1970, de Bob Dylan

Autor:

DISCOS

«Música dichosa para tiempos atribulados, música transparente para tiempos oscuros»

 

Bob Dylan
1970
SONY, 2021

 

Texto: LUIS LAPUENTE.

 

Quizá enfrascado en algún disparatado proyecto de escultura metalúrgica o en la planificación de su vuelta al ruedo de la música en directo, Dylan recuerde ahora, con una mueca de irónico y alegre distanciamiento, aquellos meses felices de confinamiento voluntario en la Casa Rosa de Woodstock. Meses apacibles y hogareños que coincidieron con los últimos dos años de la Década Prodigiosa, meses fértiles en lo personal y en lo artístico que alumbraron grabaciones clásicas como Nashville skyline (1969) y New morning (1970), y discos controvertidos como Self portrait (1969) y Dylan (1973), todos ellos apegados a las raíces del country y las músicas añejas, embellecidos por el aliento instrumental de músicos absolutamente grandes como Charlie McCoy, Al Kooper, David Bromberg, Russ Kunkel, Harvey Brooks, Charlie Daniels o Ron Cornelius, además de sus amigos de The Band y del siempre eficaz productor Bob Johnston.

Del material grabado durante la preparación de todos aquellos discos, algunos recibidos con desdén por la crítica del momento («¿pero qué mierda es esta?», dijo Greil Marcus en Rolling Stone cuando se publicó Self portrait), hay abundante material documentado, tanto en ediciones piratas como en los sucesivos Bootlegs oficiales distribuidos por Sony en los últimos años, especialmente en la caja Another self portrait (1969-1971): The bootleg series vol. 10 (2013), con entusiastas notas interiores, por cierto, del propio Marcus. Un volumen donde brillaban con luz renovada canciones magnéticas de aquellos años, con la presencia deslumbrante de David Bromberg y Al Kooper, y en la que se apreciaba que el modestamente alabado New morning era en realidad un apéndice lógico, casi sin solución de continuidad, del denostado Self portrait y de la mayoría de las canciones del despreciado Dylan («ese disco de desechos», dijeron y siguen diciendo muchos), el álbum que publicó Columbia en 1973 cuando Bob decidió pasarse con los trastos a Asylum para grabar con The Band los espléndido Planet waves y Before the flood.

Pero el repertorio registrado aquel bienio fecundo y extraño en la turbulenta biografía de Bob Dylan aún no había sido explorado en su totalidad. Faltaban cosas por mostrar al común de los mortales, claro que faltaban. Ahora todos sabemos que los archivos de Dylan son casi inabarcables y el año 1970 fue uno de los más generosos en cuanto al caudal creativo, seguramente porque al cantante le apetecía ensayar nuevos registros vocales tras la epifanía de Nashville skyline, indagar más profundamente en el desván de la música tradicional estadounidense ajena al folk más puro, dejarse mecer en los géneros que amaba en su adolescencia (el rock and roll, el calypso, Tin Pan Alley), subrayar el legado de algunos de sus artistas favoritos (de Tom Paxton a Gordon Lightfoot, de Paul Simon a Peter LaFarge, de Little Richard a Elvis Presley, de Buffy Sainte-Marie a Harry Belafonte), codearse a placer, en fin, con el Beatle más afín a su imaginario, George Harrison, con quien años después formaría los imprescindibles Traveling Wilburys.

Para evitar que aquellas grabaciones inéditas pasaran a ser de dominio público en Europa, Columbia publicó casi en secreto el pasado 4 de diciembre una muy cara y muy limitada edición del triple cedé que ahora ve la luz para todos los públicos, dentro de la serie bautizada por la discográfica como The Bob Dylan: 50th anniversary collection copyright extension series (iniciada en 2012 con lanzamientos casi siempre semisubterráneos). El álbum, titulado simplemente 1970, rescata y ordena setenta y cuatro piezas grabadas por Dylan y sus compinches de la época entre los meses de marzo y agosto de 1970, incluyendo las famosas sesiones del 1 de mayo con George Harrison, que alumbraron una de las canciones esenciales del imaginario de Dylan, “If not for you”, además de algunas divertidas recreaciones de favoritas de los Everly Brothers (“All I have to do is dream”) y Carl Perkins (“Matchbox”).

Sin duda, 1970 es lo que podríamos llamar un disco de capricho, en el mejor sentido de la palabra. Un trabajo menor también en el mejor de los sentidos, que no aspira más que a invocar sentimientos de feliz sosiego y perezosa relajación, los que parece que alimentaban entonces al autor de “Like a rolling stone”. Escuchado ahora sin prejuicios, sean estos dylanófilos o no, hay en este álbum más momentos jubilosos que en algunos de los Bootlegs oficiales, al menos tantos como los que uno recuerda en los tres álbumes originales (los citaré de nuevo para que nadie olvide que siguen siendo pequeños o grandes clásicos: Self portrait, New morning, Dylan); placeres culpables como ese delicioso “Jamaica farewell”, instantes mágicos como las dos maravillosas tomas de “If not for you” con las que arranca el tercer cedé, o la conmovedora recreación del clásico del country “Long black veil”, que tanto recuerda a la firmada por The Band en su Music from Big Pink. Música dichosa para tiempos atribulados, uno de esos regalos únicos (bueno, bonito, barato) que se aprecian con entusiasmo desde el principio, música transparente para tiempos oscuros, un chute de vitaminas contra la fatiga pandémica. El propio Dylan se preguntaba en la memorable primera canción de Self portrait: «Todos los caballos cansados al sol, ¿cómo se supone que voy a conseguir uno que pueda montar?». Aquí tienen la respuesta.

Anterior crítica de discos: Better way, de Casper Clausen.

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