The will to live (1997), de Ben Harper

Autor:

OPERACIÓN RESCATE

«Un disco que marcó un antes y un después y que manifestó un punto de sorpresa que quizás pocos barruntaban que podría ocurrir»

 

En 1997 vio la luz The will to live, un disco crucial en el que Ben Harper se aleja de la imagen de cantautor desenchufado para abrazar nuevos sonidos y evolucionar hacia otro lugar. Por Manel Celeiro.

 

Ben Harper
The will to live
VIRGIN RECORDS, 1997

 

Texto: MANEL CELEIRO.

 

Cuando Ben Harper entró a los estudios Grandmaster Recordings para grabar su tercer álbum ya estaba considerado como uno de los talentos jóvenes de la música moderna. Sus dos primeros trabajos se habían saldado con cifras de ventas notables para una artista en cierta medida alejado de los gustos dominantes en la década de los noventa, disfrutaban de buenas críticas en la prensa especializada y todo apuntaba a que esa próxima obra discográfica sería la consolidación de una carrera en franco ascenso dentro del territorio del folk y el blues acústico que dominaban la mayoría de composiciones de Welcome to the cruel world (1994) y Fight for your mind (1995), el par de predecesores citados con anterioridad. Un grupo de músicos de absoluta confianza, entre ellos el bajista Juan Nelson, el batería Dean Butterworth y el percusionista David Leach, integraron el núcleo duro de los Innocent Criminals, la banda que le acompañó y que continúa haciéndolo en la actualidad, aunque de manera intermitente. En el estudio estuvieron también Todd Burke, Dave Collins y Eric Sarafin como equipo técnico y J. P. Plunier en tareas de producción. Con ese equipo se fraguaron las composiciones de The will to live, un disco que marcó un antes y un después y que manifestó un punto de sorpresa que quizás pocos barruntaban que podría ocurrir.

 

 

De entrada, hay una apertura hacia sonoridades más recias y en las canciones afloran otras influencias musicales: reggae, funk, rock y bandas y artistas como Led Zeppelin, Bob Marley o clásicos del soul que dan fe de su peso en la formación musical de Harper. Se muestra como un intérprete más impetuoso, menos místico, más carnal y enérgico, rompiendo de alguna manera con la imagen que había ofrecido hasta el momento de cantautor espiritual agarrado a la vía desenchufada. No es un cambio drástico, ni mucho menos se rasga las vestiduras, y sus seguidores todavía pueden tropezarse con el Ben más intimista en algunos de los cortes contenidos en el disco, pero brillan con mucha más fuerza aquellos temas en los que se deja llevar por esa —hasta entonces inédita— exhibición de músculo rockero. Abrir con el recio riff de “Faded” ya era toda una declaración de intenciones; también acelerar el trote del blues en “Homeless child”, así como preñar de dramatismo una balada como “Roses from my friends”, mucho más agresiva en su fondo de lo que parece bajo su forma. El sonido de su Weissenborn, sucio y rugoso, dirige con mano de hierro el tema que le da título al cancionero o una rotunda “Glory & consequence”. Coqueteos con ritmos rastafaris, “Jah work”, o el funk, “Mama’s trippin’”, afirmaban que sí, que un nuevo Ben estaba haciendo su aparición.

 

 

Como cabía esperar, el disco fue recibido de manera tibia y con disparidad de criterios. Si bien facturó ventas similares a las de sus predecesores y fue acogido con agrado por el público en general, que vislumbraba horizontes más amplios en los que poder administrar su talento, no fue así entre el periodismo musical, que alternó el elogio con algún que otro palo sin compasión. Un redactor de la edición norteamericana de Rolling Stone dejó escrito para la posteridad que con discos como este su estrella se apagaría pronto. Obviamente, ese escriba no tenía mucho futuro como oráculo, pues esa apertura estilística dio origen a trabajos ulteriores tan recomendables como Burn to shine (1999) o Diamonds on the inside (2003) que, además, le hicieron llegar al status de artista en la cumbre con giras coleccionando carteles de «no hay entradas» en las taquillas y puestos destacados en las listas de ventas de USA y también en las de varios países europeos. El tiempo pone a todo el mundo en su lugar.

 

 

Anterior entrega de Operación rescate: Brothers and sisters (1973), de Allman Brothers Band.

 

 

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