Un gusano en la Gran Manzana: Dylan en el cielo, Sabina en la leprosería

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«Cuentan que también faltan Extremoduro, Bunbury, Rosendo… Todavía recuerdo las risas que se echaban a cuenta de Los Rodríguez e, incluso, ‘Alta suciedad'»

 

De pasmo en pasmo ha llevado la semana Julio Valdeón Blanco. Pasmo por la edición de las «Basement tapes» de Dylan, y pasmo por la actitud de «Rockdelux» hacia Sabina y otros creadores locales.

 

 

Una sección de JULIO VALDEÓN BLANCO.

 

 

—Jueves, 6 de noviembre

El 29 de julio de 1966 Bob Dylan dio con el cráneo en la carretera, tras derrapar con la moto. Lo que sigue es historia. Tan historia como lo anterior («Freewhelin'», «Another side», «Highway 61», etc.), pero diferente. Resuelto a sudar hasta el último gramo de opiáceos Dyan busca redención en las comidas familiares. Disfrazado de estudiante de letras, llama a los muchachos de los Hawks y entre todos, bajo la protección de los bosques de Woodstock, paren las «Basement tapes». 138 canciones que ahora publica Sony con una caja tan hermosa, cuidada, exquisita, bella, que enmienda hasta la humillación cualquier supuesta irrelevancia de las empresas discográficas.

El día en el que alguno de los apóstoles del gratis y total y el yo comparto cultura porque lo valgo (y no es mío), se encierre en su casa, reclute a Garth Hudson, organista de The Band, y a Steve Berkowitz, productor que restauró el corpus de Robert Johnson, y envíen luego gratis «et amore» un jaquetón como estas «Basement tapes complete», seis cedés, 138 canciones limpias de moho y en fabuloso estéreo, un libro con fotografías de Elliot Landy tomadas en Woodstock en 1968 y 1968, con el añadido de la única toma inédita de la sesión que en 1975 organizó Reid Miles y fotografió John Scheele en un sótano de la YMCA para la portada del doble disco recopilado por Robbie Robertson, la tarde en que además alguien, en su infinita generosidad, añada a este otro libro con textos de los escritores Sid Griffin y Clinton Heylin que explican los pormenores de las sesiones del Sótano, la cronología, la relevancia, la impronta cultural, el legado, así como un detectivesco trabajo que ilustra cómo recuperaron las viejas bobinas, quiero decir, la noche en que los reaccionarios que sufragan la revolución mediante cuota mensual a los proveedores de internet mientras roban a músicos y poetas, e impulsados por tanta y tan firme conciencia política hagan algo remotamente semejante en términos culturales a la criatura de Sony que reluce en mi mesa, ese día, en fin, hablaríamos, pero no será posible, no llegará. Comprendo la ironía de que fueron las «Basement tapes» las que propulsan la industria del «bootleg», pero no creo necesario explicar las obvias diferencias entre los «bootlegs» y el descargarse por la patilla la integral de un artista. Por lo demás coloca sobre tu mesa «A tree with roots» y «The Basement tapes complete». Dirígete al tocadiscos y pulsa play. Si no encuentras diferencias significativas llama al médico. Si las ves pero a ti plin, no hay diálogo posible en las líneas siguientes.

Reducir el papel de los intermediarios, dicen. El papel, en el caso de las «Basement tapes», de los restauradores Peter J. Moore, Mark Wilder o George Guerra, de los productores Jeff Rossen, Jan Haust y Berkowitz, de los estudios E Room (Toronto) y Battery (Nueva York), de los diseñadores Geoff Gans y Bryan Lasley, de investigadores y coleccionistas como Glenn Norman, Arie de Reuse, Oddbjørn Saltnes y Magne Karlstad, etc. Cuando hablan de intermediarios deben de imaginar a un rico gordo y con puro salido de una viñeta de Forges. Que la juventud está sobrevalorada lo demuestran casos como el que nos ocupa. Niños que señalan con el dedo y antojan la luna. Avariciosos niños que con su lágrima viva desprecian cuanto ignoran.

—Lunes, 10 de noviembre
Leo el valiente artículo de Diego A. Manrique a cuenta de «Rockdelux» y su número conmemorativo y la ausencia de Joaquín Sabina y «19 días y 500 noches» entre los trescientos discos esenciales de los últimos treinta años. Con toda la admiración hacia la revista, con todo el respeto a su trayectoria, estamos otra vez ante los problemas derivados de una juventud exhausta que confunde estilo y gusto, incluso buen gusto, con tontería. Es de día pero sostengo que es de noche, y mediante la autosugestión en mi divina cabecita la noche está estrellada y tiritan azules los astros a lo lejos. No he leído el ejemplar citado (no ha llegado a Nueva York) pero cuentan que también faltan Extremoduro, Bunbury, Rosendo… Todavía recuerdo las risas que se echaban a cuenta de Los Rodríguez e, incluso, «Alta suciedad». Luego llegó «Honestidad brutal» y ante la evidencia de un ridículo cósmico hubo que envainársela y decir «Oye, oye, gran disco, fantástico, aunque no como las birrias previas: menuda mierda ‘Alta suciedad’, ¡dónde va a parar!». Imagino algo semejante en EE.UU.: una revista que ignorarse, no sé, a Bruce Springsteen porque, uh, ¿qué tal porque suda? Ni siquiera «Pitchfork», en su abrumadora pose e infinita empanada, se atreve a tanto. «Rockdelux», bajo la arboladura musical, cultiva un ramalazo o vocación cómica, competencia de «Mongolia» con menos cólera y más metáforas de a qué huelen las nubes y a qué saben los discos y mire usted lo modernos que somos, lo impertinentes y audaces, que nos pasamos por el forro al Sabina ese, ja, centralista viejuno con acento andaluz y rey del ripio y autor de canciones tan mediocres como (¡glups!) ‘De purísima y oro’. En el desprecio a «19 días y 500 noches» detecto un sectarismo que de tan barcelonés resulta españolísimo.

Anterior entrega de Un gusano en la Gran Manzana: Cuando ya solo vende Taylor Swift (y noquea a Spotify en el trayecto).

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