Trinchera pop, de Iván Ferreiro

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DISCOS

«Esa es otra de las virtudes de este disco: crear deliciosos climas y universos sónicos que, en un primer momento, pueden desbordarnos»

 

Iván Ferreiro
Trinchera pop
WARNER, 2023

 

Texto: ARANCHA MORENO.

 

Nadie se fuga con la misma destreza que Iván Ferreiro. No lo hace a bordo de una Triumph TT 650 Special, como Steve McQueen en La gran evasión, sino a través de sus canciones. Y es que su última colección propia, Casa (Warner, 2016), fue tan bien recibida por crítica y público que no le quedó más remedio que emprender la huida y dejar pasar el tiempo suficiente para que nadie esperase una segunda parte. Si la sombra del ciprés es alargada, la de Casa lo era también. Hasta ahora, que con su recién editado Trinchera pop (Warner, 2023), ha certificado por enésima vez que nunca será esclavo de nada ni de nadie, ni siquiera de su propio éxito. Y lo ha hecho reivindicando la música como una trinchera, como el mejor lugar para construir un mundo propio en el que alejarse de las miserias humanas.

«Hay veces que me explota el corazón / hay veces que no puedo respirar / tenemos las canciones para no correr / tenemos las canciones para no escapar». Prueben a escuchar esos versos demoledores en un día complicado, cuando las cosas no van bien, y prepárense para el impacto. Ahí, en “Canciones para no escapar”, está el leitmotiv del disco. El motivo por el que nos aferramos a la música, capaz de hacernos bailar por los tejados con Fred Astaire o escondernos en los trasteros como una rata de ciudad. Y ese binomio está en todo el disco. Porque podemos entender las letras en una u otra dirección en función de lo que nos esté revolviendo la vida. Como aquella colección ochentera de Elige tu propia aventura, pero en versos y músicas. Trinchera pop es tantos discos como estados de ánimo atraviesa el ser humano.

Si algo anuda estas canciones es que todas son puro Ferreiro, y eso que esta vez el collage referencial es más rico que nunca. Están Los Rodríguez («pero igual no tengo a dónde ir») y el escritor Emilio Bueso («un corazón que mostraba mucho hastío y cierta paz»), están Max Richter retorciendo a Vivaldi con furia y Bob Fosse atrapado entre el alambre y la eterna espera. Y el inolvidable Félix Rodríguez de la Fuente hablándonos de la cultura de la basura en “La humanidad y la Tierra”, un guiño al espacio (El Hombre y la Tierra) que presentó a mediados de los setenta, cuya sintonía alimenta una canción tremendamente adictiva, un delicioso bucle que nos impulsa irremediablemente a bailar, a bailar, a bailar atravesando la jungla. Esa es otra de las virtudes de este disco: crear deliciosos climas y universos sónicos que, en un primer momento, pueden desbordarnos. En estas canciones pasan tantas cosas que uno necesita escucharlas muchas veces para ir desmenuzándolas y entendiéndolas. Poniendo orden en todos esos pensamientos y efectos, al mando del estudio, un Ricky Falkner que imprime sensatez a un posible caos.

En la entrevista que nos concedieron los Ferreiro a Efe Eme, Iván y Amaro explicaron cómo han partido de la electrónica y los modulares, en lo musical, y de la filosofía en lo textual, intentando esquivar estructuras propias y temas más manidos, «huyendo conmigo de mí», que diría Fito Cabrales. No les gusta repetirse, pero eso no quiere decir que no podamos reconocerles en la foto. Ahí está “Dejar Madrid”, con esa herida, melódica, luminosa y crítica que tal vez experimentase Amaro al mudarse de nuevo a Vigo, o “Pinball”, a priori la más excéntrica del conjunto, esa que Iván defiende con un florete, si hace falta, como siempre que una canción tiende a ser más incomprendida (¿recuerdan aquel «soy un mono y tengo miedo» que cantaba en “Todas esas cosas buenas”, en Casa?). Aunque les advierto —y confieso— que, con las escuchas, la marcha militar que acompaña al verso «hoy por hoy soy un pequeño pinball» se les adherirá al cerebro.

La gravedad e inquietud de “Gran columpio” acuchillan como la saga de César Pérez Gellida al sonar de madrugada, con esa atmósfera plagada de sombras y melancolías que acaba explotando en el «ateo» y apisonador estribillo. La firma con su amigo Nicolás Pastoriza, siempre cerca cuando un Ferreiro le necesita. Más tierna es la puesta en escena de la ingrávida “Los puntos de Lagrange”, con esa insatisfacción del que siempre está buscando algo, que ya imaginamos solo a piano y voz desarmándonos en un escenario. Canta como si estuviese en el jardín, en una noche estrellada, terriblemente consciente de la fugacidad de la vida. Y es que, a lo largo de todo el disco, Iván canta cada pieza desde un sitio distinto, imprimiéndole fuerza cuando la canción lo pide, pero recurriendo a la calma, con honestidad y profundidad, cuando el mensaje lo necesita. Prueben a escuchar la primera canción y la última, y entenderán la diferencia.

En la etérea «Miss Saigon», unos samplers ejercen de colchón sobre el que late una mirada familiar al pasado —y a su Vigo— antes de que aparezca la cascada de efectos de sonido y juguetee con la electrónica mientras repite, una y otra vez, el verbo clave de este disco: evadirse. Y todavía hay más. La sensación de estar fuera de sitio, atrapado en una vida de acción y dilación, en el primer y coreabilísimo single que suena a hit de escenario, “En el alambre”. La dupla cinematográfica de Sorrentino que inspira “La gran belleza y la juventud”. Y el broche final, la rabiosa “En las trincheras de la cultura pop” que fue, sin embargo, la primera que mostró en directo mientras coleaba la gira anterior. El cierre que confirma la idea del principio: el placer de vivir arropado entre canciones, películas, libros e historias que pueden formar parte de nuestra propia existencia cuando nos hacen compañía. El poder de la imaginación, de esas otras vidas posibles a través del arte. Hablando de ello, Iván Ferreiro ha conseguido hacer lo propio: convertirse en el mejor compañero de trinchera posible. Y demostrar, una vez más, que nadie nos ayuda a escapar de tantas maneras y con tanta emoción como el Steve McQueen de Vigo.

Anterior crítica de discos: Daño físico, de Monteperdido.

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