Simpatía por el diablo en el MoMA

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COMBUSTIONES

simpatia-por-el-diablo-16-09-18

En su columna neoyorquina, Julio Valdeón reflexiona esta semana sobre la reposición de “One plus one”, la película de Jean-Luc Godard sobre los Rolling Stones y sus diversos finales.

 

Una sección de JULIO VALDEÓN.

 

El MoMA repone estos días, en una versión de calidad deslumbrante, “One plus one”. La película de Jean-Luc Godard con los Rolling Stones. La polémica viene a cuento de que el museo en realidad ofrece la versión remozada por el productor, Iain Quarrier. La retituló como “Simpathy for the devil” y cambió la secuencia final: sustituyó la situacionista/maoísta/onanista escena con la que el francés cerraba su obra por otra, completa, de los Stones interpretando la versión definitiva de ‘Beggars banquet’. Luego ya si eso, y por comparar, el MoMA da el broche original de “One plus one”. A J. Hoberman, histórico de la crítica cinematográfica en el extinto “Village Voice”, parece que no le hace excesiva gracia. De hecho reproduce una frase de la reseña original de Roger Greenspun para el “New York Times”: “No entiendo cómo alguien, pudiendo elegir, preferiría la versión del productor de una película antes que la del director”.

Parece mentira que un crítico serio escribiera semejante chorrada. La historia del cine abunda en productores “manostijeras”, que cortaban al tuntún y estropeaban el producto. Pero también hubo y hay tipos tan polémicos y sin embargo esenciales como Darryl F. Zanuck. Claro que la idea de Greenspun, y Hoberman, está relacionada con la creencia de que en la gestación de la obra artística combaten principalmente dos caracteres. El genio angelical y romántico y el mercader fenicio. Al primero solo le interesa la calidad final, la hondura, la verdad. Al segundo, la taquilla. Descontada la obviedad de que la taquilla interesa a cualquiera, resta la evidencia de que hubo y hay mediadores, léase productores cinematográficos y musicales (Phil Spector, George Martin), editores literarios (cómo entender a Raymond Carver sin Gordon Lish, o a Josep Pla y Miguel Delibes sin Vergés), ejecutivos discográficos (¡Chris Blackwell y el reggae! ¡Sun Records, Sam Phillips y prácticamente todo!), ojeadores (John Hammond) e incluso agentes (¿es necesario recordar la importancia de Jack Rollins y Charles H. Joffe en la carrera de Woody Allen?) a los que cualquier aficionado debiera de tributar eterna gratitud. Pero no. Hoberman prefiere contribuir al mito del malvado productor que no sabe lo que hace. Menos mal que el MoMA, al dar los dos finales, certifica que Godard agotó su talento en dos o tres gemas iniciales. Su empanada a cuenta de los Stones y la revolución inacabada solo hipnotiza cuando estos cogen las guitarras y él se limita a grabar. El resto, filfa.

Anterior entrega de Combustiones: Elvis, Chuck Berry y el viejo canon.

 

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