“Don’t stand me down» (1985), de Dexy’s Midnight Runners

Autor:

OPERACIÓN RESCATE

“Una oda al humanismo que ensalza valores como la valentía, la redención y la libertad en su sentido más profundo y universal, pero también en el más cotidiano”

 

Kevin Rowland y su banda triunfó a primeros de los 80 con su célebre ‘Come on Eileen’. Lo difícil, sin embargo, fue sobreponerse de aquel éxito y facturar su siguiente disco, “Don’t stand me down”. Lo cuenta Sara Morales.

 

Dexys-Midnight-Runners-15-09-18

Dexy’s Midnight Runners
Don’t stand me down»
MERCURY, 1985

 

Texto: SARA MORALES.

 

El peso del éxito que habían alcanzado tres años antes con su anterior álbum, el segundo «Too-Rye-Ay» que incluye el pelotazo mundial ‘Come on Eileen’, comenzaba a ahogar demasiado. Con él salieron disparados hacia el estrellato, coparon las radios y las televisiones de principios de los ochenta sin sudar, se vieron desbordados por las ventas y abrazaron efusivos la gracia de la fama y la popularidad. El mundo se había puesto irremediablemente a los pies de Dexy’s Midnight Runners, una modesta banda de Birmingham que sabía mirar al soul de un modo distinto, que lo trataba con una genuina delicadeza nuevaolera y lo agasajaba con divertidas dosis de pop, de folk y algún que otro estruendo rock.

 

 

En 1984, comprendiendo que había llegado el momento de dar el siguiente paso, regresaron al estudio para abordar la tercera referencia discográfica de su carrera y, con la idea de dar continuidad al triunfo y al reconocimiento que ya tenían de su lado, se dispusieron a parir este «Don’t stand me down». Un disco que, debido a las presiones comerciales y sociales, sumadas a la autoexigencia desbordada del propio líder, Kevin Rowland, nació agobiado, fatigado, sin aire.

Las sesiones de grabación se alargaron durante un año en busca del sonido perfecto y el grupo —que para su álbum emblema, tres años antes, sumaba diez miembros— se había reducido a un cuarteto debiendo contratar a músicos de sesión que completaran la jugada. Tampoco ayudó el desesperante desfile de productores que intentaron complacer frustradamente a Rowland. Por allí pasaron Jimmy Miller (Rolling Stones, Motorhead) y Tom Dowd (Ray Charles, Aretha Franklin), entre otros; y aunque pusieron todo su empeño, sus ideas no convencían y terminaban siendo despedidos y apartados del proyecto a los pocos días. Finalmente, fueron Alan Winstanley —con quien la banda ya había trabajado en «Too-Rye-Ay» — y el propio Rowland quienes asumieron y firmaron en el disco las labores al frente de la mesa de mezclas.

 

 

Una visión muy particular del blue-eyed-soul

Al final se manufacturó una joya de siete piezas que vio la luz en septiembre de 1985. Escritas en su totalidad por Kevin Rowland —aunque en alguna de ellas trabajó mano a mano con alguno de sus compañeros—, conceptualmente encierran una oda al humanismo donde se ensalzan valores como la valentía, la redención y la libertad en su sentido más profundo y universal, pero también en el más callejero y cotidiano. Es el caso de letras como ‘The ocassional flicker’ —que abre el álbum— o ‘The waltz’, que lo cierra y sirvió de inspiración para el título del mismo.

La obsesión de Rowland (también guitarrista, además de voz del grupo) por encontrar un peculiar sonido de cuerdas pero sin tirar de los instrumentos habituales, llevó a que perlas como ‘Listen to this’ (que en la reedición del disco en 1997 pasaría a llamarse ‘I love you’) suenen tan exquisitas a pesar de la desigualdad de cadencia y la fina apariencia de caos rítmico. En parte, ahí reside también la genialidad de ‘This is what she’s like’, la estrella polar del álbum, con esas bases de un blues suave que se engrandece hasta rozar, en rictus desenfadado, el género operístico. O ‘Knowledge of beauty’, con lírica en primerísimo primer plano y una destacada labor de Helen O’Hara al violín.

 

 

El resultado en conjunto fue un sonido pop experimental, pero bien atado a los nudos del rhythm and blues hecho por blancos, que no escatimó en avances y en detalles semi eléctricos. Que se alzó como la cara más extravagante de Dexy’s y del propio Kevin Rowland, ese visionario del soul intransigente y algo soberbio que fue minando poco a poco los ánimos del grupo, hasta el punto en que el saxofonista Nick Gatfield lo abandonaba el mismo día en que concluían la grabación.

 

 

Ese poso de excentricismo sónico y de novedad insólita que caracterizó al álbum desde su nacimiento, llevaron a que este se estrellara en las ventas, en las listas de éxitos y en la recepción popular. Una decepción que la banda no logró superar y les condujo directamente a la disolución en 1987, con la sombra de la culpa planeando sobre «Don’t stand me down», un álbum incomprendido que, sin embargo hoy, se erige como una de las piezas clave de los ochenta.

Anterior entrega de Operación rescate: “Pleasant dreams” (1981), de Ramones.

 

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