40 años del perverso debut de The Cramps, la cara más psicótica del punk

Autor:

«Pasaron de ser unos colgados por la serie B en tono subversivo a convertirse en gigantes de otra forma de entender el punk»

 

Fundados en California, The Cramps estrenaron los ochenta considerada la banda revelación del año en el underground. Sara Morales recupera su elepé Songs the lord taught us, el debut discográfico con el que trastocaron los pilares del punk.

 

Texto: SARA MORALES.

 

Aquella primera incursión en el mercado discográfico pudo haberse saldado con el futuro de los Cramps. A punto estuvo, de hecho. Porque a pesar de que la prensa y la crítica alabaron la propuesta desplegada en el seminal Songs the lord taught us publicado en la primavera de 1980, la banda asistía a su propio tormento interno. Durante la gira que los había llevado de gira por Estados Unidos aquel año, el guitarrista Bryan Gregory arrampló con la furgoneta que portaba todo el equipo y desapareció sin dejar rastro ni dar explicaciones. Al parecer, necesitaba dinero fácil y rápido para continuar engordando el ansia de sus adicciones; por lo menos así lo creyeron (y justificaron) Lux Interior y Poison Ivy, mientras asumían que jamás volverían a verle ni a recuperar sus instrumentos y el equipaje de gira. Recién empezada su carrera regresaron al punto de partida, y tuvieron que hacerlo rápido, sin vocear demasiado el atropello, no fuera a ser que la escena de la incipiente década que parecía acoger con gracia y sorpresa su chifladura sónica se echara para atrás y el tren se largase delante de sus narices.

Pese a la zancadilla de Gregory, Songs the lord taught us triunfó. Los sótanos del underground alzaron a los Cramps como la revelación del año, y pasaron de ser unos colgados por la serie B en tono subversivo a convertirse en gigantes de otra forma de entender el punk. Porque nadie hasta el momento había planteado una revisión del rock and roll de los cincuenta tan diferente y original, tan excéntrica e insólita: con aquellos riffs engendrados en el rockabilly, aquella mastodóntica disidencia punk en sonido y actitud, plagada de efectos y ruidos provenientes del garage y una imaginería única y loca que surgió del infalible cruce entre el sexo sadomasoquista, el cine de terror de bajo presupuesto y el glamour decadente.

Fueron inigualables reinventando y retorciendo el rock; y sus canciones, a medio camino entre la nostalgia y el humor, supusieron un soplo de aire fresco en una industria que, en aquellos primeros ochenta, ya estaba preparada para todo. Mientras los Cramps lograban reducir el impacto de su propio boicot, el mundo no dudó en hacerles hueco. Se les quería y necesitaba en escena.

 

Un estreno flamante

Este debut, grabado entre finales de 1979 y principios de 1980 en el estudio Sam C. Philips de Memphis, donde en su día Elvis o Jerry Lee Lewis registraron también algunos de sus primeros discos, terminó convirtiéndose en una gran influencia para la escena punk rock del momento. A pesar de que la banda siempre renegó de las etiquetas, y en concreto de la que les emparentaba con el psychobilly, Songs the lord taught us se alzó como un referente del género. Además, la detonación del rockabilly revival que se iba a producir poco después y el garaje que circuló durante toda la década, también serían grandes deudores de estas trece canciones sobre zombies, hombres lobo y costumbrismo demente.

Afiliados a IRS Records desde su primer epé en 1979, Gravest hits, donde ya apunta maneras lo espeluznante de su lenguaje e imaginario, para este estreno en larga duración decidieron contar de nuevo con el mismo productor, Alex Chilton, líder de Box Tops y Big Star. Él fue el responsable de levantar las impresionantes capas de ecos de bóveda que ambientan la base instrumental y vocal de Poison Ivy y Lux Interior, como refleja la fundamental “I was a teenage werewolf”.

Esa insignia del repertorio de los Cramps parece haber nacido en una casa encantada entre los espesos bosques de Transilvania, a base de transmisiones y atmósferas (casi psicofonías) que han resucitado del pasado para atormentarnos. Y mientras ella se afana en mantener la frecuencia eléctrica de sus cuerdas junto a las de Gregory el desertor, y Knox le da a la batería sin descanso, Lux Interior evoca y provoca el llanto en la noche, repitiendo fórmula para “The mad daddy”. Porque los alaridos aterradores ya juegan efectistas por todo el disco para enfatizar la tristeza y el desgarro, también la fiesta y el hedonismo. Y los solos de guitarra se impondrán en el silencio y la oscuridad de “Garbageman”, pero brillarán alegres entre los aullidos licántropos de la psicótica “TV set”; otra de sus imprescindibles, anclada en la perversa historia de un asesinato mediatizado a ritmo de un simpático ritmillo surf.

Una obra sin precedentes en su momento y sin igual todavía hoy, por ese cruce mágico entre lo chamánico y lo tétrico, la hipnosis y la comedia, con el que también les dio por reinventar canciones del rock clásico desafiando a las originales. Encantadoras perversiones y provocaciones del “Rock on the moon”, original de Jimmy Stewart en 1959; del “Tear it up” de Johnny Brunette y su Rock and Roll Trio en 1956; de la magnífica «Fever», escrita por Eddie Cooley y Otis Blackwell y popularizada por Little White John también en 1956; y de una linda perlita de los Sonics llamada “Strychnine”. Unas personalísimas versiones dignas de analizar, para terminar de bordar Songs the lord taught us, el disco que sin premeditarlo salvó el futuro y el ánimo de The Cramps, que este año ha cumplido los cuarenta años de vida y continúa sonando infalible tanto en los peores sueños como en las mejores pesadillas.

 

Artículos relacionados