“Todos queremos algo”, de Richard Linklater

Autor:

CINE

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 “A medida que avanza la película uno no puede evitar identificarse con los personajes, sus infructuosos intentos de encajar, de encontrar su lugar, sus inseguridades”

 

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“Todos queremos algo”
Richard Linklater, 2016

 

Texto: ELISA HERNÁNDEZ.

 

Solo por su argumento (los avatares de un grupo de jóvenes jugadores de béisbol universitarios durante el fin de semana previo al primer día de curso), “Todos queremos algo” ya parecería la secuela no oficial de aquel fracaso de taquilla (hoy clásico de culto) que fue “Movida del 76” (“Dazed and confused”, Richard Linklater, 1993), en el que se nos contaba, con un reparto coral y una cierta falta de argumento en el sentido tradicional, el último día de clase en un instituto en Austin, Texas.

Adentrándose esta vez en los tempranos años 80, “Todos queremos algo” comparte mucho con su predecesora espiritual. Además de llevarnos nostálgicamente al pasado, presentarnos un corto periodo de tiempo de un momento relevante de la vida de los protagonistas y recurrir a una enorme variedad de personajes con actitudes y características muy diferentes, ambos filmes simbolizan una actividad que forma parte del día a día de muchos de nosotros: mirar hacia atrás para tratar de comprender el ahora. Pensar en quiénes fuimos para entender quiénes somos.

“Todos queremos algo” podría pasar, teniendo en cuenta el tráiler y la primera parte del metraje, por cualquier otra comedia hollywoodiense norteamericana que finaliza con el crecimiento personal y la madurez del protagonista. Podría de hecho parecer una simple idealización de una “época mejor”. Pero a medida que avanza la película uno no puede evitar identificarse con los personajes, sus infructuosos intentos de encajar, de encontrar su lugar, sus inseguridades y su incapacidad para definirse a sí mismos. Igual que ahora.

La gran revelación que encontramos aquí (y en gran parte de la obra de Richard Linklater, siempre preocupado por el paso del tiempo y sus efectos en los individuos que lo transitan) es que no es en el pasado dónde vamos a encontrar la respuesta. Descubrir quiénes somos no es un proceso predefinido con un inicio y un final al que llegar. Simplemente somos, y nunca de manera fija. Ver a los personajes de la película caer en este fatal error nos permite por una parte integrarnos a la perfección en la trama, sentir la nostalgia, las bromas, las risas, lo forzado y lo incómodo de tener 18 años y llegar a un sitio nuevo como si fueran (porque han sido) los nuestros; y, por otra, nos hace constatar que esa misma confusión sigue presente en todos nosotros. Recurriendo una vez más a la anécdota autobiográfica (él mismo fue jugador de béisbol en una universidad de Texas en 1980), Linklater consigue mostrarnos todas aquellas dudas de juventud para recordarnos que en realidad nunca conseguimos encontrar ninguna respuesta. Y que seguimos intentándolo a pesar de que es probable que no las vayamos a encontrar.

 

 

 

Anterior crítica de cine: “Malditos vecinos 2”, de Nicholas Stoller.

 

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