Un marciano desplumado: el doble regreso de Manolo García

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«Veintisiete canciones que refrendan su permanente primavera creativa, en la que brotan letras con enjundia y vuelan melodías con gracilidad»

 

Sin poner cercos a la creatividad en su constante creación de mundos musicales: así se presenta Manolo García en sus dos nuevos discos, Mi vida en Marte y Desatinos desplumados, con los que vuelve cuatro años después de Geometría del rayo. Los analiza Arancha Moreno.

 

Texto: ARANCHA MORENO.

 

Que Manolo García no es de este planeta, o de esta era, lo sabemos desde hace tiempo. Alguien que viaja sin WhatsApp en el móvil y con un tomo de los Episodios nacionales de Galdós en la mochila se antoja una rara avis entre la tribu cabizbaja que deambula por las calles. Quizá por eso exprime tanto jugo a la vida, y solo cuatro años después de Geometría del rayo alumbra dos discos a la par, Mi vida en Marte y Desatinos desplumados (Sony). Veintisiete canciones que ha compuesto y producido él mismo y que refrendan su permanente primavera creativa, en la que brotan letras con enjundia y vuelan melodías con gracilidad. Doble ración de trabajo e inspiración y, aunque no lo parezca, de contención, pues tenía material para un tercero, como confesó en esta entrevista con Juan Puchades.

Esa explosión de músicas y textos se desdobla en dos discos que son como las dos caras de la vida. La eléctrica cara A, como esos días bulliciosos y enérgicos en los que miramos hacia afuera, y la acústica cara B, como las noches más introspectivas. Con “Diez mil veranos” nos abre la puerta al primero, Mi vida en Marte, para recordar al Manolo que conocemos, brioso y vivo, pizpireto en el single “Un poco de amor” y en plena fuga en “Quisiera escapar”, una pieza a trío que, por un momento, palpita a ritmo de funk escondido. Son envolventes los coros de terciopelo de “Bello es amar para siempre” y él un eterno pasajero, a través del tiempo y el espacio, en “Seres soñando en vidas paralelas” o en “Hoy amanecí super floral”: «Hoy amanecí atemporal / te envío cuatro letras / de qué siglo vengo, de qué sueño he salido / de qué bruma / con mi sable» (en el libreto pone sangre, pero a quien esto escribe le suena a sable).

A medio camino del disco emerge “Reguero de mentiras”, con esa bella cadencia que la convierte en hija de una balada de los sesenta, sobrina de una canción de porche y armónica y hermana de un huracán eléctrico, fundiendo todas esas atmósferas sin la más leve estridencia. Entre esos versos deja caer el «desplumado» que titulará su segundo disco, como quien va por el camino soltando migas de pan (o pistas) de una canción a otra, para el que cruce el sendero extremadamente atento. Más oscuro y trianesco es el impulso inicial de “Dibujar en mi piel”, como stoniano es el primer pulso de “Sabré quererte”, que se adivina uno de los platos fuertes de esa próxima gira que ha retrasado brevemente.

Pero si hay una canción que engatusa y atrapa, desmarcándose del resto, es “Angelina”. Poética y deliciosa en sus letras, sus texturas y la colaboración vocal de Pepe Robles, cantante de Los Módulos. Un grupo, por cierto, que podría haber interpretado esta misma pieza en los añorados sesenta, unas de las fuentes de las que bebe Manolo, entre su amplísima barra de grifos y cócteles. Porque si algo caracteriza al músico, precisamente, es ser de este tiempo y de otros. Transmitir con naturalidad épocas y formas pasadas, rompiendo la distancia mental y física como saben hacer muy pocos. Consigue lo mismo que en la serie Downton Abbey: trasladarnos un siglo atrás (en el caso de Manolo, aún más) sin crear distancia ni rechazo, entendiendo desde el presente la mirada y la forma de vivir de aquellos que fueron nuestros bisabuelos. Y lo logra, en parte, con su sempiterno rescate de términos menos frecuentes, o en desuso, como «efundir», «pugnaz», «ónice» o «baleo». Así crea imágenes tan hermosas como la de “Manda por mí”: «Manda por mí si me necesitas / acudiré en la noche con teas encendidas». Ahí estamos, cantando una melodía pop e iluminando la escena con esa tea encendida que, como apunta la RAE, no es más que una astilla impregnada en resina que, encendida, alumbra como un hacha. Y lo hacemos en mitad de esa hoguera que son siempre sus canciones, donde lo culto no frena el calor, lo popular y el corazón.

 

Madrugada moruna

Y después de ese baile de guitarras eléctricas, bajos, baterías, teclados, órganos, programaciones, armónicas y algún violín, la mitad de los músicos y sus instrumentos abandonan la fiesta. Cae la noche y es el turno de escuchar Desatinos desplumados, de hojear el libreto y tropezarse con sus óleos usados, su imaginación pictórica desbocada, su circo de variedades. Esos garabatos en movimiento, como su autor, perseguidos por un reloj escurridizo que recuerda la crueldad del paso del tiempo. Es hora de viajar por dentro, como invita Manolo desde la contra del disco, con ese atípico selfi de ascensor, réflex en mano. Es hora de apoyar la aguja sobre el vinilo y dejarnos atrapar por el lamento, la morería y el flamenco. De reducir el protagonismo de la guitarra eléctrica (hay, pero solo la suya) y la batería, y que dominen la escena la percusión, las palmas y sobre todo la guitarra española, con algunos teclados y hasta un saz turco y una mandolina (en “Aisha”). Un viaje esencialmente acústico, pero con ornamentos, en el que Manolo se divierte con las programaciones y experimenta por otros paisajes.

En estos surcos emerge una vena pop sureña, cercana a un flamenco popular y desprejuiciado, que se da la mano con su disco de 2018 en el título de apertura, la rumbosa “Laberinto de sueños (en las geometrías del rayo)”. En Desatinos desplumados entran en escena la flamenca y percutida “Azulea”, o las moriscas “El amante roto”, “Poetisa” o “Aisha”. Estas tres últimas lucen giros arabescos, esos con los que empezó a jugar en tiempos de El Último de la Fila, hace ya más de tres décadas (por ejemplo, en “Las palabras son cansancio”, de Enemigos de lo ajeno), y que ha contorneado artesanalmente y con diligencia hasta convertir en parte de su sello.

Y entre unas y otras, con esas letras cercanas a la copla, como él mismo confirma, se pasea el Manolo aventurero, un prófugo del aburrimiento, intrépido «comodoro» que surca las aguas en la contagiosa “Se va el barco a la laguna”. Un Manolo trovador y torero en ese canto al presente que es “Ingrávido”, eternamente curioso en “Stromboli”, viajando en el tiempo junto a la loba que amamantó a Rómulo y Remo. Un compositor y músico inagotable, ecléctico, profundo y vivaracho, como reflejan estos dos nuevos álbumes. Un tipo que vive mil vidas en una, como canta en “Busco cielos”: «Nuevas vidas, eso quiero, / donde puedo respirar», «quiero historias no contadas / y vestigios de vida anterior». Con esa letra echa la llave al disco, o no del todo, porque asegura que prefiere las «puertas siempre abiertas / o ventanas por donde salir». Es lo que aprendió en esa infancia suya, de casas abiertas y patios de vecinos. La infancia que sigue llevando en las niñas de los ojos, siempre en busca de nuevas historias, nuevas canciones, nuevas rutas. Un caballero andante, un marciano atinado. Siempre inquieto, siempre vivo.

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