Solistas que brillaron más que sus bandas: Ryan Adams

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 “Whiskeytown hacían rock americano, alt-country de altos vuelos que merece ser recordado por bastante más que haber sido el primer grupo de Ryan Adams”

 

Hay bandas de tal éxito que, al separarse, su líder no logra hacerles sombra. Sin embargo, hay vocalistas que se consagran justo cuando despliegan las alas en solitario. Fernando Ballesteros recoge el caso de Ryan Adams.

 

Texto: FERNANDO BALLESTEROS.

 

No todos los solistas comenzaron poniendo su nombre por delante. Algunos nacieron siendo ya artistas en solitario, pero lo más frecuente es que antes de emprender el vuelo hayan militado en grupos con los que han grabado trabajos y alcanzado ya un cierto renombre. Los hay que salieron de su banda y ya no repitieron el éxito logrado en ella: no diremos nombres, pero hay muchos y ustedes ya tienen, ahora mismo, más de uno en la cabeza. En otros casos la cosa ha quedado en empate. Pensemos en Morrissey tras los Smiths o Paul Weller después de los Jam. Pero hay artistas que identificamos solo en solitario, aunque iniciaron su andadura con grupos importantes, que no es que hayan caído en el olvido, pero sí en un segundo plano, debido al tiempo transcurrido y al éxito de la trayectoria de su solista. Y este último es el caso que nos ocupa hoy.

Muchos conocimos a Whiskeytown cuando Ryan Adams se convirtió en la sensación de la temporada. En 2001, con el mundo mirando a Nueva York también en lo musical, “Gold” parecía concitar la unanimidad de los críticos: estábamos ante la gran promesa.

Con “Heartbreaker” (editado un año antes) y “Gold” aún frescos y a la espera de los siguientes movimientos, era el momento de investigar un poco en su pasado. Y allí había bastante con lo que disfrutar. Whiskeytown hacían rock americano, alt-country de altos vuelos que merece ser recordado por bastante más que haber sido el primer grupo de Ryan Adams.

 

 

“Strangers almanac”, publicado en 1997, es un trabajo más que notable. En su momento, les valió el favor de la prensa especializada, publicaciones que les prestaron bastante atención. Sin embargo, aquel fue el canto del cisne del grupo, pues cuando la que tendría que haber sido su continuación “Pneumonia” vio la luz, en 2001, ya eran historia. De hecho, Ryan ya triunfaba en solitario, porque este chico, como ha demostrado desde entonces, es algo más que inquieto.

Vistas las cosas en perspectiva, su carácter y un ego que rivaliza en tamaño con su enorme talento dan a entender que un grupo no era el vehículo más apropiado para canalizar toda la música que llevaba dentro. Sin el contrapeso de otras opiniones y siendo el dueño y señor de sus siguientes pasos, conviene aclarar que estos no han sido siempre acertados.

 

Incontinencia creativa
Veamos. Tras la colección de descartes que formaban “Demolition”, su tercer álbum “Rock and roll” no era lo que el mundo esperaba, aquel conjunto de canciones pecaba de dispersión y de sonar descaradamente a otros grupos. Uno diría que era casi una broma, lo que pasa es que las “bromas” de artistas como él tienen un nivel considerable. La pretendida comercialidad del disco era compensada por el tono más austero, acústico e intimista del estimable “Love is hell” y su aparición inicialmente en dos partes. La historia ya contada es que ese era su siguiente disco, pero la compañía lo echó atrás, le pidió algo más comercial y él compuso a toda velocidad “Rock and roll”. Una vez saciado el apetito de ventas de la discográfica, le permitieron editar los temas inicialmente rechazados. El resultado fue un doble lanzamiento simultáneo.

 

 

Si editar dos discos a la vez no parece un movimiento muy normal, ¿qué me dicen de editar tres elepés en un año? En 2005 explota la incontinencia creativa de Ryan. Con los Cardinals publica “Cold roses”, un álbum que, para colmo, ¡es doble! Y que contiene aciertos incontestables que se alternan con otros en los que sobrevuela el fantasma del exceso de material. Hay de todo, aparecen todas sus facetas como en “Gold” pero, a diferencia de aquel, a este no le hubiese venido mal pasarle la podadora.

 

 

Sin salir de 2005 y también con los Cardinals, en los que destaca la presencia de un secundario de lujo como Neal Casal, publicó “Jacksonville city nights”, la sección country de la trilogía del curso. Un acierto de principio a fin que contrasta con “29” lo más flojo del lote. Con un filtro adecuado, lo de 2005 podía haber sido mágico para Ryan, pero al alto concepto de sí mismo que tiene le colocó en una situación peliaguda.

 

Baches y curvas
Su carrera se resintió, ya no era la promesa, ni el niño mimado del rock americano. Otros habían ocupado su lugar y el seguía su camino con discos en los que el nivel sobresaliente de “Gold” parecía parte del pasado. Aunque, claro, es tan bueno que hasta en sus peores momentos hay canciones que nos recuerdan que estamos ante uno de los grandes de su generación.

“Easy tiger”, “III/IV” (de nuevo el exceso amigos, o “Cardinology” son trabajos dignos pero empieza a quedar la sensación de que, entre tanta producción, nunca volverá a entregar un dsico redondo. Con Adams, además, uno no sabe cuando va en serio y cuando no, aunque es cierto que “Orion”, publicado unicamente en vinilo, parece pertenecer descaradamente a su capítulo de gamberradas, en este caso en clave heavy metal.

La melancolía, el folk y su clase vuelven a reinar en 2011 con “Ashes & fire” y para 2014 como si quisiera dejar claro que asistimos a su renacimiento, llega “Ryan Adams” una pretendida incursión en la década de los ochenta y alguna de sus formas con la que deja atrás sus problemas de salud.

 

 

En la música de Ryan Adams sigue habiendo folk, sonido americana y todo aquello que nos conquistó, pero solo a veces. Otras, la cosa suena a Replacements, visita otras décadas o se detiene en sonidos más cercanos al AOR, como en su último “Prisoner”, por no ir más lejos.

Desde sus orígenes al frente de Whiskeytown, su carrera no ha dado un respiro. Hablamos de un hombre que, proyectos paralelos aparte, es capaz de poner en las tiendas, entre sus dos últimos discos, una relectura completa del “1989” de Taylor Swift y que la cosa le quede pintona. Genio y figura.

 

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