Narcocorridos: Se buscan vivos o muertos

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En la foto, Los Tucanes de Tijuana.


“En principio, el narcocorrido no buscaba moralizar el tema del narcotráfico, sino sencillamente detallar las vivencias típicas en las que se hallan envueltos sus personajes, aunque poco a poco comenzaron a surgir grupos que desatacaban en los narcotraficantes virtudes esenciales para el desempeño de sus actividades”

Los narcocorridos pueden desaparecer de salir adelante una ley que penaría con cárcel su creación y difusión. El género mexicano más popular de las dos últimas décadas peligra. En este informe hablamos de su historia y presente.


Texto: JAVIER MÁRQUEZ SANCHEZ.


El género musical más popular de México en las últimas dos décadas parece tener los días contados. Eso es lo que persigue la clase política y algunos grupos ciudadanos. Los narcocorridos animan a la violencia, ensalzan a los criminales y ofrecen a los jóvenes un mal ejemplo. Por eso, hace tan sólo unos días, un grupo de legisladores del PAN presentó una iniciativa en el Congreso para que se pene con cárcel la creación y difusión de narcocorridos, así como las películas donde se difundan los valores del crimen organizado.

Sin embargo, muchos acusan al gobierno de utilizar a los cantantes de narcocorridos como cabezas de turco, y emplearse con ellos toda la dureza que no ejercen contra los verdaderos culpables de la violencia. Para muchos mexicanos, este género musical no es sino una evolución natural de la tradición musical nacional, los corridos, y tratar de eliminarlos es como acallar en la prensa las noticias sobre narcotráfico.

Irónicamente, casi al tiempo que se anunciaba esa propuesta oficial, también se presentaba un curioso proyecto cultural que pone de relevancia el calado social de la cultura de los narcocorridos. Al parecer, la compositora Gabriela Ortiz y los directores José Areán y Mario Espinosa han unido sus talentos para montar “Únicamente la verdad. La auténtica historia de Camelia La Tejana”, un singular combinación de ópera y corrido/documental experimental con la que se inaugurará el FMX Festival de México. Camelia la Tejana es la protagonista del narcocorrido más famoso de los últimos treinta años, ‘Contrabando y traición’, escrito por Ángel González y popularizado por Los Tigres del Norte.

Originariamente, el corrido mexicano fue una derivación de los romances llegados desde España, y se caracterizan por una estructura que suele ser común, que comienza con un saludo y presentación del cantante y del prólogo de la historia, seguidos del desarrollo de la anécdota, para finalizar con la moraleja y la despedida del intérprete.

Recurriendo habitualmente a ritmos de vals o polka, el corrido funcionó en México durante muchos años como un medio informativo y educativo fundamental, teniendo junto al amor y las crónicas criminales, uno de sus principales temas en el relato de hechos históricos, desde los días de la Independencia, hasta los de la Revolución. De hecho, los corridos se convirtieron en canciones populares de gran éxito en ese periodo histórico, cuando alcanzaron su mayor apogeo. De este modo, entre 1910 y 1917 se escribieron cientos de corridos sobre figuras legendarias como Gabino Barreras, Anselma Guzman, Valentín de la Sierra, Heraclio Bernal, Simón Blanco, Lucio Vázquez, Felipe Ángeles, Benito Canales o, sobre todo, Pancho Villa y Emiliano Zapata. Todas ellas eran composiciones que narraban las hazañas y destacaban el sacrificio y arrojo de estas figuras, convertidas en héroes nacionales tras su lucha por el pueblo.

Muchos años después de los hechos narrados, grandes voces del país, como Antonio Aguilar, Chavela Vargas, Lucha Villa o Vicente Fernández, seguían grabando sus propias versiones de estos corridos como una manera de contribuir a que la memoria de aquéllos no cayera en el olvido, y permitiendo así que fuesen conocidos por las nuevas generaciones.

Pero el paso de los años hizo que las hazañas de la revolución mexicana quedasen empequeñecidas ante la fuerza de una realidad a la que pocos escapaban. Con el devenir del siglo XX, la frontera de México con Estados Unidos se había convertido en una franja conflictiva donde la droga y el dinero cambiaban de manos con la misma rapidez con la que las balas surcaban el aire. Las autoridades no podían o no querían poner freno al nuevo y floreciente negocio, dando pie así al nacimiento de toda una nueva cultura, la del narcotráfico.

Y como medio siglo atrás, muchos artistas mexicanos del momento, a partir sobre todo de los años setenta, comenzaron a dedicar buena parte de sus creaciones a narrar historias relacionadas con este sector del crimen organizado. A veces eran los narcotraficantes los protagonistas, a veces los periodistas que se atrevían a denunciarlos y pagaban con su vida. Los hermanos Arellano Félix, que dirigieron el cartel de Tijuana, o su rival, Armando Carrillo Fuentes, de Ciudad Juárez, le arrebataban así los versos a Villa y Zapata.

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En la foto, Los Tigres del Norte.


“Hay muchos narcotraficantes que, tras llevar a cabo una acción, buscan rápidamente a una de estas bandas para que narren la hazaña en una canción, y que así todos se enteren de lo ocurrido.”

EL PRESENTE

En principio, el narcocorrido no buscaba moralizar el tema del narcotráfico, sino sencillamente detallar las vivencias típicas en las que se hallan envueltos sus personajes, aunque poco a poco comenzaron a surgir grupos que desatacaban en los narcotraficantes virtudes esenciales para el desempeño de sus actividades, dando de ellos imagen de  hombres con poder, valientes, justos e inteligentes. Eso, sumado a que en estos temas la policía y el gobierno no suele salir bien parada, destacando los numerosos casos de corrupción, hace que muchos narcotraficantes queden dibujados como personajes cercanos a Robin Hoods urbanos.

Desde un punto de vista estilístico, los narcocorridos siguen conservando el aire clásico de romances medievales, convirtiéndose así en un curioso vínculo anacrónico entre las tradiciones poéticas más antiguas europeas y el mundo de la droga y el “gangster-rap”. Su expansión tanto hacia el sur como hacia el norte de México es evidente, con proliferación de grupos similares en países como Colombia o Chile, y ventas millonarias en Estados Unidos. De hecho, aunque la música latina más promocionada en ese país puedan ser la salsa, el merengue o baladistas pop como Ricky Martin, los narcocorridos mueven cada año millones de dólares entre venta de discos y conciertos.

Esta popularidad del género ha llevado a que muchos narcotraficantes vean los nuevos corridos como todo un signo de relevancia social. Cuantas más composiciones canten los golpes y masacres perpetrados por un capo, más respeto le tendrán sus socios y enemigos. Por eso, ya hay muchos narcotraficantes que, tras llevar a cabo una acción, buscan rápidamente a una de estas bandas para que narren la hazaña en una canción, y que así todos se enteren de lo ocurrido.

Aunque durante algún tiempo los grupos negaron recibir dinero o regalos de los cárteles por crear estos temas, poco a poco ha ido cayendo el silencio y muchos de ellos lo han reconocido. Según algunas fuentes, ese sería el caso de Los Tigres del Norte, que durante una etapa de su carrera pudieron haber aceptado dinero por parte de los protagonistas de sus canciones, aunque dado lo delicado de la cuestión, es un hecho difícil de confirmar. En cualquier caso, aquellos años ya quedaron atrás. Convertidos en uno de los grupos mexicanos más populares en todo el mundo, apodados los Rolling Stones norteños, Los Tigres del Norte fueron la primera banda en popularizar los narcocorridos en los años setenta, protagonizando además un sinfín de películas, inspiradas muchas veces en algunas de sus canciones (con las que casi podría hablarse de narcocine). Es el caso de la mencionada ‘Contrabando y traición’, de Ángel González, que cuenta la historia de una contrabandista conocida como Camelia la Tejana.

Cuarenta años después, y ante la mala prensa internacional de los narcocorridos, parece que Los Tigres han dejado a un lado este género en sus nuevos discos para dedicarse a corridos más tradicionales y canciones tipo banda, aunque en sus directos siguen sonando sus piezas más aplaudidas, como ‘Jefe de jefes’, ‘La banda del carro rojo’ o ‘El Gato Félix’.

Junto a los Tigres del Norte, Los Tucanes de Tijuana, originarios de Sinaloa, representan la sangre nueva del género.

En lo que a la propia creación se refiere, el compositor más importante de narcocorridos es Paulino Vargas, que ha pasado más de cuarenta años documentando el mundo de la hampa mexicana. Se cuenta que tenía catorce años cuando compuso el primer narcocorrido de la historia –aunque en realidad éstos pueden rastrearse hasta finales del XIX–, y poco después, en 1955, lo presentaba en público al frente de su banda, Los Broncos de Reynosa. También fue él quien bautizó a los hermanos Hernández como Los Tigres del Norte, y les regaló un buen puñado de piezas hoy clásicas. Entre sus creaciones más conocidas, tanto narcocorridos como canciones norteñas, figuran ‘La Banda del carro rojo’, ‘El corrido de Lamberto Quintero’,‘La fuga del rojo’, ‘Clave 7’, ‘Carga ladeada’, ‘El moro de Cumpas’, ‘Paso del Norte’, ‘Libro abierto’, ‘Valentín de la sierra’ o ‘El sube y baja’.

Equivalente a Vargas, pero más en su faceta de intérprete, cabe destacar a Chalino Sánchez, un corridista que se convirtió en la influencia más importante de los cantantes jóvenes de la costa occidental. Chalino fue un cantante que se ganó fama internacional cuando, durante un concierto en California, un tipo comenzó a dispararle mientras estaba en escena. Chalino respondió devolviéndole las balas. Pocos meses después, murió acribillado en Sinaloa.

Desde hace algún tiempo está prohibida la emisión de narcocorridos en radio y televisión de prácticamente todo el país, alegando que constituyen una apología del delito, y que pueden hacer pensar a los jóvenes que dedicarse al narcotráfico puede ser un gran negocio. Sin embargo, no dejan de componerse y grabarse nuevas piezas, y la gente los busca y los escucha, sobre todo en estados como Durango, Michoacán, Sonora, Sinaloa, Nuevo León, Tamaulipas, Chihuahua o Baja California. Son la crónica de lo que ocurre en la calle, de lo que pasa en el silencio del desierto. Son las violentas historias de una tierra hermosa manchada de sangre, donde los gobiernos de un lado y otro de la frontera prefieren buscar responsabilidades ante la evidencia de su falta de efectividad o de interés.

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