Operación rescate: «No se pué aguantar», de Peret

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«Es difícil explicar aquellas emociones al escuchar a Peret levantar la voz (y la mirada, supongo) y reivindicarse de ese modo tras su silencio de años»

peret-30-11-13

Peret
«No se pué aguantar»
PDI, 1991

 

Texto: JUAN PUCHADES.

 

 

Tras ocho años retirado de la música y dedicado a ejercer de predicador de la Iglesia Evangélica de Filadelfia, Peret había abandonado la religión y arrancaba la década de los noventa algo despistado, ocioso, pensando a qué iba a dedicar su tiempo en el futuro inmediato. Quien había sido padre de la rumba catalana y su icono nacional e internacional, si algo tenía claro a los cincuenta y cinco años es que la música para él había acabado. Ese tiempo se había agotado y quería orientar su futuro hacia otra actividad.

En esas, su ahijado Peret Reyes y el socio de este en el dúo Chipén, Johnny Tarradellas, fueron a pedirle que les produjera su próximo elepé. El rey de la rumba en principio dijo que no, pero luego, frente a las presiones de los dos jóvenes rumberos y de su propio entorno, se animó: esa producción sería la excepción, un favor. Así, su regreso se produjo por la puerta de atrás, como productor del elepé «Verdad», de 1990, en el que Chipén claramente homenajeaban su obra interpretando esencialmente canciones suyas.

Pero la maquinaria se había puesto en marcha, y pese a que Peret se sintió incómodo en el estudio y se notaba algo oxidado con la guitarra, comenzaron las peticiones de regreso: la discográfica PDI, amigos, familiares y seguidores le animaban a ello… Finalmente, no se hizo demasiado de rogar, solo lo justo, y en 1991 dio forma al disco que marcaba su vuelta: «No se pué aguantar», producido por Rafael Moll, quien llevaba la idea de dotar a Peret de una nueva fuerza sonora y conducirlo hacia la contemporaneidad. Para ello también fue esencial contar con Josep Mas «Kitflus» en los arreglos. Incluso las mezclas se llevaron a cabo en Real Word, el centro de operaciones de la world music en aquel momento, con Peter Gabriel (al que se encontraron allí) al frente del mismo.

Entre los recuerdos que creo que nunca podré olvidar en mi vida está la sensación de escuchar este elepé por vez primera, comprado nada más ponerse a la venta, y la congoja de oír la voz de Peret, tras tanto tiempo, únicamente acompañada por la guitarra y leves toques de percusión, entonando los versos iniciales de ‘Soy la rumba’, el tema que lo abría: aquello de «Cuando me piden / que les toque rumba / como yo toco, / dicen que todos los rumberos / que hay por ahí ya no caminan, / y que no suenan como hay que sonar, / que tienen la sangre fría, / que no ponen a los cueros corazón. / Y que yo soy un rumbero mayor, / y ese ritmo es mi elemento, / y muy pobre de abolengo, señores, / cuando me piden que les toque rumba… / ¡se vuelven locos!». Luego, ya con todo el grupo lanzado al trote, con los coros disparados y los vientos batiendo hacia el cielo, cantaba eso de «porque la rumba soy yo». Es difícil explicar aquellas emociones al escuchar a Peret levantar la voz (y la mirada, supongo) y reivindicarse de ese modo tras su silencio de años, y más cuando la rumba catalana, durante su ausencia, se había internado en su periodo más oscuro, y desde Francia los Gypsy Kings habían tomado las guitarras y habían hecho funcionar mundialmente lo que aquí se consideraba género caduco. Pero ahí estaba el maestro, clamando a quien quisiera escucharle lo de «Rumbero, te estoy llamando, / rumbero no me respondes, / sé que te llamas rumbero, / si no te has cambiado de nombre», como convocando a los compañeros, retirados, alejados de la rumba, muchos integrados en el «culto». Al tiempo, con esta canción, y desde los minutos iniciales del álbum, volvía dispuesto a reivindicar el trono que en ausencia nunca perdió: «Yo soy el rey de la rumba, / el que a la gente arrebata».

Sí, Peret estaba de regreso, con la voz más opaca que haya quedado registrada jamás en un disco suyo, quizá debido a los años de silencio cantor. Pero de vuelta, e incluso ese oírlo levemente apagado, sin la profundidad, los matices y el gracejo vocal que siempre lo han caracterizado, le daba más valor a este retorno discográfico. Resultaba (y resulta) más conmovedor, pues reflejaba con realismo los años en blanco. Pero lo bueno es que en esta canción de apertura (como en todo el disco), Peret sonaba moderno, actual (de 1991, seamos sensatos). Esta es una de esas canciones que con su ritmo imparable y su conjunción de música, letra e interpretación, valen todo un disco. En todo caso, no era de Peret, era versión de un tema del compositor cubano Norberto Shand. Pero, como es habitual, el de Mataró lo había hecho suyo, tanto que desde entonces suele emplearlo para abrir sus conciertos.

Tras tamaña declaración de intenciones, y queriendo regresarnos al suelo, llegaba ‘No se pué aguantar’, sobre una gitana guapa de cintura bailonga que no te hace caso, sin más. Era como un relajo, como hacernos entender que sí, que era Peret y que solo iba a disparar canciones soberbias (todas las de este disco lo son), pero, tranquilidad, que estamos aquí para divertirnos, que no en vano él mismo había establecido años atrás lo de «Es preferible reír que llorar»: no hay que dramatizar, sí, he vuelto, pero vamos a dejarnos llevar por la buena música.

Y así, hoy como hace veintidós años, uno se pierde en este disco, alucinando con canciones de doble sentido tan logradas como ‘Lo tienes que adivinar’ o ‘Y no provocan’, una rumba con la marca Peret con la que festejar a las mujeres que saben llevar el ritmo y cómo mover la puntita… del pie. O te maravillas ante su capacidad para manejar temas románticos como ‘Sigo enamorado’, una tremenda y sobria canción por los amores eternos llegados hasta la edad madura, o su domino del género canción con la cadenciosa ‘Belén y Tomasa’, en la que presenta la Barcelona preolímpica por medio de la historia de dos cubanas que han ido a vivir a la Ciudad Condal para perderse en una fiesta gitana interminable, y que es todo un dechado de excelente poesía musical popular, además del mejor ejemplo del inconmensurable talento compositor de Peret, al que tantas veces se trata de ningunear o considerar como compositor e intérprete menor. Talento que rubrica en la fetichista y humorística ‘Vestido rojo de seda’ y en la intensa ‘Mentira’, una rumba acelerada.

Para el final, Peret dejó la que sabía era la otra gran canción de estas nueve, ‘Caballo blanco’. En ella, sin bromas, canta sobre los estragos de la heroína, de los que supo por sus músicos años atrás, por los chavales del barrio y por su trabajo de pastor evangelista. Afortunadamente no hay moralina, solo descripción de los hechos mediante una rumba dramática en la que pese a acercarse a las temáticas habituales de la rumba mesetaria de Los Chunguitos o Los Chichos, Peret la enfoca desde la estética de la rumba catalana, en la que no todo es necesariamente festivo.

«No se pué aguantar» es el gran disco de madurez de Peret, el que traza una línea entre su discografía anterior y la posterior. Nunca sabremos si condicionado por el retiro voluntario, pero desde este álbum Peret es otro, dispuesto a llevar las riendas de su obra y lanzándola hacia otra dimensión: ya nunca más flojeará en disco. A las semanas de ponerse a la venta «No se pué aguantar», Peret regresó a los escenarios… y hasta hoy.

Anterior entrega de Operación rescate: “Sin ver el sol”, de Los Brujos.

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