Vamos a volvernos locos, de León Benavente

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DISCOS

«Un trabajo menos afilado que el anterior, pero más arriesgado y valiente, con algunos de los cortes del año entre sus surcos»

 

León Benavente
Vamos a volvernos locos
WARNER, 2019

 

Texto: DAVID PÉREZ MARÍN.

 

«Y otra vez el vacío y la soledad / Y otro taxi que nos lleve a toda velocidad / a volver a beber y a bailar rocanrol / Y llamar a un contacto que nos haga un favor. / ¿Y qué nos puede quedar, a decir, verdad? / Ya tendremos tiempo para descansar / Por ahora es todo lo que os puedo contar / Quizá en un par de años pueda continuar”.

Han sido algo más de un par de años, pero estas últimas líneas de “Habitación 615”, epílogo perfecto del incendiario y definitivo segundo zarpazo de León Benavente, 2 (2016), es la pista de aterrizaje que une el nuevo despegue de Vamos a perder el control (2019), sin lugar a dudas uno de los discos más esperados del año.

Y sí, Abraham Boba, César Verdú, Eduardo Baos y Luis Rodríguez siguen con el deseo intacto de estar aquí y seguir buscando y contando emociones fuertes, esas que comienzan a girar con “Cuatro monos”, agradeciendo a los cuatro vientos las experiencias musicales vividas hasta el momento.

“No hay miedo” de experimentar y aferrarse a la libertad que se ha ganado a pulso la banda, dejando atrás la etiqueta de «grupo político», fusionando estilos y mezclando con soltura la maquinaria electrónica con el pop rock. De Depeche Mode a Nine Inch Nails o Einstürzende Neubauten, pasando por los Pixies, Beastie Boys, el último Bowie y Alain Goraguer, con sample del pianista francés incluido en “Volando alto”. Todo empapado por una lluvia de sintetizadores y ritmos bailables que nos calan poco a poco hasta los huesos, con letras rebosantes de intimidad y costumbrismo, haciendo que nos contoneemos de lo individual a lo colectivo.

Si en “Amo”, su “I wanna be your dog” particular, Eva Amaral le añade garra al fraseo lascivo de Boba, inyectándonos un chute de amor y servidumbre en vena, en “Como la piedra que flota” dejamos de tocar el suelo. Hit indiscutible palpitante de sensualidad, con Scott-Heron, Peret y Nacho Vegas presentes, y una María Arnal que es pura luz y deseo en la oscuridad.

Las atmósferas que tejen Black Francis y cía resuenan y nos atrapan en otra de las joyas de la corona, la hiriente, adictiva y eufórica “La canción del daño”, dulce veneno que se antoja letal en directo. Y las máquinas tocan y rompen techo en “Disparando a los caballos”, donde ardemos antes de que nos dé tiempo a parpadear, masticados por humeantes cajas de ritmos que aceleran las pulsaciones hasta de los muertos, con la banda a todo gas y Boba a tumba abierta.

Perdemos velocidad y altura con el krautrock costumbrista y resacoso de “Ayer salí” y la balada “Mano de santo”, con la tercera voz estelar femenina invitada, la siempre brillante Miren Iza (Tulsa), para tocar suelo finalmente en la frágil despedida y resumen de “Tu vida en directo”, con cierto regusto al amigo Vegas.

Un trabajo menos afilado que el anterior, pero más arriesgado y valiente, con algunos de los cortes del año entre sus surcos.

Vamos a volvernos locos, el León ruge con fuerza por el disgusto vital y la insatisfacción generalizada, mientras vuela alto y su bola de espejos no deja de reflectar luces y sombras zigzagueantes sobre nuestras cabezas.

Anterior crítica de discos: Free, de Iggy Pop.

 

 

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