Tina Turner: la caída de los dioses

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«Una relación tormentosa responsable de discos y conciertos tan torrenciales, físicos y provocadores como los mejores de James Brown o Wilson Pickett»

 

Para despedir a una de las artistas más grandes del soul y el rock desde mediados de los cincuenta, Tina Turner, nuestro experto en música negra, Luis Lapuente, escribe estas líneas que recuerdan cómo se forjó su leyenda.

 

Texto: LUIS LAPUENTE.

 

Anna Mae Bullock nació el 26 de noviembre de 1939 en el hospital Haywood Memorial de Brownsville, Tennesse, un edificio municipal de dos plantas cuyo sótano se destinaba a los pacientes negros. Su padre trabajaba como capataz en una granja de Nutbush, un barrio periférico de Memphis, y estaba casado con una india cherokee de sangre negra. A los 7 años, la pequeña Annie ingresó en el coro góspel de la iglesia bautista de Spring Hill, y a los 11 culminó una infancia de desastrosa vida familiar asistiendo al divorcio de sus padres, que la dejaron sola con su hermana mayor en casa de unos familiares, hasta que, en 1955, pudo reunirse con su madre y su hermana Alline en el domicilio de su madre en San Luis.

Hasta aquí, la biografía de Tina Turner encaja sin problemas con casi cualquiera de la de sus coetáneos afroamericanos nacidos en los años cuarenta, los que alumbraron el soul dos décadas después y dejaron una huella imborrable en el cancionero popular de la década prodigiosa. Talento, coraje y una pasmosa capacidad de emocionar en cada una de sus actuaciones, en cada una de sus grabaciones: esas fueron las señas de identidad de los mejores artistas de aquella generación única e irrepetible, los Marvin Gaye, Isaac Hayes, Al Green, Martha Reeves, David Ruffin, Otis Redding, Aretha Franklin, Etta James, James Carr, Lou Rawls, Irma Thomas, Solomon Burke, Ben E. King, Tina Turner, vocalistas proteicos que habían interiorizado el pálpito del góspel y la carnalidad del rhythm and blues según el libro de estilo de cuatro gigantes, pioneros del género: Sam Cooke, Ray Charles, James Brown, Ike Turner.

Lo recuerda Tina Turner en sus memorias: «Mi hermana Alline se iba con sus amigas todos los fines de semana a ver a Ike Turner, primero al Club D’Lisa y luego, de madrugada, a partir de las dos de la mañana, al Club Manhattan, al otro lado del río. Ninguno de los médicos, y aquella gente con la que salía Alline, habría ido a un sitio así; preferían restaurantes y bares de lujo. Así que Alline iba con sus amigas. Ike Turner y The Kings of Rhythm eran el gran acontecimiento. De hecho, en San Luis eran tan importantes como luego lo serían los Beatles, pero también gozaban de una malísima reputación y era impensable que una adolescente como yo fuera a verlos a uno de aquellos clubs». En 1956, en uno de esos conciertos se produjo el encuentro con Ike Turner, un músico destajista y absorbente que sabía olfatear el talento y enseguida la fichó para su grupo de coristas femeninas. Y así, de golpe y porrazo, aquella adolescente inexperta y taciturna se vio envuelta en la vorágine humana y musical de una de las bandas de ryhthm and blues más salvajes de la época, los Kings of Rhythm de Ike Turner. El aprendizaje fue rápido y duro, como un puñetazo en el estómago: mientras el grupo de Turner encadenaba éxitos que harían historia en la música popular (“Box top”, “Rocket 88”, “A fool in love”), la joven Anna Mae ascendía en el escalafón de la orquesta hasta situarse en lo más alto, como la solista principal, ya rebautizada por Ike como Tina Turner, en alusión a una de sus heroínas televisivas favoritas, la reina de la selva Sheena. Había nacido la Ike & Tina Turner Revue, con las legendarias Ikettes en los coros emulando a las Raelettes de Ray Charles. 

Mientras, Tina encajaba en secreto toda una sucesión de desplantes, desprecios y maltratos físicos y emocionales por parte de Ike, ya su pareja dentro y fuera de los escenarios. Una relación tormentosa, terrible en el plano personal y formidable en el artístico, responsable de discos y conciertos tan torrenciales, físicos y provocadores como los mejores de James Brown o Wilson Pickett. Durante los años sesenta, Ike & Tina Turner fueron los más grandes, firmaron discos prodigiosos en distintas compañías (Loma, A&M, Blue Thumb), trabajaron con Phil Spector en el legendario River deep, mountain high (1966) y protagonizaron algunos de los conciertos más memorables de la historia del soul, que a duras penas intentaban mimetizar los Stones en sus directos, consciente Mick Jagger de lo mucho que tenía que aprender de aquella colosal fuerza de la naturaleza.

En 1973, Ike & Tina consiguieron su último gran éxito con “Nutbush City limits”, una canción de Tina que recordaba sus años mozos. Tres años más tarde, una vez terminado el rodaje de la película Tommy, en el que Tina Turner interpretó el personaje de la Reina del Ácido, y colmada su paciencia por las constantes palizas y los delirios persecutorios y megalomaníacos de Ike, la vocalista, fortalecida íntimamente por su recién abrazada fe budista, decidió poner tierra de por medio con Ike, escondiéndose en el domicilio de su amiga Ann Margret, la actriz. Luego, poco a poco, Tina fue asomando la cabeza en el mundillo del rock, hasta que en 1983 le llegó su gran oportunidad al grabar una vieja clásica de al Green, “Let’s stay together”, con ayuda de los ex miembros de Human League Greg Walsh y Martyn Ware, con quienes había cantado en el debut de la British Electric Foundation. A rebufo del éxito del single, Tina Turner firmó en Capitol su álbum más comercial, Private dancer, con piezas de Mark Knopfler, Lennon & McCartney, David Bowie, Al Green y Ann Peebles entre otros. Luego trabajó en el cine (Mad Max, más allá de la cúpula del trueno), escribió dos autobiografías y se retiró de la música para recluirse en su residencia del Château Algonquin, cerca de Zurich, donde se casó con Erwin Bach.

En 2013, tras haber sufrido un ictus, renunció a la ciudadanía estadounidense y se nacionalizó suiza. Tres años después la diagnosticaron un cáncer de colon y una hipertensión arterial que optó por tratar con homeopatía. No funcionó y la enfermedad le produjo una insuficiencia renal crónica. En 2017 se sometió a una cirugía de un trasplante de riñón (donado por su marido), pero al fin no pudo superar las secuelas de sus múltiples enfermedades y murió el 24 de mayo de 2023 en su domicilio de Küsnacht, Suiza.

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