Operación rescate: Christina y Los Subterráneos (Christina Rosenvinge)

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“Nos presentó a una autora que sabía lo que quería y cómo trasladarlo con arte a una canción, con rotundidad pero también con sensibilidad. Es un disco excepcional y poderoso”

Christina y Los Subterráneos (Christina Rosenvinge)
“Que me parte un rayo”
WEA, 1991

 

Texto: JUAN PUCHADES.

 

Por entonces no lo sabíamos, pero Christina Rosenvinge iba a destaparse con el paso del tiempo como una corredora de fondo con tendencia a cambiar de identidad cada tanto. Pero es que en su primer disco en solitario (publicado bajo el nombre de Christina y Los Subterráneos) rompía completamente con la imagen, la actitud y las intenciones del exitoso dúo previo Álex y Christina, y parecía que el viraje hacia el rock (pues de eso se trataba) obedecía a que esta era la verdadera Christina, la que no pudo desarrollarse en aquel proyecto. Hoy, sin embargo, sabemos que todas las Rosenvinge que hemos conocido, desde Ella y Los Neumáticos hasta aquí, han sido reales, las que a ella le ha apetecido ser en cada momento, y es que esta mujer, con una valentía que ya quisieran muchos, ha hecho siempre lo que le ha venido en gana. Y te gusten más o menos algunas de sus etapas, semejante libre albedrío se agradece enormemente.

“Que me parta un rayo” fue una sorpresa no solo porque su autora se afiliara al club de las guitarras eléctricas amparada en una identidad de grupo, lo fue porque la decena de canciones que contenía era perfecta de principio a fin. Diez canciones que se te enredaban en las entrañas desde la primera escucha y que acabaron por hacer de este disco una obra de cabecera generacional, y una de las más logradas del rock español (y que conste que el siguiente elepé no se queda rezagado). Para colmo, los años le sientan estupendamente, pese a que la producción se ve aquejada de cierta falta de espontaneidad y pide un poco de fuego que incendie los bafles. Pero por entonces los discos de rock español se grababan así, cada instrumento por su lado y buscando una extraña limpieza heredera todavía de los dañinos y asépticos cánones de los ochenta. Menos mal que ese mismo 1991 Los Rodríguez grabaron “Buena suerte” y nos recordaron cómo había que descargar rock and roll en castellano en un estudio de grabación.

A Christina, en este primer capítulo de la aventura con Los Subterráneos le acompañaron, esencialmente, los sabinianos Pancho Varona, Antonio García de Diego y Jaime Asúa, responsables de las guitarras. Junto a ellos, estuvieron José Nodar en el bajo y Óscar Quesada en la batería. Pero también hubo colaboraciones de, entre otros, Álvaro Urquijo (Los Secretos) y Alejo Stivel (Tequila).

El disco se abre con ‘Tú por mí’, un tema inspirado por una amiga real que gira, precisamente, sobre la amistad, rota tras pasear ambas por el lado salvaje y una de ellas quedarse instalada allí: «Un día oscuro nos dio por andar / donde los malos tiran y dan, / y siempre hay alguno con porquerías, / siempre hay un día que levantar. / Mucho cuidado con los cocodrilos / vienen despacio y nunca los ves. / Se la comieron sonriendo tranquilos, / yo me di cuenta y me fui por pies». Hubo quienes quisieron ver en él una relación lésbica, pero no iba por ahí.

‘1.000 pedazos’ es una de las grandes piezas de “Que me parta un rayo”, con fabulosa introducción a piano y Christina cantando con una voz maravillosa. Un tema sobre el final de una relación narrado con excelente sensibilidad femenina adaptada al imaginario rock: «Por eso cuando dijo que no me quería / apreté los dientes, dije que me iría. / 1.000 pedazos / de mi corazón / volaron por toda la habitación. / Se quedaron rotos por el suelo, / uno fue a clavarse en su chaqueta de cuero, / los cogí deprisa y me los guardé, / por si hacían falta para otra vez». Ninguna mujer en el rock español había escrito versos como esos (y temo que nadie ha vuelto a hacerlo). Aptos para ser degustados por ambos sexos, sentidos pero sin pamplinas.

‘Pulgas en el corazón’, con letra de Christina y Ray Loriga (su pareja sentimental en aquel momento), preñado de simbología, bebe sin complejos de Dylan: esa melodía, el uso de la armónica, algunos fraseos al cantar no pueden esconder de dónde toman la inspiración. De hecho, la sombra del de Duluth planea sobre todo el elepé, pero es que, en gran medida, su música tuvo mucho que ver con la reconversión al rock de Christina. Ray Loriga firma la letra de ‘Señorita’, musicada derrochando gusto por Christina, atravesándola de sugerentes aires mexicanos, toda una novedad en el rock español de aquel periodo (Sabina no grabaría ‘Y nos dieron las diez’ hasta el año siguiente, que conste en acta). Más rock se ponía la divertida ‘Yo no soy tu ángel’, cantada con mucha guasa hasta llegar a ese divertido final: «Que nos parta un rayo / y que te parta más a ti».

La cara B arrancaba con un monumento, el tema más recordado del disco: ‘Voy en un coche’. Una muy literaria «road song», una canción que parece haber nacido tocada por la varita mágica de las piezas excepcionales, esas con las que es fácil conectar desde el primer instante pero que, a la vez, se sabe que van a perdurar; y así ha sido. Es quizá el tema de todo el disco que mejor representa cómo la voz de Christina, tan aparentemente aterciopelada, se adaptaba perfectamente al rock and roll. Sin duda había encontrado su tono y estilo en este álbum.

El espíritu más pop se abre paso en ‘Ni una maldita florecita’, un tema perfecto sobre los días de plenitud a dos, escrito casi como un cuento de niños, aunque con un final realmente inesperado (y en esos detalles es en los que se aprecia quién sabe narrar en una canción). Confesando su edad en aquel momento («27 años, / y todavía no comprendo / qué demonios hago / pasando frío en el invierno») se inicia ‘Tengo una pistola’, canción de marcada ascendencia loureediana con durísima letra propia (el estribillo dice, ni más ni menos: «Tengo una pistola / por si un día todo falla, / en vez de hacer la cola / poder saltar la valla») y excelente música de Varona y Nodar. Pero todavía hay espacio para más relatos cortantes en ‘Las suelas de mis botas’, una historia de amores ciegos, de entrega absoluta por mucho que sea el daño que te puede ocasionar la otra parte (y que, tal vez, se puede interpretar en clave de lo que hoy llamamos violencia machista).

El final lo aporta una bellísima balada acústica que de alguna manera nos deja vislumbrar el futuro musical de Christina. Un tema de nuevo levemente mexicanizado en el toque de guitarra, en el que busca ‘Alguien que cuide de mí’, relatando qué quiere y qué no del hombre que espera. Aunque hoy, con las noticias que leemos y oímos, quizá resulte chocante eso de «Alguien que cuide de mí, / que quería matarme / y se mate por mí», aunque su intencionalidad, desde luego, es otra bien distinta que la de los tarados que tras matar se matan (en lugar de invertir el orden).

Más allá de que “Que me parta un rayo”, como ya se ha contado, sea patrimonio de una generación, nos presentó a una autora que sabía lo que quería y cómo trasladarlo con arte a una canción, con rotundidad pero también con sensibilidad. Es un disco excepcional y poderoso que pese a muchas de las historias dolorosas que contiene, pone de muy buen ánimo. Luego, Christina Rosenvinge se doctoró con el no menos sensacional “Mi pequeño animal” (merecedor de otra “Operación rescate”) y después comenzó a correr en otras direcciones, a la búsqueda de nuevas identidades. Pero esas son otras historias y otros discos.

Anterior entrega de Operación rescate: Drive-By Truckers.

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