«Suicide» (1977), de Suicide

Autor:

OPERACIÓN RESCATE

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“En 1977, Suicide comenzaron a dar forma al paradigma del horror punk a manos de una obra pulcra, visionaria y retroactual”

 

En 1977, en Nueva York, Suicide comenzaron a dar forma al paradigma del horror punk a manos de una obra pulcra, visionaria y retroactual. Lo hicieron con su debut homónimo, que analiza Sara Morales solo unos días después de la muerte de su vocalsita, Alan Vega.

 

Texto: SARA MORALES.

 

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Suicide
“Suicide
RED STAR RECORDS, 1977

 

Una voz que reverbera desde las profundidades de un pozo oscuro y solitario en mitad del bosque. Llega envuelta en la más absoluta penumbra, con fulgor de casa encantada y fantasmas de una noche de tormenta. El terror y el suspense siempre fueron las cartas ganadoras de Suicide, el minimalismo y la artesanía sintética su estrategia. El pavor y la desesperación nunca habían sonado tan lúcidos y patentes en un disco como el grito que Alan Vega dejó grabado en el tema ‘Frankie teardrop’, cuyo eco todavía nos persigue hoy y azota nuestras cabezas especialmente estos días con motivo de su muerte el pasado 16 de julio.

 

 

Cuando él y Martin Rev se lanzaron a grabar su primer álbum, este «Suicide» de 1977, ya sumaban media docena de años recorriendo escenarios y ciudades con su inquietante propuesta. Coleccionaban al mismo nivel los elogios del punk neoyorquino que los acogía en su gracia por rupturistas y díscolos y la desdicha de una crítica que, al principio, parecía no comprender de qué iba este sonido synthpop cavernoso y tenebrista.

Dejando a un lado la estructura clásica de banda de rock con la que habían iniciado sus andadura a principios de los setenta, y ya convertidos en dúo, decidieron que un viejo órgano, una caja de ritmos sencilla y una voz sugerente y psicótica bastarían para dar rienda suelta a sus pretensiones. Estas pasaban por moldear un trasfondo nihilista a base de provocación, climas infecciosos y atmósferas desoladoras y apabullantes surgidas de la angustia y la sugestión. No extraña, por tanto, que buena parte de los temas que componen este primer disco terminaran poniendo banda sonora a películas de terror y thriller psicológico en aquellos años, ni que Suicide lograran configurarse como sólidas influencias en la posterior escena del post punk, el rock industrial e incluso el tecno.

Producido conjuntamente por Marty Thau –manager de los New York Dolls y fundador de Red Star Records, la discográfica que editó el álbum– y Craig Leon –quien trabajó para discos de Blondie y los Ramones–, «Suicide» fue grabado en junio de 1978 bajo la premisa de mantener su carácter tétrico, atisbado desde la sangrienta portada, pero acentuado con el uso de innovaciones técnicas que cristalizaran el sonido desde el estudio. Un paso adelante el de Alan Vega y Martin Rev en el camino del electro-billy, con zapatos dementes y huellas de inframundo.

La incandescente y maníaca ‘Ghost rider’, que años más tarde sería versionada por bandas como REM o The Horrors, abre este álbum homónimo con siete piezas fundamentales para la era no wave.

 

 

Suspiros delirantes y teclado turbador en ‘Rocket USA’, aroma espectral y mutante para ‘Girl’, un acercamiento al rock and roll cincuentero pero desde el particular prisma de Suicide con ‘Jhonny’ y un cello que asoma tímido en ‘Che’ encargada de concluir el disco con casi cinco minutos de instrumental desconcertante.

Que el pavor y el delirio se apoderara de los oyentes y receptores no solo es lo que se esperaba del álbum, sino que fueron las muescas de seducción que desplegó el dúo neoyorquino como azote de su personalidad sonora. Aún así, también acertaron a cantarle al amor. Prueba de ello, ‘Cheree’, single del álbum con melodía eclesiástica alumbrada por un órgano que reviste pasajes electrónicos de una sorprendente dulzura.

 

 

Y así fue así como, en 1977, Suicide comenzaron a dar forma al paradigma del horror punk a manos de una obra pulcra, visionaria y retroactual. Descifrando el futuro para asentarse contemporáneos en él, tal y como han hecho, arrastrando la fuerza de una naturaleza desconocida con la que continúan poniendo sonido a nuestras pesadillas.

 

 

Anterior entrega de Operación rescate: “Life is messy” (1992), de Rodney Crowell.

 

 

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