New York Land: Luces y sombras de los directos en NY

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«Nadie es sublime sin interrupción. Todo cuanto amamos tiene fecha de caducidad. Con el tiempo a algunos les cuesta distinguir entre un buen recital y uno flojo. Entonces se abandonan al melodrama y suplen con arengas de corte futbolero el añorado esplendor en la hierba»

Julio Valdeón Blanco anda buscando buenos conciertos en Nueva York, pero no tiene suerte: ni John Fogerty ni Will Hoge dan en la diana. Mientras se pone algún DVD, espera a Springsteen y Cohen.

 

 

Una sección de JULIO VALDEÓN BLANCO.

 

Es seguro que un exceso de información mata cualquier sorpresa. Cuando has actualizado tu disco duro mental con demasiados discos, películas, novelas, la capacidad de asombro, el genuino morbo ante la novedad, incluso la emoción, se antojan difíciles de alcanzar. Uno aparece en los conciertos dispuesto a ser seducido, hambriento, deseando que los artistas me acompañen en los melancólicos bajones, que agiten mi esqueleto, me dejen con la boca abierta, desbaraten mis prejuicios, descorchen truenos, aguijones, centellas, que desanuden la penosa fantasía de que cualquier tiempo pasado fue mejor, más hermoso, consolador, vibrante, lúcido, excitante o bello. En cómo lo recibas puede influir el contraste con el adolescente que fuiste, sabedor de que los hallazgos brillan menos a partir de cierta edad. Nunca asistiré a un recital de Bruce Springsteen, y eso que faltaba la E Street Band, que defendía dos discos mediocres, con la tierna inquietud del 93. Ni veré a los Stones con el pálpito casi infantil de aquel Gijón de entonces. A muchos de mis favoritos –Charlie Parker, Billie Holiday, Sam Cooke, Elvis Presley, Otis Reding, Johnny Cash, etc.– llegué muy tarde tarde. O los pillé en las últimas, aunque con la digna fiereza del que no renuncia a su bien ganados cielos ni a sus terribles infiernos –caso de un destrozado pero dignísimo Camarón. Algunos –el desdeñoso Van Morrison– andaban demasiado viejos, de vuelta de tantos pasotes, ruinas, jolgorios, aventuras y fracasos, vacunados contra cualquier veleidad de asaltar los cielos, meciéndose en un papel lucrativo pero menesteroso –siendo quienes son, habiendo hollado semejantes himalayas– desde un punto de vista artístico, como para disfrutar de otra cosa que no fuera el cheque. Otros –Jerry Lee Lewis, Little Richard– bastante tenían con mantenerse en pie.

Descontada la tiranía de la muerte, para vivir un gran concierto también necesitas suerte. No la he tenido con John Fogerty, al que vi hace unos días en el hermoso y restaurado teatro Beacon, donde Scorsese grabó a los Stones un DVD resultón y algo cansino. Lo acompañaba una aburrida banda de mercenarios. Entre otros, el reputado y solvente, quiero decir insufrible, Kenny Aronoff. Un batería consagrado a la pomposidad, al virtuosismo estéril, al amplificado arabesco y el boato lamentable que asocio a aquellos espectáculos desde el Royal Albert Hall en los que Eric Clapton, Mark Knopfler, Sting, Elton John y compañía, hará dos décadas, liquidaban su estrujado prestigio. Cuando Aronoff se lanzó a ofrecernos un solo de batería mi pareja tuvo que agarrarme de la camisa para que me comportara y no dedicase el resto de la noche a vomitar injurias. En serio, parecía un bolo de Meat Loaf. Menos mal que el repertorio de la CCR aguanta. Fogerty se aplica con estudiado cálculo pero innegables ganas a desengrasarlo. ‘Bad moon rising’, ‘Looking out my back door’ o ‘Who’ll stop the rain’ todavía transmiten. Lo que, visto lo visto, no podemos esperar del hombre de Berkely son meteoros. Ganas de cabalgar tigres. El negocio exige mantenerse fiel a la fórmula ganadora. Su público aspira, o eso deduce él, a disfrutar de una juxebox humana. A corear estribillos y volver a casa, satisfecho y con los juanetes rebeldes después de tanto tiempo en pie, para contarlo mañana en la oficina, ansiolítico para dormir mediante.

Bueno. Nadie es sublime sin interrupción. Todo cuanto amamos tiene fecha de caducidad. Con el tiempo a algunos les cuesta distinguir entre un buen recital y uno flojo. Entonces se abandonan al melodrama y suplen con arengas de corte futbolero el añorado esplendor en la hierba. Si percuten en la senda del grito, si prefieren que coreen sus temas a entornar los ojos para sacarnos el corazón, están en su derecho. Aunque lo lamentaré como lamento cada vez que los mejores sacian su sed y claudican ante el populismo. Abandonada cualquier intención de bucear en los lagos de fuego interiores. Dedicados a congraciarse con el público en vez de vapulearlo. Contemplaré sus viejos logros con la misma inquietud, idéntica pena, con la que me acerco a «Sticky fingers», el «New York» de Lou Reed o los discazos en Capitol de Sinatra. Consciente de que el destino último de la revolución y el amor es traicionarnos. Recuerden Los profesionales, la película de Richard Brooks que siempre cita Carlos Boyero: «Todo amor tiene un enemigo implacable, que es el tiempo. La revolución no es una diosa, es una puta. Nunca fue pura, santa o perfecta. Al final nos vamos, encontramos otro amor, otra causa. Relaciones rápidas. Es lujuria, pero no amor. Pasión, no compasión. Sin amor, sin una causa… no somos nada. Nos quedamos porque creíamos. Nos fuimos porque nos desilusionamos. Regresamos porque porque nos sentimos solos. Morimos porque es inevitable».

Incapaz de resignarme, busco el estremecimiento con alguien más joven. No anestesiado por el inexorable estío biográfico. A Will Hoge lo vi hace tres semanas. En su último disco, «Number seven», ofrece una mezcla de arrebatador rock/soul e insípido country-rock de la peor escuela (no piensen, ni de coña, en los inmortales Byrds de «Sweetheart of the rodeo», en los fugaces y esenciales Flying Burrito Brothers). La gente aplaudió, metida en sus camisas de ejecutivo. Yo suspiré. Bebí cerveza. Volví a suspirar. Me acordé de la parentela, ascendientes y descendientes del alcalde Bloomberg cuando pensaba en los impuestos indirectos y en lo que cuestan las birras. Ansiaba que Hoge se centrara en los perfumes Stax que le han hecho parir gemas como ‘When I get my wings’. En vano. Por cada gran momento, improvisado con pasión y con rabia, que explotaba una voz repleta de fiebre, hubo otros cinco de melodías/chicle, famélicas y convencionales, de las que rozan el AOR y te dejan el bigote untado con sacarina. Fue un recital no falto de atractivos y sin embargo lejos de lo que el talento del protagonista anunciaba. En sus peores momentos, apenas un vodevil para cuarentones que disfrutan de una actuación al año. A ratos, glups, lo imaginé haciendo un dúo con la abominable Taylor Swift.

Así andamos. Aguardando a que Lydia Loveless confirme si toca en NY, con entradas para The War on Drugs y esperanzado ante el próximo bolo, diez de diciembre, de Justin Townes Earle. Anima su juventud. Que sus discos sean, aparte de buenos, recientes. No se trata de un momio que ha hecho de la carretera trámite a resolver sin excesivas pérdidas de orina o penosa demostración de que el mejor homenaje que podemos hacerle es quedarnos en casa con sus discos antiguos. Tampoco se trata de un aspirante al trono empeñado en perderse antes de conquistar el cetro. Entre tanto, consciente de que no siempre los grandes pasean sus miserias de forma acrítica, de que resta vida inteligente, sensibilidad, emoción, fuerza, en algunos de los que tanto amamos, me consuelo sabiendo que Bruce Springsteen y Leonard Cohen sacan disco.

El de Nueva Jersey lleva siglos sin entregar un disco memorable. El último, «Tunnel of love», es de 1987, aunque su último gran periodo compositivo, date de 1982/83, cuando a «Nebraska» y «Born in the USA» sumó decenas de temazos que quedaron inéditos, algunos rescatados en «Tracks», otros todavía perdidos. En directo mantiene un nivel que ya quisiéramos de otros muchos. Jalonado con ocasionales actuaciones ciertamente portentosas, como la de St. Louis 2008 o los dos conciertos del Madison en 2010. Quien crea que ha visto al mejor Springsteen reciente por el DVD en Hyde Park o sus bolos en España no sabe lo que se ha perdido. Añadan a ese tesoro oculto sus actuaciones en solitario. Las de gira «Devils & dust» pasmarán al más cínico si alguna vez editan un ejemplo.

De Cohen todavía rememoro feliz su estupendo concierto en el Radio City Music Hall de hace dos años. No sabemos si habrá nueva gira. Por si acaso me refugiaré en unos recuerdos inmarchitables y en el metal candente que transpira el DVD de su paso por Londres. Si alguien en su discográfica lo convence para publicar algo del tour del 88 ya sería la hostia.

Springsteen y Cohen. Maneras de seguir en el negocio. Cuestión de demostrar que algunos todavía consideran las tablas como algo más que un ratonero medio para sumar ceros a la cuenta corriente. Aunque sumen una pila de años encima no te venden motos gripadas. No especulan como los malos equipos de fútbol. Parecen incapaces de abandonarse a la facilidad, obsesionados en que su voz siga siendo especial. Otros, de los que prefiero no acordarme, debieran de tomar nota. Si es que todavía les interesa la música o respetan su propio legado. Si son capaces de contemplar la realidad sin el filtro distorsionado que les sirven sus genuflexos aduladores y amplifica su feble idea de la autocrítica.

Anterior entrega de New York Land: Calamaro o la inquietante ruta que va de José Tomás al Cordobés.

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