Operación rescate: “Unknown pleasures”, de Joy Division

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“Vertiginosa guitarra la de Bernard Sumner. Ritmos hipnóticos desde el bajo melódico y omnipresente de Peter Hook. Magistrales toques de Stephen Morris a la batería que, alternándola entre acústica y eléctrica, consiguió dar con esa combinación perfecta que acabó convirtiéndose en una de las principales características del sonido Joy Division”

 

La misma semana en la que Ian Curtis hubiese cumplido 59 años, Sara Morales nos lleva hasta el primero de los dos álbumes que publicaron Joy Division, que algunos críticos llegaron a denominar como “el disco muerto”.

 

 

Joy Division
“Unknown pleasures”
FACTORY RECORDS, 1979

 

 

Texto: SARA MORALES.

 

 

«Tengo el aliento, pero perdí la sensibilidad». Esta frase extraída de ‘Disorder’, tema que abre el histórico primer álbum de Joy Division, refleja con cruel realismo las intenciones que Ian Curtis había depositado en él. Letras sobrecogedoras, sentencias opresivas, angustia vital y determinismo oscurantista que, a través de su voz fría y baja, sirvió de sustento para un sonido denso y enmarañado, a medio camino entre el rock sombrío y el punk industrial.

Vertiginosa guitarra la de Bernard Sumner. Ritmos hipnóticos desde el bajo melódico y omnipresente de Peter Hook. Magistrales toques de Stephen Morris a la batería que, alternándola entre acústica y eléctrica, consiguió dar con esa combinación perfecta que acabó convirtiéndose en una de las principales características del sonido Joy Division

 

 

Un disco enigmático, intimista, inquietante, perturbador… Grabado en la primavera de 1979, en tan solo una semana, desde los estudios Strawberry de Stockport con Factory Records como sello y bajo la producción de Martin Hannet. Excéntrico gurú musical de la escena de Manchester, especialista en reproducir ambientes inusuales y responsable en buena parte de esas atmósferas desconcertantes que envuelven la obra de Joy Division entre cristales rotos, sonidos de ascensor y ecos del pasado. Es el caso de ‘I remember nothing’, canción con la que Bernard Sumner comenzó a utilizar los sintetizadores y en la que suenan de fondo decenas de botellas de vidrio rompiéndose. O la tétrica ‘Insight’, para la que Hannet grabó la voz de Ian Curtis a través de un teléfono y así conseguir esa sensación de distancia, desde la que su tormento nos recuerda que «hemos desperdiciado nuestro tiempo, aunque la verdad es que nunca lo tuvimos».

Algunos críticos musicales de la época bautizaron este álbum como «el disco muerto». Hubo incluso una publicación que reseñó en sus páginas: «Si alguien está contemplando el suicidio, ‘Unknown Pleasures’ te da un empujoncito hacia él». Basta escuchar ‘New dawn fades’ para percibir la tristeza extrema que rezumaba la esencia de Ian Curtis en este cántico al fin de la existencia. En ella se atrevió a bocetear ideas sobre los planes de su propia muerte; hasta el punto en que Deborah, su mujer, llegó a preguntarle en su día si lo que describía en esta canción eran realmente sus intenciones. Hoy, todos conocemos la respuesta.

 

 

La desolación y la desesperación que destilan los versos de Ian, acompañados de una cadencia sonora que roza lo hipnótico y mutante, hacen de este disco una obra maestra conmovedora. Poética. Propia de una revisión actualizada del romanticismo del XIX, pero traída hasta finales de los 70 y abordada desde un espíritu urbano nacido de las cenizas del punk. De ahí la frenética ‘Interzone’; toda una lección de energía y pasión de los cuatro de Joy Division, que lucían furiosos sobre el escenario como uno de sus mejores temas en directo, y que bien podría ser una pseudoversión del deje northern soul en el «Keep on keepin’ on» de Nolan Porter.

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Empaquetado con una cubierta que imitaba el lino, nadie imaginó la trascendencia histórica que tendría la imagen que Curtis, Sumner, Morris y Hook eligieron para ilustrar «Unknown Pleasures». El diseñador gráfico Peter Saville, que se dedicaba a crear los artworks de los discos en Factory Records, fue el encargado de la estética del álbum, regalando así a Joy Division su seña de identidad para la posteridad. «Si tuviera que elegir entre un montón de discos desconocidos, esta sería la portada que más me llamaría la atención», explicaba Saville años más tarde, sobre el porqué de este icónico diseño. Una ilustración inspirada en la frecuencia emitida desde un señal a un púlsar (estrella de neutrones con radiación periódica). Campos magnéticos, reiteraciones gráficas e interpretaciones del cosmos fueron el cocktail perfecto para representar la complejidad del sonido de Joy Division.

A nivel conceptual, no hay duda del calado autobiográfico que envuelve «Unknown pleasures» en todo su conjunto. Pero sin embargo, hay dos temas por encima del resto sobre los que Curtis se atrevió a ser más explícito, evitando disfrazar la realidad de metáforas. Dos canciones que detallan hechos y acontecimientos concretos: ‘Shadowplay’ y ‘She’s lost control’. La primera, una descripción angustiosa sobre el laberíntico y asfixiante Manchester de hormigón del que siempre quiso escapar, en una sucesión de imágenes paranoicas convertidas en sonido. La segunda, ese episodio en que presenció el ataque epiléptico de una chica que acabó muriendo a consecuencia de esta enfermedad y que, paradójicamente meses después, le sería diagnosticada a él mismo. Su obsesión; algo con lo que intentó aprender a vivir integrando incluso reminiscencias de sus ataques en los espídicos bailes y convulsiones de sus directos como frontman. Una angustiosa parodia de su propio sufrimiento que, en alguna ocasión, llegó a padecer en directo. Una tortura más añadida al imaginario de Ian Curtis y Joy Division.

 

 

Con este disco llegó la fama y el reconocimiento popular de la banda. Y pese a que las grandes discográficas se disputaban su contrato, ellos siempre tuvieron claras sus preferencias independientes. Fueron tiempos de gloria, en los que también llegó la archiconocida portada de la “NME”; mítico retrato de Ian Curtis con su abrigo largo y mirando fijamente a cámara mientras fuma. Comenzó a surgir así un batallón de fans e incondicionales que habían comprendido el mensaje de Joy Division y empezaron a vestir con ropa de los años 40, al estilo de la Gran Depresión. Una estética que, todavía hoy, se asocia al sonido e imagen de la banda de Manchester.

‘Candidate’ es cruda y directa. ‘Day of the lords’ un repaso cuasi religioso entre tinieblas. Y ‘Wilderness’, esa eterna desconocida y subestimada, es la encarnación del sonido futurista con el que supieron adelantarse a su tiempo.

Todas y cada una de estas diez canciones, en su sentido y orden, han dado forma a esta Biblia del post punk que es la obra completa de Joy Division. Como si este «Unknown pleasures» se tratase del Antiguo Testamento y «Closer» –su segundo y último álbum– del Nuevo. Ambos han sido catalogados como dos de los discos más influyentes de toda la historia. Música congelada en la eternidad.

Acabo este artículo de la misma manera en que termina «el disco muerto» más vivo de todos los tiempos: «Fuimos desconocidos durante demasiado tiempo; yo en mi mundo, sí, tú a mi lado».

Anterior entrega de Operación rescate: “Falso”, de Ciudad Jardín.

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