MORENO.
Fotos: HÉCTOR HERRERÍA.

 

De septeto a quinteto, y de Flores en el Campoamor al recién publicado La herida. Este es el viaje que han experimentado los dos últimos años los asturianos Alberto & García, esto es: el vocalista y guitarrista Alberto García; su hermano Manuel, saxofonista y trompetista; su primo Dámaso García, batería y percusionista; el bajista Cristian Leiva y el guitarrista Víctor Gil. La mitad de ellos, familia de sangre y la otra, familia de corazón. Cinco miembros de una banda semidesconocida que en la última década se ha ganado, disco a disco, su rinconcito en la escena española. Más que reivindicar su espacio, hacen música porque el cuerpo se lo pide, y no disimulan cierto pudor al hablar de su obra, más conscientes de su pequeñez que de la inmensidad de su propuesta. Quizá sea porque aún no se han recuperado de los mareos, las curvas y los baches que han recorrido hasta llegar al presente. Y, claro está, de las heridas.

La música se ha colado desde siempre en todas las escenas cotidianas de los hermanos García. Los viajes en coche, las sobremesas, las tardes de actividades artísticas. «Lo hemos mamado desde pequeños. Nos dedicábamos a ello antes de que fuera nuestra profesión», sostiene Manuel. El vínculo con las canciones era tan fuerte como el que anuda la banda: «Es muy familiar todo lo que hacemos, el propio grupo es familiar. El domingo, cuando volvamos a Asturias, nos iremos al pueblo todos juntos», apunta Alberto. Viven en Oviedo, pero pasan temporadas en Libardón, un pueblo cerca de Colunga, en la zona de Llanes. «Está al pie de la montaña y muy cerca de la costa. Tenemos una casa indiana que compró mi abuelo en su día y nos juntamos allí. Somos un poco sicilianos, en el buen sentido ¡y en el malo! [ríen]». Les gusta mezclarse, en lo personal y en lo musical, como reflejan los seis elepés que han publicado hasta la fecha.

 

El disco inédito y el adiós de Sony

El germen de Alberto & García podría remontarse casi veinte años atrás, pero Alberto, vocalista y compositor, se detiene en fechas más significativas: «En 2010 montamos el concepto de la banda, y en 2013 ganamos un concurso de RNE, firmamos con Sony y sacamos un disco con ellos, y a partir de ahí nos lo tomamos más en serio, aprendimos el oficio. Fue la primera vez que tuvimos una oficina de management. El año cero tiene diez años previos de colegio, casi. Es una sensación continua de estar empezando, que es muy bonito, pero implica resistencia y aguante».

Antes de convertirse en la banda que son, esa década de aprendizaje previo incluyó, en 2006, la grabación de un disco en los estudios Trak de Madrid, en el que colaboraron con tótems como Carlos Raya o Piraña, percusionista de Paco de Lucía: «Era como estar en Eurodisney. Ahí coincide la primera crisis gorda de la industria y se rompe el preacuerdo para sacar el disco. Se grabó, pero nunca se llegó a publicar, y el estudio acabó cerrando». Alberto tenía entonces 18 años y aquellas canciones eran poco más que un puñado de sueños juveniles que se volatilizaron en un cajón.

 

«La mayoría de las bandas en España están en sellos muy pequeños y las multinacionales hacen otra cosa, tienen la antena en otro sitio»

 

Tras el primer desencanto, formaron la banda y tocaban una vez al mes en Oviedo, en el Blackberry. «Cobrábamos una ridiculez y llenábamos el sitio con un público bastante entregado a la barra», pero, como el dueño no les quería pagar ni cincuenta euros por barba, se mudaron a un bar cercano, La Calleja. El público quería escuchar también sus canciones en casa, así que hicieron un primer epé —Exiliados, 2011— con una tirada muy baja. Después los hermanos García se marcharon a Londres, sin saber qué hacer con sus vidas. Fue su padre quien les convenció de que se presentasen a  La reMovida, el I Concurso de Nuevos Valores de la Música de RNE, y para su sorpresa, lo ganaron. Lo tomaron como «una posibilidad de reconciliación con el oficio, con la parte industrial», y un impulso para afrontar una larguísima y abrupta travesía, aunque «las carreras de la gente que nos gustan son así, no suelen ser pelotazos».

Ganar aquel concurso, sin embargo, fue una experiencia agridulce, de expectativas aliñadas con desengaños. «Te dicen que vas a tener a una multinacional como Sony, a TVE… que tienes todos los medios de repente, pero coincidió un cambio de gobierno, cambios en RTVE, y nosotros éramos parte de lo anterior, de alguna manera. Y estábamos muy verdes», admite Alberto. Entrar en la oficina de Enrique Patricio, EP Management, supuso también un punto de inflexión para Alberto & García. «La primera reunión que tuvo Enrique en Sony le dijeron que nos echaban. Estábamos preparando un disco y les pidió que esperasen. Tuvimos que hacer una campaña de crowdfunding, se lo enseñamos acabado y no tuvieron interés, así que seguimos nosotros. La mayoría de las bandas en España están en sellos muy pequeños y las multinacionales hacen otra cosa, tienen la antena en otro sitio», medita Alberto.

 

En busca de su sonido

Su fugaz aventura en Sony alumbró un único álbum, Ley de gravedad, en 2014. Desde entonces editan sus trabajos con su oficina, a través del sello Boomerang Discos. Bajo su paraguas han alumbrado el disco documental Voladores (2016), El buen salvaje (2018), el epé Fenómenos paranormales (2019), Flores negras (2020) y el disco en directo Flores en el Campoamor (2021). «Con Enrique tenemos un trato muy familiar», advierten, y lo mismo se lo llevan a cortar árboles «que a descorchar sidra», ríen. Eso une, aunque, como matiza Alberto, «une más beberla».

Con Boomerang acaban de publicar también La herida, un muestrario rico y ecléctico en el que caben el pop, el rock, la música de raíz, el folclore, la cumbia, la electrónica… y otras tantas cosas que funden con un gusto exquisito y que ya forman parte de su sonido. Un rico cóctel estilístico que empezó a clarificarse cuando contactaron con Toni Brunet, su productor desde El buen salvaje (2018). «Ya había cosas en el directo anterior [Voladores, 2016], que grabamos en la montaña, la playa… pero no había una producción, más allá de lo que ensayábamos en el local. Con Toni empezamos un proceso de aprendizaje y una manera de entender las canciones que dura hasta hoy. Hay mucho de Toni en nuestro sonido, en conocernos bien y haber tirado del hilo de lo que queríamos decir. Es el mejor traductor posible de lo que hay en nuestras cabezas, él lo hace canción». Brunet les ha proporcionado herramientas que han aplicado en los siguientes trabajos. «Es un guitarrista excelente, y muy eficiente. Cuando me da directrices las archivo, y luego las trabajo. Conoce su instrumento, lo domina y lo transmite muy bien, así que intento robarle todo lo que puedo y me lo atribuyo», bromea Víctor, el guitarrista.

 

Rutas y heridas

La antesala de La herida son un par de singles que lanzaron en 2021, “Bachata verde” y “Río Bravo”. El año pasado se encerraron en los Estudios Gaua del País Vasco para grabar el disco en dos tramos, antes y después del verano. «Nos propusimos tener más tiempo en el estudio, grabar tranquilos, no mirar el reloj. Gaua es un estudio residencia, con esa concentración absoluta de estar con las canciones, te hermanas mucho más. Y está en un paraje precioso, en medio de la montaña, mezclábamos con la puerta abierta. Esa belleza y esa tranquilidad están en el disco, seguro», piensa Manuel. Aquellos días apenas escucharon otra cosa, aunque recuerdan haber puesto a Mac Duncan y que Toni Brunet les enseñó alguna canción que había grabado con Alberto Alcalá, del disco Otra edad. El resto del tiempo agradecían el silencio. En sus ratos libres se acercaban al bar del pueblo para airearse, aunque acababan hablando de música y tarareando alguna de las melodías nuevas. Las canciones que estaban grabando les perseguían con insistencia: «A veces, lo maldecíamos: “Joe, me voy a dormir con este arreglo en la cabeza”. Y al volver del bar escuchábamos de nuevo lo que habíamos hecho en el estudio, como si estuviésemos en casa».

 

«Toni Brunet es el mejor traductor posible de lo que hay en nuestras cabezas: lo hace canción»

 

En las grietas de La herida se percibe el dolor, pero no la derrota. Escriben y cantan «desde la positividad, afrontándolo desde el modo más optimista posible», y en sus letras reflejan un movimiento constante, no solo físico. «Se refiere también a partidas, idas y venidas emocionales, ausencias importantes y presencias importantes, gente que llega, niños… la vida. Y dentro de la vida, la celebración de la herida», precisa el vocalista y compositor. Ahí está el leitmotiv del disco: brindar aunque duela, celebrar la herida.

 

Las canciones

Las doce canciones de La herida contienen influencias variopintas. La ruta comienza con “Arde París”, en la que beben de Nacha Pop, Radio Futura, Talking Heads, David Bowie y el rock glam, y continúa con “La noche del 24”, un pop rock clásico, como “Jacques Costeau”. El soul y el neosoul humean en “Tribu”, tema inspirado en The future, el último disco de Nathaniel Rateliff & The Night Sweats: «Hace una cosa con el saxofón que dijimos: “Esto hay que robarlo”. No ejecutamos el robo, pero sirvió como referencia». “Por el camino” aúna el folclore con la verbena, y se les antoja «una jota lenta». “La herida” es una cumbia melódica y “Rayos y truenos” oscila entre la cumbia y la salsa. Lo latino también insufla “Rayito de luna”, con un inicio andino y guitarras psicodélicas, «pero en las estrofas tiene una especie de pasodoble, mientras la batería hace un patrón de reguetón, no tan evidente», analiza Manuel. Cuando escribieron “Medicina” pensaban en Tom Waits «y en la vena siciliana, tiene un punto de italianos en Chicago, y un rollo muy Auserón, también», matiza Alberto. El juego instrumental se multiplica en “Paloma blanca”, que suena a cumbia y psicodelia y en la que suenan muchas cosas: un dobro, un cuatro venezolano, una trompeta, un banjo, sintetizadores, un cajón flamenco distorsionado… En el tramo final, “La gran broma” suena a pop rock y soul, y “Caer rendido” es una ranchera que en directo «se parece a una canción de funeral de Nueva Orleans». Cuando saltan al escenario, sus composiciones adquieren formas nuevas porque «están vivas».

Acompañados en otras ocasiones por voces como la de David Ruiz de La M.O.D.A. en “Animales escondidos”, Tulsa en “El milagro” y Marazu en “Pa’ que no vuelvas”, esta vez cuentan con Depedro en “Por el camino”. «Para nosotros es un referente, como Depedro, con Calexico, con Micromambo… Ha hecho el disco mejor. Ha sido una pasada verle trabajar, cómo apunta la canción. Aprendes. Esas son las ventanas que ha abierto», sostiene Manuel. También ajustó alguna cosa «porque es de las corrientes maniáticas de la acentuación; yo creo que hay licencias, cuando es por una cuestión poética», defiende Alberto.

 

Formato y escenarios

La gira de Alberto & García lleva varias semanas rodando por salas de todo pelaje. Reducir el septeto anterior al quinteto actual «no ha sido muy complicado en el aspecto musical, porque el repertorio es casi todo nuevo y hemos readaptado las canciones anteriores». Ahora transportan un par de congas menos, pero siguen llevando mucho «cacharraje». «Si hiciéramos un solo estilo sería más sencillo, pero usamos muchos instrumentos, y en las grabaciones ni te cuento. Aunque veo las grabaciones como si fueran la película y los directos como una obra de teatro», piensa Víctor. Dicen que tocan lo que escuchan, así que les preguntamos qué ha sonado en su viaje desde Asturias hasta Madrid. Su «gramola» es bien variada: salsa, cumbia, el último de Mac DeMarco, La Plazuela, Iván Ferreiro, blues, Jimi Hendrix, Kase O., Kendrick Lamar, Bejo…

El verano se acerca y hay conciertos en el horizonte —como el Sil Fest de O Barco de Valdeorras, el 15 de julio—, pero quién sabe dónde les llevará el camino. Latinoamérica sería un buen escenario, y han empezado a tender algún puente. «Todavía muy embrionario, estamos conectando las piezas para ir sin que sea un salto sin red, creemos en esa manera de construir. Los contactos que tenemos allí son muy cariñosos, que les guste es casi un certificado de validez», comentan. Aun así, siempre buscan darle la vuelta a cualquier género, ofrecer más de una lectura, como hacen desde la portada de La herida, con ese corazón llameante que diseñó Manuel: «Es un corazón ardiendo, pero también una hoguera de reunión. Tiene un punto de vida, un corazón ardiendo que está hiriendo a la vez». ¿Purifican las canciones, como lo hacen las hogueras, o aún les persigue algún fantasma? «Todavía nos queda alguno, pero es un disco muy sanador, muy liberador, y la gente lo recibe así. Lo mejor que te pueden decir es “qué alivio, si estoy mal me lo pongo y estoy un poco más feliz”. No hay premio mayor que esa conexión».

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