“Por el camino” (1983), de Víctor Manuel

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OPERACIÓN RESCATE

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“Una vez más arriesga, el sonido se engrandece, se actualiza, se aproxima abiertamente al rock pero también bebe del soul noctámbulo”

 

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Víctor Manuel
“Por el camino”
CBS, 1983

 

Texto: JUAN PUCHADES.

 

Si se analiza en detalle la obra de Víctor Manuel se apreciará que desde 1970, cuando inicia la etapa grabadora en el sello Philips (una vez han quedado atrás los pobres arreglos y producciones con los que la disquera Belter le vestía las canciones, en ocasiones sepultando grandes composiciones), está marcada por la audacia, por el riesgo, por la evolución constante, por la contemporaneidad. Musicalmente su cancionero se beneficiaba de su enorme sentido melódico y de unos arreglos que intentaban (no siempre lo conseguían) salirse de la ortodoxia cantautoril. Además, por supuesto, sumaba textos de enorme calidad, esos que lo sitúan como uno de los mejores letristas de la música popular española más allá de géneros.

Pero la verdadera revolución, la que provocó un seísmo en la canción de autor local, llegó en 1978 con “Soy un corazón tendido al sol”. Un elepé con el que dejaba atrás su periodo más político y militante (con “Cómicos”, “10”, “En directo” y “Canto para todos”, lanzados entre el 75 y el 78), el que prácticamente lo había condenado al ostracismo comercial y a las actuaciones en los mítines y fiestas del PCE, encuentros sindicales, asambleas obreras y demás. Pero en 1978, sin renunciar a las canciones sociales, sí a las abiertamente militantes, con la fuerza y el empuje de los 31 años buscó nuevas vías compositivas, nuevas temáticas, aunque, no nos despistemos, siempre estuvieron ahí, solo las amplificó y, sobre todo, abrazó una forma distinta de envolverlas, con arreglos y producciones abiertamente pop que, en gran medida, trazaron el camino a seguir para la escudería de los cantautores. Aunque algunos tardaron años en asumir que esa era la única vía para la supervivencia en una realidad social y musical que, con rapidez, había mutado.

Lo que podía haberse dado de bruces con la indiferencia más absoluta, resultó éxito popular masivo, con Víctor Manuel viviendo años dorados a lo largo de toda la década de los ochenta (en contra de las teorías establecidas, la música de aquel tiempo fue bastante más variada de lo que se pudiera colegir y los cantautores tuvieron su espacio). Pero, además, ese es un periodo que hoy nos muestra al compositor inspirado, libre de ataduras ideológicas, en plenitud y madurez, al escritor de canciones mayúsculo que enlaza disco tras disco sin bajar el nivel, sin renunciar a escribir canciones de calidad que también pueden ser éxitos radiables.

Así, tras tres elepés producidos por el italiano Danilo Vaona (el mencionado “Soy un corazón tendido al sol”, “Luna” y “Ay, amor”), para “Por el camino”, de 1983, cambia de productor, decantándose por el británico Geoff Westley (con el que colaborará durante cuatro álbumes), que además de haber trabajado en directo durante años con los Bee Gees, había desarrollado casi toda su carrera como productor en Italia, esencialmente para Lucio Battisti. Westley diseña una producción con la que Víctor Manuel, una vez más, arriesga, pues el sonido se engrandece, se actualiza, se aproxima abiertamente al pop rock pero también bebe del soul noctámbulo y convive con las orquestaciones. Tras las producciones formalmente más amables de Vaona, la de este álbum podía sorprender, aunque no tanto a quienes hubiesen escuchado sus discos de mediados de los setenta, en los que se apoyaba en grupos eléctricos. Pero aquí las intenciones son otras: esto es pop rock contemporáneo de impronta internacional. Para lograrlo, se grabó en Inglaterra con músicos de sesión británicos y con holgado presupuesto.

Pero, más allá de la producción, “Por el camino” contiene diez canciones sin desperdicio que hacen de él una de las obras esenciales de Víctor Manuel, a situar entre sus álbumes imprescindibles. Canciones que se agrupan en lo que siempre han sido sus cuatro principales líneas compositivas: la retratista, la apegada a Asturias, la romántica y la social (aunque esta, inevitablemente, siempre se cuela aquí y allá, en ocasiones con sutileza, como pequeños apuntes o como velado trasfondo).

Al bloque retratista “Por el camino” aporta tres canciones: la primera es ‘Bailarina’, la que abre el disco con un arreglo perfecto, que arranca solo a guitarra y voz hasta la entrada de todos los instrumentos, con los coros tratados prácticamente como voces sintetizadas, pero con gusto, al igual que en la combinación de electricidad y acústica. Tema de pop impecable en el que Víctor relata la trágica historia de un tramoyista maduro enamorado de una bailarina adolescente, la estructura tiene vocación narrativa, con presentación, nudo y desenlace. No menos trágica es ‘No serás nunca el flautista de Hamelín’, inspirada en un alucinante relato del escritor dominicano Manuel del Cabral tranformado en canción con ingenio musical (esa melodía que invita a seguir al flautista o el solo de saxo son parte de esos muchos detalles musicales que, aquí y allá, depara la escucha del disco), plagado de ambientes con los que Víctor despliega todos sus recursos como vocalista: contenido, casi en susurro, cantante pop y vozarrón tremendo. Cerrando la primera cara del vinilo llega ‘Sara’, que se sitúa entre la canción retratista y la social, pues cuenta la historia de una chica que queda encinta tras una violación y debe acudir a abortar (suponemos que a Londres, entonces el aborto aquí era ilegal) con el miedo no solo por lo sucedido sino a esa figura paterna que sobrevolaba muchos hogares de aquellos años (a tenor de algunas noticias, seguramente también de estos). Como prueba del modo poco convencional de escribir de Víctor Manuel, hay que destacar que el nombre de la protagonista, Sara, únicamente aparece en el título, pero además el embarazo y el aborto tampoco se mencionan, es el oyente quien debe interpretar lo que se canta. Desgraciadamente, por culpa de esos sintetizadores iniciales, es la canción que peor ha envejecido de un disco que, sin embargo, logra sortear los horripilantes estándares grabadores habituales en los años ochenta.

 

 

El compositor asturiano, el que ha escrito algunas canciones que prácticamente parecen temas del folclore popular (y eso no está al alcance de todos), brota en ‘Por el camino de Mieres’ y ‘Asturias’, ambas engalanadas con arreglos orquestales. La primera es una joya nostálgica con la que Víctor recuerda los paisajes de la infancia, arrasados por el tiempo y la reconversión industrial. Fue magnífica la idea de alternar guitarra solista con orquesta. Es el Víctor Manuel profundo, el más intenso, como en ‘Asturias’, que en realidad era la tercera vez que aparecía en disco pero la segunda grabada en estudio. La definitiva, aseguraba su autor en el libro “Antes de que sea tarde”, plena aquí de solemnidad, de hondura, de grandeza. Y merecía la pena grabar de nuevo este himno extraoficial de Asturias (compuesto, sobre un poema de Pedro Garfias, en un hotel de México, en un rato), sobre todo porque los dos anteriores registros eran únicamente a voz y guitarra. Una de esas canciones que emocionan, que siempre ponen un nudo en la garganta.

Los cortes románticos comienzan con ‘Mujer’, pop rock en las lindes del soul (esos coros en el estribillo) es homenaje a la mujer y a las pasiones que despierta en el hombre. El equilibro entre estrofas y estribillos es, sencillamente, redondo. ‘No hemos inventado nada’, cerrando el elepé, gira sobre una formidable letra sobre el amor verdadero, el que es igual al de todos pero siempre resulta único (“No hemos inventado nada / nos amamos con palabras / que otros se dijeron ya […] No hemos inventado nada / las caricias y los besos / son igual que los demás […] Pero a pesar de que no hay invento / día a día me creces dentro / día a día porque te quiero / siempre estoy atizando el fuego”). Musicalmente, arreglada con mucho tiento, se escora hacia el soft rock también con dejes soul, no lejana de las soluciones de Steely Dan en esa década.

Las canciones más sociales se presentan seguidas y se inician (tras ‘Sara’), con ‘¡Déjame en paz!’, que originalmente abría la segunda cara del disco. Un tema, ahora sí, de puro rock, y recordemos que por entonces esto no era muy frecuente entre los cantautores: Hilario Camacho era quien más firmemente militaba en él, y Joaquín Sabina, que todavía no había despegado cual cohete, grabaría su primer trabajo enteramente eléctrico, “Ruleta rusa”, ese mismo año. Miguel Ríos colabora en la segunda voz para ayudar a un Víctor Manuel vocalmente pletórico. La letra clama contra los “redentores” que dicen “Tener la solución para sacarnos del error”. Tan anticlerical como antipolítica, totalmente libertaria: “¡Déjame en paz! / que no me quiero salvar / y que me dejes peor que mal. / ¡Déjame en paz! / que no me quiero salvar / en el infierno no estoy tan mal”. La siguiente canción social, de nuevo con toques de soul suave, es ‘Desde el Pirulí se ve un país’, retrato y crítica de esa Televisión Española (la única por entonces) que quería avanzar pero seguía anclada en sus tics del pasado (más o menos como ahora), afecta al poder. Víctor utiliza como observatorio Torrespeña, «El Pirulí», el edificio desde el que se emitían los informativos y que un año antes había sido inaugurado con gran algarabía, pues nos situaba (se suponía) en la modernidad televisiva. A la vez, con ella no deja de analizar al país “confundido y feliz de perfil / que anda descubriendo cómo es / aunque sabe muy bien lo que no quiere ser”. Tampoco falta la ironía: “Cuando hablan de uniformes [al televisor] se le va el color”.

 

 

Y entre unas y otras se cuela ‘Madrid’, homenaje a la ciudad en la que Víctor Manuel habita desde que un día quiso dedicarse a cantar. Con ella no quiere construir un himno, es solo una bella canción pequeña para una ciudad grande: Madrid de “todos”, de “navajeros y princesas”, “ciudad por el poder siempre sitiada”…

Lo dicho: no sobra nada en este disco, una de las obras maestras de Víctor Manuel (y atesora unas cuantas: para confirmarlo solo hay que descubrirlas), un compositor e intérprete poco reivindicado en los últimos tiempos (uno intuye que por razones extramusicales), pero que junto a Serrat, Aute y Sabina se sitúa en la cumbre de la canción popular de nuestro país, y musicalmente tan osado como los dos últimos.

—Nota: Inexplicablemente, tanto “Por el camino” como el grueso de la discografía de Víctor Manuel está descatalogada en cedé, resultando prácticamente inencontrable en ese formato (o a precios absurdos).

 

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Anterior entrega de Operación rescate: “Dedicado a Antonio Machado, poeta” (1969), de Joan Manuel Serrat.

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