Pink flag (1977), de Wire

Autor:

OPERACIÓN RESCATE

«Un epílogo de veintiún cortes tan intensos y salvajes, que fueron suficientes para considerarlos figuras imprescindibles del post punk»

 

Sara Morales nos transporta a finales de los setenta para recordar el disco Pink flag, el debut de Wire, el insólito debut de una banda madura en pleno incendio británico.

 

Wire
Pink flag
HASRVEST, 1977

 

Texto: SARA MORALES.

 

No es que permanecieran a la sombra de coetáneos como los Clash o los Sex Pistols en aquel Londres impetuoso de 1977. Es que, para cuando Wire se decidieron a arrojar su debut —este Pink flag—, sus miembros sobrepasaban el promedio de edad que se estilaba en el movimiento y decidieron aplicar sus propias reglas.

Por eso este disco ha quedado en el tiempo como la versión más madura del incendio británico y, a la vez, la más insólita. Porque mientras la masa empujaba en protestas incendiarias contra el establishment, ellos aprovecharon el sorpaso generacional para detenerse en el detalle y tirar de una materia prima impactante a base de letras de costura intelectual y surrealista.

Como mandaban los tiempos, también practicaron el reduccionismo que traía implícito el punk y se convirtieron en maestros despojando al rock de todos sus adornos para jugar con su esqueleto y transformarlo en un trance espídico. Sonidos impactantes, riffs que rechinan, que hacen daño y golpean, bilis verbales, paranoias líricas y un don —el de Colin Newman y Graham Lewis— para vomitar historias y confesiones, casi matemáticamente, que llevó a la banda a la cabeza del minimalismo del género.

 

 

Provocaron a la prensa y al sistema desde la serenidad («Field day for the sundays» y «Reuters»), también desde la rabia y el crochet («Mr. Suit»); pero al mismo tiempo que despedazaban atracciones y sexualidades en pasajes dadaístas como «12XU», sobresalieron con inesperados caramelos pop como «Mannequin» y recordados experimentos vanguardistas como la propia «Pink flag».

 

Supieron hacerlo todo desde la nada, afincados en tierra de nadie. Nutriéndose de su intuición y su extraordinaria forma de aventurarse a la experimentación. Sin miedo, sin prejuicios, distinguiéndose entre la insurrecta vorágine del “todo vale” hasta conquistar, en el momento y pasados los años, corazones enfrentados como los del hardcore y los del britpop.

 

 

Un epílogo de veintiún cortes en treinta y cinco minutos, tan intensos y salvajes, que fueron suficientes para que el público ya no les perdiera de vista y los alzara como imprescindibles del post punk que ellos mismos habían empezado a vaticinar.

Anterior entrega de Operación rescate: Ni más ni menos (1980), de Los Sírex.

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