Wild card: Por mí y por todos mis compañeros

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«Leer a gente que te gusta sobre cosas que te gustan, si escriben con pasión y tú lo haces con la misma pasión y la ilusión del descubrimiento, del conocimiento, de dejarse empapar por lo que otros tíos saben, está muy bien y te hace más feliz, en cualquier tiempo, en cualquier lugar»

No sin escepticismo, dado el rumbo de los tiempos, Darío Vico reivindica el oficio de escribir y hablar de música, de la pasión que conlleva, de la necesidad de espacio y libertad para ello.

 

 

Una sección de DARÍO VICO.
 

 

Hoy es un día jodido; como todos últimamente, aunque cuando puedes no te das cuenta. Pones la radio y lo flipas, vas al banco y sacas un extracto y decides que se ha acabado comprar discos, de momento. Es que hasta te acuerdas de esos documentales en los que la gente comía boniatos en vez de patatas y no lo ves tan lejos. En la radio hablan además de que el 80% de los españoles estaría por un gobierno de concentración, y yo solo digo que la última vez que estuvo a punto de formarse un gobierno de concentración lo iba a presidir (constitucionalmente y todo) Armada. Algunas veces me da la impresión de que tampoco estamos tan lejos de eso.

No sé quién necesita un tío que escriba de música en estas circunstancias, y me siento como el Pereira de Tabucchi, pero sin sus arrestos. Y el caso es que yo sigo necesitando a aquellos tíos a los que leía y escuchaba en la radio cuando era un chaval, cuando lo de Armada estuvo a esto de pasar y cuando ya no se comían boniatos, pero la gente se envenenaba por tratar de ahorrar con el aceite de colza.

En mi casa tampoco sobraba la pasta, pero mi madre no bajaba del de girasol. A mí la paga me daba para tres o cuatro discos al mes, si tenía suerte en el rastro y en los trapis con los colegas (vendiendo y cambiando discos, me refiero) y, eso sí, siempre me guardaba trescientas pelazas (tócate los cojones, que era dinero, eh) para una revista de música. He de confesar que empecé comprando «Super Pop». Os parecerá una risa pero es que en «Super Pop» era donde hablaban de Tequila (los Tequilita, para mi padre y sus amigos hippys, que eran más bien de Ñu) y a mí Tequila me parecían la bomba; Tequila fueron nuestros T Rex, un grupazo de rock para adolescentes.

Luego empecé a comprar «Rock Espezial», desde el número uno. Cuando en la revista se hablaba de Joy Division, Genesis y Motorhead en un mismo número. En la radio empecé a escuchar a Ordovás, a Garrido, a Julio Ruiz (que era mi favorito y juro por la virgen que pinchaba a Parálisis, pero tambien a Carly Simon y Roxy Music), a Agustín Galán… También escuchaba Los 40 Principales, que ponían muy buena música; a mí me seguía gustando gran partre de la música comercial que ponían, porque me había hartado de escuchar con mi madre la radio en casa, o con mis abuelos en el coche, y me seguían gustando Mari Trini al nivel de Marianne Faithfull (entre otras cosas porque no eran tan distintas). A principios de los ochenta podías escuchar el «Avalon» de Roxy en Los 40 y en R3, simplemente porque era un gran disco que le gustaba a mucha gente.

Parece que de toda aquella época solo queda el incombustible Manrique. Toda la gente de las radios, de las revistas, de los periódicos, ha desaparecido. Patricia Godes –mi favorita, con 20 años ya era genial y una autoridad viviendo en un sitio en el que no había ni equipo de segunda división–, Costa, que en su momento fue casi un fenómeno periodístico (un gurú a pequeña escala), incluso el legendario Jordi Sierra y Fabra, que luego se pasó a la literatura infantil (debemos de ser un público muy parecido porque le ha ido muy bien, creo), todos aquellos periodistas a los que admiraba han ido desapareciendo, al menos de primera línea. Quizá por un fenómeno normal de renovación, porque, por ejemplo, cuando empecé a leer revistas musicales y a escuchar radio, de Ernesto Lacalle, que fue uno de los pilares de que el rock se introdujera en España, ya no se acordaba nadie (y yo supe quién fue y lo que significó mucho después). Cosas que pasan y generaciones que cambian. Pero, por otra parte, parece que la glaciación que me ha tocado vivir a mí se lo va a llevar todo por delante, y para siempre.

Hoy he ido a entregar los papeles de ingreso en la Universidad de mi hija y me ha atendido una chica muy maja que acaba de terminar periodismo. He charlado un rato con ella y me ha contado que los profesores le decían en clase que en diez años la profesión se extingue. Y tiene toda la pinta. Lo que se ha extinguido ya es una forma de entender a lo que yo me he dedicado durante tanto tiempo; ahora mismo por ejemplo lo que mola es no sé qué pollas de mánager de redes sociales (tiene otro nombre, pero no me acuerdo bien). Por lo que me han explicado, es una función como de pastor protestante de película de Bergman, que consiste en convencer a la gente de la trascendencia de algo que no te crees ni tú. Pero en moderno.

Un legendario crítico musical que con 14 años hacía un fanzine que era la hostia, me contaba lo que le había costado hace poco que no le recortaran una entrevista de Paul Weller en una extensión que cabría holgadamente en un sello de correos. Conociéndolo a él, y a Weller, estoy seguro que era más interesante que los diez motivos para hacerse un «peeling» en las nalgas o la lista de los 25 hoteles con mejor servicio de «feng-shui» (por que aquí estamos en un tris de comer ensalada de boniatos a la colza, pero por otra parte nuestro mayor miedo es que nuestra «chaise-longe» apunte en una dirección equivocada, concretamente hacia las malas vibraciones) o la enésima constatación de que si no ves «Mad men» no es que seas gilipollas, pero poco te falta. Por cierto, aprovecho para decir que «Mad Men» es un truño y la HBO un engaño a nivel interplanetario.

Bueno, el caso es que con 19 años cualquiera habríamos matado por escribir en la mayoría de las cabeceras del quiosco. Ahora, la verdad, voy a decirlo con todas las letras, me la pela. Estoy opositando para auxiliar administrativo porque la idea de meterme en una reunión de contenidos y que alguien hable de «Mad men» o, aún a estas alturas de la vida, de los Strokes, o de M.I.A. y que me tengan que vibrar las aletas de la nariz de puro olfato de «trend-setter», me parece lo más aburrido del mundo. Pero muchos de mis compañeros siguen ahí, con la ilusión de seguir publicando cosas que molan y que te abren una puerta a algo que no conocías, aunque no sea estrictamente guay, «trendy», «cool» y te ayude a follar con modelos sin necesidad de golpearlas en la cabeza, arrojarlas a la trasera de una furgoneta, llevarlas a un zulo y vestirlas con la ropa de tu madre difunta, que parece que es la otra opción que te queda si no sigues ciertos mandamientos de la moda y/o consigues 1.460 seguidores en Twitter.

Creo que se me ha ido de la cabeza la idea que tenía, pero era esta: leer a gente que te gusta sobre cosas que te gustan, si escriben con pasión y tú lo haces con la misma pasión y la ilusión del descubrimiento, del conocimiento, de dejarse empapar por lo que otros tíos saben, está muy bien y te hace más feliz, en cualquier tiempo, en cualquier lugar. Pero para eso hace falta un espacio, un compromiso, una toma de postura.

De unos años a esta parte, en casi todos los curros que he estado alguien que tenía jurisdicción sobre mí me ha querido convencer de que la gente (los lectores en concreto, vaya) se han vuelto gilipollas. Que nadie quiere leer cosas muy complicadas ni muy largas. Que hay que ser moderno pero dentro de unos cauces, que hay que arriesgarse pero con el paracaídas de la moda. Que si un tío es feo o viejo no te interesa lo que hace, o que como te puedes ahorrar el dar su foto a dos páginas, te lo puedes ventilar en una columna. Que suficientes problemas tienes para que un tío te ande contando milongas sobre porqué hizo o escribió o cantó tal o cual cosa. Pues mira, yo opino lo contrario.

Así que animo a todos mis compañeros, a los que escribían en los setenta y los ochenta y los que aprendieron a hacerlo leyendo a estos, a quienes quieran hacerlo ahora, a que traten a sus jefes y no a sus lectores como gilipollas. A que escriban corto o largo, pero como les pida el cuerpo. A que valoren la digresión si ahí está la historia. A que se diviertan haciendo esto y así nos olvidamos un poco de que estamos a diez minutos del Boniato y de Armada, como nos descuidemos. Ya que vamos a desaparecer, hagámoslo con dignidad



Anterior entrega de Wild card: Sigo escribiendo (…y comprando discos).

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