José Ignacio Lapido: El dolor de la lucidez

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“Quiero pensar que me manejo en el oficio con cierta soltura y que el paso de los años me ha enseñado a diferenciar lo esencial de lo accesorio. La perfección la conseguiré cuando sepa hacer una canción con un solo acorde y con un par de frases, como Bo Diddley”

“De sombras y sueños”, nuevo disco de José Ignacio Lapido. Una buena razón para el optimismo en estos tiempos inciertos y otra obra preciosista de uno de los grandes compositores del rock español. Eduardo Tébar pone las preguntas, Lapido la ironía.


Texto: EDUARDO TÉBAR.
Fotos: SALVADOR SERRANO.


Hace media década, ningún sello quiso publicar un disco de la enjundia de “En otro tiempo, en otro lugar”. Desde entonces, José Ignacio Lapido (Granada, 1962) se mueve como un partisano. Sumido en la autogestión por imperativo circunstancial, ahora cierra una brillante trilogía en su propia etiqueta, Pentatonia Records. Ayer salió a la venta “De sombras y sueños”, su sexto álbum en solitario, que ratifica los comentarios emanados tras el lanzamiento de “Cartografía” (2008): el ex 091 se sitúa en la bóveda celeste del rock de autor en castellano.

Lapido vuelve a ampararse en la ductilidad de los medios tiempos para dar forma a su expresión literaria. Fiel a su esencia poética y sonora, el flamante trabajo perfila, una vez más, la destartalada estética del perdedor. El dolor de la lucidez: en tiempos de confusión y miseria, al músico granadino sólo le falta grabar –y no es una idea descabellada– un disco de blues para completar el círculo. “El productor, Paul Grau, tiene muy buen gusto y sabe ver con perspectiva las canciones. Sólo un fallo: no conocía a Little Willie John. Se lo puse y flipó. Lo añadió inmediatamente a su lista de preferidos en el Spotify”, revela Lapido, que no se ponía en manos ajenas desde “Tormentas imaginarias” (1993), con los Cero. Mucho ha llovido, sí. Mientras nos seguimos preguntando qué fue del siglo pasado, invitados del calibre de Miguel Ríos, Quique González y Amaral intervienen en esta nueva colección del poeta eléctrico.

En 2009, tu carrera en solitario cumplió diez años. ¿Te das cuenta de que la marca Lapido empieza a ser longeva?
Si fuera sólo por esos diez años me sentiría como un niño, pero la cuestión es que mi carrera discográfica cumple treinta el año que viene. Grabé mi primer single con Aldar en 1981. Con 091 empezamos en 1982, así que el adjetivo longevo tal vez se quede corto, y lo cierto es que a veces, en las noches de luna llena sobre todo, me sorprendo a mí mismo haciéndome una pregunta recurrente: ¿Qué hago yo aquí?

El paso del tiempo es uno de tus temas preferidos. Entre retrovisores y agujas de reloj, ¿piensas más en el pasado o en el futuro?
Los que nos creímos a pies juntillas aquello del “No future” que cantaban lo Sex Pistols no tenemos otro remedio que no pensar en él. El pasado es más literario. Además, como ya demostró Stalin, se puede moldear a gusto.

¿Qué ha mejorado?
Tengo un coche un poco mejor, con más caballos de potencia. Pero ahora tengo que cambiarle las ruedas y me cuestan un pastón. Es lo malo de mejorar. Por lo demás, en la medida de mis posibilidades, me he aficionado a los vinos buenos. En cuanto a las canciones, quiero pensar que me manejo en el oficio con cierta soltura y que el paso de los años me ha enseñado a diferenciar lo esencial de lo accesorio. La perfección la conseguiré cuando sepa hacer una canción con un solo acorde y con un par de frases, como mi admirado Bo Diddley.

“Cartografía” te dejó exhausto, pero empiezas a acortar distancias entre un lanzamiento y otro.
Dos años entre disco y disco tampoco es como para que me den la medalla de oro de velocidad, pero, humildemente, creo que tengo cierto mérito. Escribir catroce nuevas canciones, grabarlas y editarlas supone un sobreesfuerzo para cualquier atleta del rock and roll de la categoría senior, como es mi caso. ¡Y sin dopaje!

Ya no hay fotos en portadas ni libretos. ¿Ya no te gustas?
Te equivocas. Es para no deslumbrar. Siempre he sido muy discreto y me conformo con ser una presencia espectral en mi disco. En el videoclip tampoco salgo.

Y el último disco, ¿siempre es el mejor?

Eso dicen casi todos los artistas cuando sacan uno nuevo. Es como si las discográficas les obligaran por contrato. Los actores y directores lo dicen también de sus últimas películas. Luego, cuando hacen otra, se desdicen y despotrican de la anterior, que si era una mierda… A mí, Pentatonia sólo me obliga a decir que el disco tiene las mejores canciones que se me han ocurrido durante los dos últimos años, que ya es mucho.

Escuchándote, intuyo más sombras que sueños en este álbum.
El título surgió como surgen muchas obras de arte: por azar. Llegaba el día que había que entregar el master y terminar la portada y no había título. Mi inventiva, después de una grabación motrileña, no daba para más. Un sudor frío recorría mi frente y entonces se obró el milagro: mi mano escribió sola el título en un papel. La escritura automática había vuelto a funcionar. Eso no quiere decir que no tenga sentido, todo lo contrario. El sentimiento general que desprenden mis canciones bascula entre el momento en que una nube ensombrece un precioso día soleado y el momento en que abandonamos la ensoñación para adentrarnos en el duro mundo real. Sombras y sueños.

Canciones como ‘Cansado’ evidencian, otra vez, el marchamo de desencanto con la vida. ¿No hay motivos para el optimismo?
Es evidente que no. Sólo hay que ver la longitud de las colas del paro para darse cuenta de que ser optimista en estos tiempos es un ejercicio de esnobismo. Lo digo en una de las canciones del disco: “La realidad llega sin avisar y del cuello te agarra”.

Y en el panorama musical, ¿guardas fe?
Tal y como está la cosa, en el panorama musical no caben ni la fe ni la esperanza. Sólo hay sitio para la caridad. En cualquier caso, yo me refugio en músicas antiguas para recuperar la fe en el ser humano. Cuando escucho a Bukka White o a Little Walter vuelvo a creer.

Ahora te acompaña el más rutilante plantel de colaboradores de tu carrera. ¿Cómo los convenciste?
Les hice una oferta que no podían rechazar. Ya sabes… No, ya en serio, fue muy fácil: los llamé por teléfono e inmediatamente me dijeron que sí. Es un honor y una suerte que tanto Quique González como Miguel Ríos, Eva Amaral, Juan Aguirre y Quini Almendros hayan puesto su talento interpretativo al servicio de mis canciones. Agradecimiento eterno.

Quique González te alaba en público cuando viene a Granada. Tú le echaste un capote en uno de tus artículos cuando él atravesaba su diáspora discográfica. ¿Te sorprende su éxito?
No, porque no es una cosa nueva. Yo estuve tocando con él un tema en un concierto suyo hace cinco o seis años en el Palacio de Congresos de Madrid y aquello estaba a reventar. Además, ha seguido haciendo excelentes discos. Su éxito es merecido.

¿Tenías claro que Quique debía cantar ‘En medio de ningún lado’?
Cuando acabé la letra, se la grabé a pelo con una guitarra, se la envié en un mp3 y le gustó. Pero Quique hubiera podido cantar cualquiera de las otras igual de bien.

Lo de Amaral con Granada raya la obsesión, aunque nunca los habíamos visto como parte activa en los créditos de un disco.
Por supuesto, ya los conocía personalmente. Había tocado con ellos anteriormente. Me invitaron hace años a tocar juntos en Madrid ‘La noche que la luna salió tarde’ en un concierto para una tele. Luego repetimos el dueto en Granada. Ellos habían grabado esa canción en uno de los discos de homenaje a 091 que salieron hace años, y después grabaron otra canción de los Cero para esta revista. La conexión es evidente. Ellos son muy respetuosos con el pasado musical de este país y esto les honra. Eva ha cambiado un poco su registro habitual para cantar ‘Doble salto mortal’, suena como más inquietante y eso encaja muy bien con el tono sombrío de la canción. Y Juan ha tocado la eléctrica en ‘Cansado’. A los dos nos flipan los Byrds.

Y la pedal steel de Quini Almendros [ex guitarrista y compositor de La Guardia, hoy en Edad de Bronce] es patente de corso en tus últimas grabaciones.
Quini es un músico brillante, un superdotado de la guitarra. Le gusta mucho el country y su toque viene bien para determinadas canciones. Este es el tercer disco en el que colabora conmigo, y yo le estoy muy agradecido por su generosidad.

En cambio, quién sabe si eres el último que logra meter a Miguel Ríos en un estudio.

Él ya conocía el estudio de Motril porque su hija Lua había grabado allí anteriormente. Miguel es un prodigio. Ahora he tenido el privilegio de ser invitado en cuatro de los conciertos de despedida que está dando. El show dura más de dos horas y el tío no desfallece en ningún momento. Está en plena forma, no como yo.

“Se supone que los temas muy acelerados son propios de veinteañeros y que las canciones más pausadas las hacemos los viejos. ¿Es posible que cada edad tenga su sitio en el metrónomo? Creo que lo importante no es correr mucho, sino llegar a la meta”

POESÍA EN REPOSO

Los medios tiempos acaparan el grueso de tus composiciones recientes. ¿Respiran así mejor las palabras?
Pues no sabría decirte. La gente suele relacionar el tempo de las canciones con la edad. Se supone que los temas muy acelerados son propios de veinteañeros y que las canciones más pausadas las hacemos los viejos. ¿Es posible que cada edad tenga su sitio en el metrónomo? Creo que lo importante no es correr mucho, sino llegar a la meta.

Cantas en primera persona. ¿Es el mismo personaje el que habla en todos tus discos?
Soy yo, pero adoptando personalidades distintas, porque uno mismo era otro en el pasado y será otro distinto en el futuro. Uno no es exactamente la misma persona cuando está despierto que cuando sueña. Todos esos “yoes” cantan en primera persona.

¿Te crees eso de que Lapido es uno de los grandes escritores de canciones en castellano?

A nadie le amarga un dulce, y cuando lo dice alguien con criterio, me halaga.

Rizó el rizo el filólogo Jordi Vadell, que realizó un riguroso estudio de tus letras. Un análisis de forma y fondo sin precedentes en este país. ¿Te ayudó a entenderte mejor a ti mismo?
Sin restarle ningún mérito al libro de Jordi, he de contestar que no. En su estudio él analiza las canciones desde su punto de vista. Yo cuando termino una canción olvido rápidamente las motivaciones que me llevaron a escribirla y tampoco le doy muchas vueltas más. Al leer el libro, lo que pensé es que quizá yo había escrito ya demasiadas canciones y no era necesario insistir. Pero mira, aquí estoy otra vez: la contradicción como norma. Lo siento por Jordi, va a tener que hacer una edición revisada de su libro.

¿Y Lapido es un líder a secas?, ¿un autor con su particular The Band?
Mis músicos son un regalo del cielo. Por su entrega, su generosidad y su fidelidad. Otros me habrían mandado a la mierda hace años. Por mi situación en el negocio, yo no les puedo ofrecer grandes giras ni buenos sueldos ni nada de eso. Víctor Sánchez, Raúl Bernal, Popi González y Paco Solana están conmigo por convicción, y eso para mí significa mucho.

Por cierto, el cantautor norteamericano Matt Epp los secuestró este año por unas semanas. ¿Qué impresión te dieron desde la butaca?

Excelente. Se montaron un repertorio completo en un par de días de ensayo y sonaban genial. Matt es muy buen tipo.

Hablemos de la crisis. ¿Cómo llevas la autogestión?
Con resignación. La verdad sea dicha es que si no fuera por María de Mar, mi mujer, no existiría Pentatonia ni creo que yo hubiera grabado este disco. De ella es el mérito.

Pues ahora, hasta Nacho Vegas opta por montárselo por su cuenta. ¿Es la mejor manera de que no te chupen la sangre?
Es la mejor manera de arruinarse con un poco de estilo.

Aunque me cuenta Juan Puchades que el proselitismo a Lapido va en aumento. ¿Está en lo cierto?
Te lo diré dentro de un par de meses, cuando me lleguen las primeras liquidaciones de la distribuidora.

Antonio Arias suele repetir que 091 fue su universidad. Hace poco tocasteis juntos ‘Al borde del abismo’ y ‘En tus ojos’ en Planta Baja. ¿Salió la fibra sensible?
El lamentable estado de la universidad en España hace que tanto Antonio como yo miremos con nostalgia los tiempos aquellos en que 091 ejercían su doctorado en rock and roll por los pueblos de España. Antonio lo sabe. A principios de los ochenta íbamos a tocar a pueblos perdidos de la Andalucía profunda donde nunca habían visto un a banda de rock en acción, y el efecto era inmediato: el público abandonaba el recinto y se iba a otra caseta donde estuviera tocando una orquesta de pasodobles. Qué bellos recuerdos.


Desde aquí puedes acceder a la web de José Ignacio Lapido.

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