Un largo tiempo, de Miguel Ríos, por Juan Puchades

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«Un álbum como los de antes, de aquellos de diez canciones, con el que ofrecernos un mapa del tesoro para detener por un rato el tiempo»


Reproducimos la nota de prensa de Un largo tiempo, el nuevo álbum de Miguel Ríos, escrita por Juan Puchades.

Miguel Ríos
Un largo tiempo
ALTAFONTE, 2021

 

Texto: JUAN PUCHADES.

 

Echando la vista atrás, rememorando aquella juventud suya en fuga hacia el rock and roll, canta Miguel Ríos en “Memphis-Granada” que vio «el mapa del tesoro escrito en los elepés». Quizá ese verso no tenga demasiado sentido para las apresuradas generaciones digitales del presente, cuando los mapas los ofrece Google y el tesoro, muy probablemente, sea un teléfono móvil más potente que el anterior. Sin embargo, los seres analógicos entendemos bien lo que evoca: pocos placeres comparables a aquel perderse en la escucha de un elepé cuando el rock era, sino la revolución social que suponíamos (y menos por estos grises pagos de la dictadura), sí una liberación de la mente. Ese era el inigualable tesoro que escondían los surcos negros. La capacidad de la música.

El joven Miguel Ríos lo entendió pronto y decidió ir más allá, pasar al otro lado. Para ello le echó valor y aquellos sonidos iniciales que llegaban desde Memphis a cualquier rincón de Occidente —a Granada, pongamos por caso— le impulsaron a querer ser uno de los que creaban el tesoro. De aquello han transcurrido sesenta años y quien más, quien menos conoce lo que pasó después. Es parte de nuestra propia historia común. De la de este país.

Tanto tiempo después, Miguel Ríos sigue creyendo en el tesoro. Tanto cree en él que tras anunciar hace once años la retirada, se desdijo y regresó a los escenarios. Y ahora, trece desde que grabara por última vez un disco de estudio, ve la luz Un largo tiempo. Un álbum como los de antes, de aquellos de diez canciones, con el que ofrecernos un mapa del tesoro para detener por un rato el tiempo y dejarnos atrapar y seducir por el poder de las canciones.

Pero, siempre inquieto y tratando de no andar sobre lo ya pisado, de no repetir lo hecho, esta vez ha ido a la esencia, al encuentro de aquellos sonidos que están en el ADN que definieron el rock and roll. Así que no se extrañen de escucharlo «blusear», que esa era la idea: captar al natural aquel espíritu primigenio, prácticamente rural, previo al desfogue rítmico que en Memphis y otras ciudades estadounidenses prendieron la llama de lo que sería un nuevo género musical.

Aquel rockero que abrazó durante décadas el credo de la electricidad descubrió hace tiempo que energía no es sinónimo de velocidad, y que la potencia puede hallarse también en la sinuosidad, en el matiz. En lo acústico. Porque, sí, este es un disco acústico. Algo inédito en su extensa discografía, pero ya decíamos que una obsesión durante toda su carrera ha sido ponerse nuevos retos, no repetir fórmulas. Y en ello sigue.

Para echar a rodar esta nueva aventura ha contado con la impagable colaboración de Jose (sin tilde) Nortes dirigiendo al Black Betty Trio, que integran él mismo junto a Luis Prado y Edu Ortega. Nortes es su brazo derecho de los últimos tiempos, el músico, compositor y productor que sabe entenderlo y al que le debemos que Miguel mantenga viva la ilusión y, por fin, se haya atrevido con una nueva obra. Juntos han ideado un disco tan acústico que incluso se ha renunciado a la batería en favor de las guitarras, el piano, el violín, más detalles de mandolina, steel guitar y algún delicioso arreglo de cuerda. Poco más. Todo se apuesta a lo esencial y, por supuesto, a esa voz pletórica que ha ganado en profundidad con el paso del tiempo, y a unas canciones en las que Miguel ha dejado algunas de las mejores letras de su trayectoria.

Para la música se ha apoyado en Nortes, compositor sabio e inspirado que ha tejido esas melodías de aliento clásico que requería el proyecto. Y para que no haya dudas de las intenciones, es la mencionada “Memphis-Granada” la que inicia la escucha: un blues sanguíneo con el que Miguel recuerda aquel shock (o electroshock, sería más correcto) que le provocó la escucha de los primeros temas de rock and roll y que fueron una invitación a abandonar Granada y buscarse la vida en Madrid, cuando todo en el rock español estaba por hacer. ¡Cuando en Inglaterra todavía no habían grabado ni los Beatles ni los Rolling Stones!

El blues sustenta la divertida “Cruce de caminos” —que recrea la famosa leyenda urbana que asegura que Robert Johnson vendió su alma al diablo por tocar la guitarra mejor que nadie— y, con mucho swing, balancea también “El blues de la tercera edad”. Un tema combativo en el que Miguel canta a su generación, la que ahora anda en la jubilación y las pensiones mínimas, con protagonista femenina (y feminista), Ana. Y a pesar de que este blues suena a «un sutil aguijón / de nostalgia / llamado soledad», Ana da gracias a la vida porque «hasta el final de la partida / le quedan sueños por soñar». Sí, Miguel Ríos asume su edad (siempre lo hizo) y da forma a una canción desoladora, pero también cargada de ternura y esperanza.

Pero para crudeza, la de “La estirpe de Caín”. Nadie ha escrito con tanta aspereza y con tanta sensibilidad de la pandemia, del confinamiento de 2020. Un fresco devastador, sin concesiones, de nuestra sociedad, prácticamente escrito en directo, mientras los hechos tenían lugar. La estampa sonora es como una cuchillada, en absoluto optimista, pero el mundo no lo es. Una composición hija de la canción protesta, de aquel folk estadounidense de Pete Segeer o Woody Guthrie. Y uno de los mejores textos que Miguel Ríos ha escrito jamás.

Pero Un largo tiempo es como esos discos clásicos plenos de pasajes sonoros, de contrastes canción a canción. Y el color explota en “Por San Juan”, sinuosa, vibrante, mediterránea, lúdica; y en “Esplendor en la hierba”, una hermosísima mirada atrás. Dos piezas inconmensurables, la segunda pespunteada por unos magníficos arreglos de cuerda. Ambas —con el regusto de las grandes baladas de Miguel— pueden conformar un díptico (de hecho van seguidas en la secuencia del álbum) en el que revuelan esas ilusiones por vivir que mantiene la Ana de “El blues de la tercera edad”.

También hay lugar para un ejercicio de estilo y un capricho. Ejercicio de estilo es “A contra ley (Breve historia de Jesse James)”, un country rock que parece explicarnos de qué va musicalmente este disco, de dónde han bebido Nortes y Ríos. Y el capricho, el gran capricho, es “Para que yo me llame Ángel González”, donde, mano a mano, musicalizan uno de los poemas más reconocidos de Ángel González. Aparentemente complejo de trasladar al formato de canción, han salido airosos de un empeño que tiene mucho de homenaje a uno de los grandes de nuestra poesía reciente.

Pero Un largo tiempo todavía nos depara dos sorpresas más. Dos versiones de compositores absolutamente disímiles: “Que salgan los clowns” y “Viene y luego va”. La primera es un tema de Stephen Sondheim compuesto para el musical de 1973 A little night music, pero recordado sobre todo por la versión de Frank Sinatra, y que aquí, bellamente frágil, contribuye a subrayar ese tono crepuscular que tiñe parte del álbum. En el otro extremo hay que situar “Viene y luego va”, versión de “Comes then goes”, de Eddie Vedder, o lo que es lo mismo: el líder de Pearl Jam, una de las bandas icónicas del grunge. Adaptada al castellano por el propio Miguel, y tratada musicalmente con aire de bluegrass, parece remitirnos a una de sus letras clásicas, aquellas que giraban sobre la soledad, la incomunicación. Es el cierre perfecto, e incluye unos versos con los que, tal vez, Miguel Ríos ha querido dejarnos un mensaje antes de que el disco deje de girar:

 

¿Podría salvarnos
en un gesto de humanidad
volver hacia atrás?

 

Quién sabe, quizá no nos salvemos, pero aquí tenemos uno de esos álbumes que contribuyen a hacernos la vida más feliz. Un mapa del tesoro y diez canciones que son, en cierto modo, un atisbo de esperanza.

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