Tino Casal puesto en orden

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«Casal se posicionó como una de sus figuras más populares apoyado en su sonido rotundo, elaborado y bailable»

 

La edición de la caja Integral recupera toda la obra discográfica de Tino Casal, uno de los iconos del pop español de los años ochenta.

 

Texto: JUAN PUCHADES.

 

Integral impresiona con solo sostenerla en las manos. Su considerable peso ya ofrece una idea del contundente contenido: seis vinilos en diferentes colores, siete cedés y un deuvedé más un libro en formato elepé de 168 páginas y una apabullante colección de fotos. Todo ello con una excelente presentación poco habitual por estos lares y estos tiempos en los que los formatos físicos andan camino de la extinción definitiva. Pero en la discográfica Lemuria todavía los tratan como la especie protegida que son, y se agradece. Se agradece sobre todo porque estas ediciones sirven tanto para homenajear a artistas que lo merecen (en algunos casos olvidados: Los Auténticos, Bernardo Bonezzi), como para disponer en un único cofre de todo lo que grabaron (o todo lo que resulta recuperable). Además, en ediciones cuidadas al máximo en las que se trabaja desde las cintas originales, intentando lograr el mejor sonido posible.

En el caso que nos ocupa, lo que ofrece la recién edita Integral es la obra completa de Tino Casal en solitario, pero completa de verdad, pues el primer disco de los siete, Quimera, recoge los temas editados en 1977 y 1978 bajo los nombres de Celestino Casal y Tino Casal y con los que se le quiso lanzar como cantante pop tras dejar al grupo Los Archiduques (de los que Lemuria, en paralelo a Integral, ha puesto un álbum en las tiendas con toda su discografía). Son canciones en las que se muestra como un excelente vocalista. Fueron trabajos que, como en el caso de la voz que puso en un tema del grupo de laboratorio Goma de Mascar (también incluido), están más cerca de la necesidad de introducirse en el negocio musical y los estudios de grabación que otra cosa. Una forma de rodarse hasta que logró su oportunidad. Quedan temas estupendos como su versión de “Stop in the name of love” y otros, como “Olvidar, recordar”, se dejan oír con agrado.

Pero Tino Casal, que se había forjado con el glam rock y era un apasionado de David Bowie y el gran pop, aprendió tanto por su cuenta como picando piedra en esas grabaciones, y desde 1980 ya estaba produciendo a los heavys Obús y a la banda de la nueva ola Tacones (a los que, además, les diseñó la cubierta de su único elepé, Réquiem final) o a los tecno Vídeo. ¿Era normal tal variedad estilística? Desde luego, si tenemos en cuenta que era un oyente apasionado: «Las montañas de discos son mi salvación», escribió en “Sin amor”, a modo de confesión de quien estudiaba las canciones, los arreglos, las producciones.

En 1981, en plena explosión del movimiento de los Nuevos Románticos, y con contrato con la multinacional EMI, Casal, a los 31 años, grabó Neocasal, su primer disco largo, con el que daba inicio de verdad a su carrera como creador. Con canciones propias (excepto la versión de “Life on mars?” de, claro, Bowie) y con arreglos de su amigo Luis Cobos y producción del periodista musical y por entonces exitoso productor Julián Ruiz. Y justo ahí llega el primer éxito con “Champú de huevo” y la electrizante “Billy boy”.

En un periodo en el que el nuevo pop español cobijaba a centenares de grupos que brotaban por el todo el país y se abría a tendencias, Casal encontró su lugar y se posicionó como una de sus figuras más populares apoyado en su sonido rotundo, elaborado y bailable, de ascendencia glam, mirando al tecno y de ascendencia funk (sin olvidar el soul). Su imagen exuberante (con la que iría jugando a cada lanzamiento discográfico) ayudó a la enorme popularidad que alcanzaría. Pero tras el maquillaje, las hombreras imposibles y el pelo esculpido, vibraban excelentes canciones y se descubrió como un gran compositor que dominaba los secretos de la canción y todos los recursos del pop y el rock. Aparte de destaparse, por supuesto, como un cantante de voz privilegiada, un vocalista que, según cuentan, dedicaba horas y más horas de estudio grabando voces y detalles con los que diseñar cada tema.

Tino Casal pudo grabó cuatro elepés más, todos producidos por Ruiz: Etiqueta negra (1983, con la fantástica “Embrujada” al frente y con el inolvidable Ollie Halsall en las guitarras), Hielo rojo (de 1984, cuya canción más recordada es “Pánico en el Edén”), Lágrimas de cocodrilo (1987; la versión de “Eloise” sonó sin parar en la radio y las discotecas) e Histeria (1989, incluyendo la preciosa “Tal como soy”, la versión de “Killing me softly with this song” que popularizó Roberta Flack). Pero en septiembre de 1991 falleció en un accidente de tráfico, dejando una obra breve que Integral completa con maquetas, versiones extendidas y rarezas además de un imprescindible disco con grabaciones en directo más un extenso deuvedé con actuaciones en TVE y videoclips: impagables son los iniciales de “Olvidar, recordar” y “Emborráchate”, pura arqueología.

Nunca sabremos qué habría hecho Casal en el futuro, cómo habría evolucionado, cómo habría afrontado musicalmente la década de los noventa y el nuevo siglo, pues murió con tan solo 41 años (en la actualidad tendría 69). Pero, como cantaba en “No fuimos héroes”: «Se mueren nuestros mitos, / heredamos un infierno». Y queda su música, podríamos añadir.

 

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