La Mascarada del Siglo: Y de repente, Mark Eitzel

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mark-eitzel-10-06-14

“A uno solo le queda experimentar la sensación de que el mundo puede caerse a pedazos en segundos, pero nada va a hacerle levantarse de su butaca”

 

Carlos Pérez de Ziriza evoca la actuación de Mark Eitzel en la pasada edición del Primavera Sound. Un delicioso manjar para una minoría de minorías, a cargo de uno de los ilustres genios malditos del rock norteamericano de las últimas décadas.

 

 

Una sección de CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA (twitter: cpziriza).

 

 

Caminamos de forma casi ininterrumpida durante cerca de doce horas. Establecemos nuestra hoja de ruta particular. Componemos un listado de nombres irrenunciables, aunque sepamos de antemano que es prácticamente quimérico llegar a abarcarlo todo. Consultamos el horario de forma casi compulsiva, sin apenas tiempo para respirar y centrar los cinco sentidos a lo largo de un concierto completo. El orden de prioridades puede obedecer a muy distintos criterios, y puede ser tan caprichoso y ofrecer tantas combinaciones como personas hay rondando por el recinto del Fórum durante estos tres días: más de cincuenta mil. Aceleramos el paso, sudamos, albergamos expectativas. Más o menos como cualquiera que se haya dejado caer por aquí. Hay actuaciones que le agarran a uno por la pechera hasta no dejarle escapar, mientras hay otras para las que apenas reservamos el nivel mínimo en el depósito en el que almacenamos esa cualidad cada vez más infrecuente en estos tiempos de consumo frenético: la santa paciencia.

Cuando eso ocurre con una leyenda sobre el escenario, no queda más remedio que lamentarlo. Caetano Veloso siempre será Caetano Veloso, pero tener un apestoso sumidero de alcantarillado bajo los pies, con el hedor del agua estancada tras días de lluvia asomando sin remisión posible, no es el mejor de los emplazamientos si uno quiere disfrutar de su concierto en condiciones óptimas. No al menos cuando no hay escapatoria posible, porque el recinto está atestado y, para redondear el cuadro, los vapores de un “falafel” (¿o era un “kebab”?) que se está zampando una vecina del norte de Europa terminan por empapar de aromas la experiencia. Se antoja difícil que Brasil y la India (no digamos Turquía) mezclen bien. Y además, ¿recuerdan aquello sobre lo que hablábamos hace unas semanas, la importancia del entorno? Pues eso.

Toca activar el plan B. O incluso el C (en este caso), dado que las fuerzas comienzan a flaquear y siempre se agradece un receso, un alto en el camino para descansar sobre una mullida butaca. Un oasis de paz en medio del gentío, vaya. Así que nos acercamos al suntuoso Auditori del Fórum, porque allí está programada la actuación de Mark Eitzel. Entre conciertos en solitario y bolos al frente de aquellos renacidos American Music Club, debe ser esta –aproximadamente– nuestra sexta vez. Ante esta clase de menús pantagruélicos, muchos tendemos a arrinconar aquellos platos que con más frecuencia hemos degustado. Y es por ello lógico, hasta cierto punto, que lo que se anuncia en el cartel como The Mark Eitzel Ordeal (algo así como el via crucis de Mark Eitzel) no figure en nuestro programa con el preceptivo subrayado en rojo.

Cuando entramos al auditorio, completamente en penumbra, suena ‘What holds the world together’. Sí, aquella canción que dice que el mundo se sostiene en pie y bien unido por el viento que sopla a través de la melena de Gena Rowlands. O eso decía hace justo veinte años. Nos acomodamos a solo tres o cuatro filas del escenario, ya que no deben ser más de un centenar  y medio de fieles los que se agolpan ante él, en una sala donde caben tres mil. Al bardo californiano le acompañan un teclista, un contrabajo y un batería, una sufrida y solvente base instrumental con la que cobra pleno sentido que aquellos pasajes de su discografía más aterciopelados y cercanos al jazz sean los que primen a lo largo de la noche. Pero no hay reconversión, tan solo un ligero remozamiento de un puñado de canciones a las que habría que ser muy patán para echar a perder.

Cuando apenas han pasado diez minutos, permanecemos clavados a nuestra butaca como si una estaca invisible nos hubiera ensartado con furia babilónica. El muy canalla ha vuelto a destapar el tarro de sus esencias miserabilistas y plañideras (“crecí entre alcohólicos y yonquis, pero ahora aquí me tenéis”, dice), pero lo hace con la entrega habitual, sacándose las entrañas por la boca con esa forma tan particular que tiene de exorcizar fantasmas. Y lo hace con su proverbial torrente de voz. Porque seguramente no sirva de nada recordar a estas alturas que Eitzel es un cantante poderosísimo y singular, un letrista notable y un creador de canciones superlativas. De lo que sí estamos seguros es que nos ha vuelto a atrapar sin remisión posible. Y van unas cuantas. Más de las que abarcan los dedos de una mano.

La comunión entre audiencia y músico, por aquello de la complicidad en loor de minorías, no dista mucho de la vivida en otras ediciones con los extraordinarios pases de Roddy Frame (Aztec Camera) o Dexys (antes Dexys Midnight Runners) en el mismo escenario. Un lujo. Ese es uno de los grandes activos que mantiene este festival, masivo y extenuante como pocos. Suenan ‘Western sky’, ‘Mission rock resort’, ‘Blue and grey shirt’ y, sobre todo, la escalofriante ‘Apology for an accident’ (¡cuánto tiempo esperando escucharla sobre un escenario!) y a uno solo le queda experimentar la sensación de que el mundo puede caerse a pedazos en segundos, pero nada va a hacerle levantarse de su butaca y abandonar ese reducto de adictos a la gloriosa poética del eterno perdedor en que se ha convertido el Auditori. Las prisas se evaporan como por ensalmo, y comparece casi por casualidad y sin buscarlo (como prácticamente todo lo bueno que se cruza en nuestro camino a lo largo de la vida) esa chispa de genial arrebato que nos hace recordar lo dolorosa y gozosamente humanos que podemos llegar a ser. Aunque solo nos acordemos muy de vez en cuando.

Aquello acaba, las luces se encienden, y enfilamos el camino por el que ya hormiguea la muchedumbre en una noche de sábado que no avista fin. Y vemos unos cuantos conciertos más (algunos, más que estimables) antes de emprender la retirada. Pero ya nada vuelve a ser igual, porque el muy bribón (nos) lo ha vuelto a hacer.

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