Wild card: Ramoncín, el orgullo del barrio

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«Empezó a salir en la tele, a dar pregones, no llegó a ser como la princesa del pueblo, pero sí un poco un príncipe del barrio. Hay que asumirlo: la cagó»

Darío Vico rememora en esta entrega de su columna semanal la carrera de Ramoncín, sin tapujos y llamando a las cosas por su nombre, expresando su opinión en libertad.

 

 

Una secciónde DARÍO VICO.

 

 

A principios de 1977, cuando Ramoncín se «metió» a punki y se convirtió en la primera cara (pintada) del movimiento en el páramo ibérico, tenía ya 20 años y era un poco viejo para morirse demasiado joven. Ramón no quería morir, solo quería montarla, y gorda, y vivir de ello. Noble propósito: el mismo que ha animado a todos los grandes, de Elvis a Lennon, pasando por Rotten y compañía. Los chicos estrella de hoy son diferentes, ya lo sé. Que les pregunten a ellos por qué, que yo no sé explicarlo.

Pero Ramón era uno más, un chaval de la calle, un chaval en busca del pelotazo, no ya para escaparse del barrio, sino para pasearse por él como un gallo, con la cabeza bien alta. El punk le daba la posibilidad de hacerse millonario extorsionando al sistema. Molaba. Y él tenía huevos para ello.

Puede que fuera parte del show, pero el tío se metió en un teatro lleno de tipos de la industria y de los medios y los puso a caldo. Ahora es muy fácil decir que tú te lo montas al margen de la industria y de la prensa musical. No te tienen sujeto por las pelotas. Pero entonces, el chiste punki les podía hacer gracia un minuto, pero te podían joder el resto de la vida. Ramoncín tenía huevos, eso hay que reconocérselo, y era un chaval listo, eso también.

Ramoncín no era un chiste en sí mismo. Sus dos primeros discos estaban de puta madre y tenían cojones. Más allá de eso, tenían canciones, sonido, actitud. Es curioso porque hoy tiene muy mala prensa y se le acusa de muchas cosas, pero por ejemplo, él nunca dejó que le hicieran lo que le hicieron a Topo o Leño. Encarcelarle con un contrato, corromper o mediatizar sus discos (estoy hablando de los entonces muy comentados casos de los contratos Chapa y la trampa del cuarto álbum, o de “Pret a porter” y “Más madera”, por ejemplo). Sus equivocaciones fueron siempre suyas.

Si Ramoncín ya era viejo para el punk en 1977, en la bisagra de los 70 y los 80 ya era el Abuelo Cebolleta. Los Pegamoides fueron los primeros en abrir la guerra dialéctica, y Ramón, que era de barrio, estuvo tentado de llevar esa dialéctica a los puños. Los chicos de la movida eran todos muy delgaditos y pusilánimes, y él era un producto barrial, a medio camino entre Jimmy Stark y Plato. No llegó la sangre al río, pero Ramoncín se llevó la primera hostia seria en su reputación. De momento, el «Interviú» prefería sacar a Olvido bajo el titular “Cómo follan los punks” que a él rajando en cheli. De un día para otro, le habían convertido en el punk más viejo del mundo.

En 1980, Springsteen editó “The river”. De nuevo rock del viejo. Entre eso y las visitas regulares de los Feelgood a España y los coletazos del pub-rock, de los grupos de Stiff, de lo que llegaba de Tom Petty, Ramón empezó a ver que había ahí un hueco para el rock adulto que no cubría nadie, porque los grupos de Chapa se habían disgregado, el jevi se refugiaba en la chavalería… Había también un clima de desencanto en el ambiente, y Ramón, que no se había vuelto gilipollas de la noche al día por mucho que le hubieran quitado el sitio, vio que había una herramienta para llegar a un montón de gente.

En 1981 lanza “Arañando la ciudad”, que para mí es un disco modélico. Quizá sobran ajustes de cuentas tontos como “Nu babe”, pero por ejemplo “Putney Bridge” es una canción que Manic Street Preachers no harían hasta mucho después, rabia punk enfocada y madurada. El hitazo es “Hormigón, mujeres y alcohol”; puede que cargue con muchos tópicos, pero por ejemplo hay que colocarlo en su contexto, junto por ejemplo a “La noche de que te hablé” de Leño, para ver con qué munición tiraba Ramón.

El siguiente disco, «Corta», tiene el punto sentimental de ser su encuentro con Ollie Halshall, uno de los mejores guitarristas que han grabado en España. Le hemos sacado lustre a cada mangurriano de Seattle que ha producido por los cuartos a cada grupo español de tercera categoría, pero nadie se acuerda de la estrecha colaboración entre Ollie (que luego hizo cosas muy molonas con radio Futura y Corcobado, antes de morirse el pobre) y Ramón. Ahí tuvo huevos otra vez el madrileño en confiar en él y darle bola. Que se le reconozca.

La segunda mitad de los 80 es la edad de oro de Ramoncín. Buenos discos, algunos muy buenos, un directo demoledor, del que fui testigo, la mejor mala reputación posible, y la apertura del rock a un público al que se había perdido. Me atrevo a decir que si Quique González, Bunbury y Nacho Vegas tienen un público hoy es en parte gracias al camino que él abrió, y por supuesto, a Carlos Goñi-Revólver en su momento, Loquillo o Fito. Lo curioso es que si buscas noticias sobre él en aquellos años, si te molestas en hacerlo, se habla fundamentalmente de música, porque el tipo se lo pasó del estudio al bus y de ahí al escenario. A pie de obra, con los colegas. La leyenda negra es de después.

Si Ramón se hubiera arrojado del Putney Bridge madrileño, el Viaducto, en 1990, justo tras entregar “Al límite, vivo y salvaje”, no solo habría sido quizás el directo más vendido del rock español (sin necesidad de haberse tirado, está entre los más despachados), sino que se habría convertido en un santo laico. Pero Ramón se operó de la nariz, empezó a salir en la tele, a dar pregones, no llegó a ser como la princesa del pueblo, pero sí un poco un príncipe del barrio. Hay que asumirlo: la cagó. Esto lo digo como un rockero de base. No es lo mismo ser chuleta en un escenario que ante un «share» de los de antes de internet.

Muchos años después, el que, más allá de sus «reencuentros ante fans y colegas» en salas pequeñitas de Madrid, debía ser su primer encuentro ante su público natural, en el Viña Rock de 2006, Ramoncín, bueno, Ramón Márquez, fue apedreado en escena. Supongo que por un momento se le pasaría por la cabeza aquella mítica presentación en el teatro Martín de Madrid en la que arrojó huevos a la concurrencia, formada por «lo más de lo must» de la industria y los mass media del momento. Ahora, el pim-pam-púm era él. Era solo el principio; en los últimos años, Ramón se ha convertido, como los árbitros, los políticos así «en general», los banqueros, los cristianos de base y etc., en una de esas potencias supuestamente garantes de la retrocracia y el mamoneo con las que la sociedad civil se sacia  sin que por eso su corrección política y progresía se cuestione. Está bien darle una hostia a Ramoncín, meterse con él, mola, queda bien, socializa.

Lo de ver el Youtube de la versión de Nirvana y equiparar a Ramón con la moza del “la he liado parda”, reírse de él y despreciar todo lo que lleva en la chepa es una buena muestra de la incultura rockera que aún hay en este país. Desde aquí digo: todo aquel que haya juzgado o prejuzgado a Ramoncín a partir de esos tres minutos, es un garrulo, un ignorante, un tío al que le cuelan las opiniones como supositorios. Y eso va también para los medios que han redifundido el vídeo con objeto de chanza, especialmente los que van de garantes de la autenticidad rockista…

No tengo mucho más que decir. Bueno, a Ramón, si lee esto. Me moló tu disco, pero, joder, le falta algo, desde que has vuelto, te falta algo. Tío, deja de defenderte de cada mierda que digan, de pensar que tienes que demostrar que eres la hostia en cada canción, deja de meterte en el estudio con seis guitarristas, tres ingenieros y cuatro baterías, no repases los versos más de dos veces, graba con cuatro tipos que toquen decentemente bien (los de señor Mostaza, por ejemplo) y vete de gira con ellos. Aquello de las «canciones desnudas» era un concepto chulo. Y estoy seguro que aún te quedan unas cuantas dentro.


Anterior entrega de Wild card: El pop español y el síndrome del teléfono estropeado.

 

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