Operación rescate: Fito & Fitipaldis

Autor:

«A puerta cerrada’ es un buen disco, muy entretenido y caliente, que nos hizo mirar a Fito de otro modo. Pero nadie habría imaginado por entonces la continuación de la historia»

fito-fitipaldis-22-06-13

Fito & Fitipaldis
«A puerta cerrada»
DRO, 1998

 

Texto: JUAN PUCHADES.

 

Los proyectos paralelos, siempre tienen mucho de menor, y sus discos –cuando los hay– suelen quedar como obras anecdóticas, material para consumo del fan más acérrimo. Ejemplos evidentes los tendríamos en las carreras solistas de Mick Jagger y Keith Richards y sus discos, el primero siempre ha intentado que aquello pasara a mayores sin demasiada fortuna, y nunca ha salido de gira en solitario. Richards sí, con sus X-Pensive Winos, pero por diversión y enfocado a audiencias no demasiado grandes. Sin embargo, en ocasiones, esos trabajos personales esconden más verdad, o más libertad, que el proyecto principal, son como una forma de liberarse de ataduras, de dar rienda suelta a una parte de la personalidad que de otro modo quedaría condenada a no aflorar nunca (y aquí podemos citar a Enrique Urquijo y Los Problemas). Algo de eso sucedió con Fito & Fitipaldis, que fue una liberación.

Fito Cabrales era el vocalista y guitarrista de los bilbaínos Platero y Tú, grupo adscrito al rock urbano y al rasca-rasca peleón. Para 1998 ya llevaban alrededor de una década en activo y Cabrales, en paralelo, se divertía y rebajaba tensión tocando en bares, acústica en ristre y en compañía de algunos amigos próximos (tanto que Polako, el batería, acabaría por ser su manager), versiones y temas propios que no veía que encajaran en el repertorio del grupo mayor. Se hacía llamar Fito & Fitipaldis y, de alguna manera, le alentaba aquel espíritu que a mediados de los años setenta dio forma a las bandas del pub-rock –que a su vez serían la semilla de la new wave– y que se alimentaba de rock and roll con el espíritu de los pioneros del género, con sus dosis de rockabilly, pop directo, algo de swing, y las guitarras y la voz como corazón principal. Vamos, un proyecto sin demasiadas pretensiones que, sin embargo, Fito se dio el capricho de trasladar a un estudio de grabación y DRO, el sello que editaba a Platero y Tú, se atrevió a poner el resultado en la calle, como algo menor (aunque incluso se editó un tebeo que se enviaba a los medios junto al cedé). Pero todo el mundo suponía que no iba a pasar nada con Fito & Fitipaldis: aquel era un disco para los seguidores más abiertos de orejas y receptivos de los Platero y Tú. Poco más.

La propia grabación tiene mucho de modesta (más si la comparamos con las que vendrían), algo deslabazada, como de maqueta currada y registrada en directo en el estudio, con todos tocando juntos, igualito que en el bar de un colega. Y ese fue uno de sus mayores aciertos, porque, precisamente por ello, el disco suena tremendamente fresco, y desde luego en su día fue toda una sorpresa descubrir a Fito Cabrales en ese papel de artista de base, lejos de cualquier solemnidad o cliché rock. Además, como autor, se destapaba como un tipo sensible, capaz de escribir y cantar cosas como «se me ponen si me besas / rojitas la orejas. / Pon carita de pena, / que ya sabes que haré todo lo que tú quieras» en ‘Rojitas las orejas’, el tema con el que comienza «A puerta cerrada», un corte que define la tónica del álbum: guitarras acústicas marcando el ritmo, coros apoyando la voz de Fito, bajo, batería y cálidas percusiones: esas son sus armas principales, puntualmente coloreadas por piano o algo de vientos.

Pero pese a las acústicas que parecen dominarlo todo, también hay guitarras eléctricas (en la estela del sonido de Mark Knopfler, que para algo se formó en la escuela del pub-rock) y este es un álbum de rock, sin dudarlo. De rock, pero sin estridencias, impregnado del olor del humo de un pequeño bar cargado (cuando en los bares se podía fumar), conformado por diez temas sin desperdicio, con sus momentos álgidos en ‘Rojitas las orejas’, ‘Trozos de cristal’ (que cuenta con la colaboración vocal de Robe Iniesta), ‘Mirando el cielo’ («yo seguiré mirando al cielo, / tú nunca quisiste volar»), ‘El lobo se espanta’ («Quién se puede reír del dolor / cuando mira a la cara. / Quién puede discutir la razón / con las manos atadas») y ‘El funeral’ (con humor y ambiente italiano). Hasta hay espacio para dejarse mecer por el swing golfo y nocturno (‘Barra americana’ y ‘Trapos sucios’), para aproximarse a la escuela de Los Rebeldes en ‘¡Qué divertido!’ o para interpretar una versión ajena, que será una de las marcas de la casa en cada álbum: ‘Quiero beber hasta perder el control’ (de Enrique Urquijo, precisamente), en una toma próxima al rockabilly, género al que también se acerca en ‘Ojos de serpiente’.

Sí, «A puerta cerrada» es un buen disco, muy entretenido y caliente, que nos hizo mirar a Fito de otro modo. Pero nadie habría imaginado por entonces la continuación de la historia: el fin de Platero y la explosión Fitipaldi hasta situarse en un lugar privilegiado del rock español, casi como figura máxima. Lástima que en el camino Fito haya perdido frescura y locura en pos de sonar superprofesional y atar muy en corto las producciones de los discos. Pero aquí queda testimonio del sano descaro de los primeros tiempos, cuando nada tenía importancia.

 

Anterior entrega de Operación rescate: Los Rebeldes.

Artículos relacionados