New York Land: Cuando los críticos callan, Lydia Loveless ruge

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«Por vagancia, inutilidad, falta de recursos, quién sabe, caemos con lamentable frecuencia en el fango de un reseñismo estéril, que aborta las prospecciones en el convencimiento de que todo disco se reduce a un estado de ánimo o un nosequé sentimental»

Julio Valdeón Blanco, tira del hilo de una entrevista con el crítico musical Simon Reynolds para preguntarse las razones de la crítica y desde ahí desemboca en la poderosa Lydia Loveless, una creadora de las de verdad.

 

 

Una sección de JULIO VALDEÓN BLANCO.
Foto: PAULA MASTERS TRAVIS.
 

En una fascinante entrevista concedida a Estéban Hernández, Simon Reynolds, «enfant terrible» de la nueva crítica musical y autor de «Retromanía» y «Después del rock», reflexiona sobre el chute de nostalgia que atenaza la música pop, mientras la novedad llegaría desde sótanos y discotecas, generada por unos músicos y oyentes surgidos del «lumpemproletariado». No se trata del pueblo que apacentaba la «intelligenstia» del viejo topo, aquel partido comunista italiano de Gramsci y compañía, ni de barbados músicos folk o antropólogos izquierdistas que recopilaban blues en los magnetófonos de la Biblioteca del Congreso, tampoco de aquellas postvanguardias pictóricas que denunció Tom Wolfe en libelos sulfúricos como «La palabra pintada». A sus oficiantes les importa una higa la emancipación, las tradiciones, el hombre o el arte nuevos, el catálogo de Jsp Records, los libros de Peter Guralnick y los del mismo Reynolds. Experimentan inmunes a la baba de unos indies diríamos reaccionarios, amancebados con las idílicas imágenes de un ayer mitológico, sea el punk, la Costa Oeste de finales de los setenta o la escena londinense de la Nueva Ola. El periodista inglés habla de polarización entre jóvenes de clase media que coleccionan discos y mariposas, de ideología liofilizada y gustos «vintage», frente a chavales sin recursos, medio analfabetos, que viven para el pasote del fin de semana, enganchados a unos vídeos hipersexuales, reactivos a la memoria y surfeando sin conciencia sobre lo único que puede llamarse nuevo aunque el «mainstream» machaque tímpanos y paladares al reciclar sus descubrimientos con divas recauchutadas y r&b de mantequilla.

Ya digo que me sigo con atención Reynolds. En sus análisis aplica metodología historiográfica, herramientas propias del ensayismo duro, y lo borda. Qué lejos de esa crítica fagocitada por la metáfora, que glosa tardes lluviosas, amaneceres púrpuras, cascadas sónicas, chispas de luz. Coartadas para colorear naíf lo que no sabe describir. Por vagancia, inutilidad, falta de recursos, quién sabe, caemos con lamentable frecuencia en el fango de un reseñismo estéril, que aborta las prospecciones en el convencimiento de que todo disco se reduce a un estado de ánimo o un nosequé sentimental, con grave olvido de aplicar el bisturí al contexto, motivaciones e influencias que lo generan, a lo que cuenta en sus letras y traslucen sus surcos, si me conceden el anacronismo, que si no tampoco importa. Reynolds creció en el post-punk, añorando, confiesa, una efusividad o ira perdida, así como los sueños celestes de los sesenta, e interesado «en la contracultura, Yippies, Situacionistas, etc.». Mi posición, no puedo hablar por otros, es distinta. Distinto bagaje, distintas experiencias, incluso distintas filias. Me descubro ante su fineza, aunque tratando de encontrar los puntos de fuga, cimientos y proyecciones de un disco no implica que sean estos los únicos elementos que valore. El bagaje del creador me parece punto de partida, no estación, que será, inevitablemente, la capacidad para abrirme las venas. O sea, lo emocional combinado con lo analítico, no enajenado. Aparte, dudo del precepto según el cual la originalidad deba reinar cual sacrosanto mantra con el que medir pollas. Los afanes por encontrar novedades no siempre rigieron en la historia del arte, han abierto caminos gloriosos y, también, engendrado boutades y encumbrado a jetas. Siguiendo su  hilo en la música actual no encontramos a francotiradores con conciencia de serlo entre las huestes del hip-hop o el dance. Se trata, más bien, de creadores más interesados en la calculadora o el éxito inmediato, tan encapsulados en su búnker sociocultural como puedan estarlo los más recalcitrantes hispters. Con el añadido de que sus propuestas se me antojan más acomodaticias, romas, blandas y/o inofensivas, Disney, de lo que presupondríamos si nos quedamos en la cáscara, en la actitud macho y beligerante que exhiben. Así las cosas el bagaje cultural conspiraría contra el músico. Lo reduce a un profesional del cerrar deudas con dioses muertos o inofensivo colector de hallazgos previos. Engatusado por la potencia persuasiva de un argumento que ayuda a encapsular el mundo, tengo mis dudas. Sospecho que la creación no opera mediante coordenadas establecidas con precisión automática. Aparte, de cumplirse su axioma nos encontraríamos ante un panorama desolador. De un lado el Buen Salvaje, que pinta sus altamirianos frescos sin conciencia de su valor. Del otro, los funcionarios de la leprosería. Envenenados por unos conocimientos que paralizan su imaginación. Encima coloca las largas en lo afroamericano, más los sonidos industriales nacidos en Detroit y la cultura rave, con olvido, muy british, de tradiciones tan ajenas a ese mundo como el country. No importa lo que cantes, si es bueno, malo o torrefacto, sino si yo me creo tu discurso añadiendo un plus de valía según las geografías que conozco y privilegio.

Sin incurrir en el coleccionismo de momias, y aunque no me me interese demasiado la subcultura de las pistas de baile o el narcisismo de tantos indies, prefiero a gente tan lejana a ese universo como, un citar, Lydia Loveless, veintiún añitos, a la que vi tocar el pasado sábado en el Mercury Lounge. De telonera de Scott H. Biram. Loveless viene de Ohio, de un pueblaco de mierda, y la acompaña al contrabajo su marido, Benjamin Lamb. ¿Son sus letras, repletas de alusiones bíblicas, barras manchadas de whisky y peleas conyugales, fruto de un prolongado encierro adolescente entre discos antiguos? Lean, lean: «So turn my heart to paper but seal it with a kiss / So you can write me a love letter in the gravel with your piss». O bien: «I swear the every hangover’s gonna be my last / It looks like only whiskey can kick my ass and make me still come back». Creció entre presbiterianos obsesionados por la cruz y el pecado. Con un padre que tocaba la batería y regentaba un bar honky-tonk, si bien la niña pasaba del rollo y prefirió enrolarse con quince años en un conjunto punk. A los diecinueve publicó su primer disco, «The only man», delicioso aunque pelín conservador por culpa de la producción aplicada por un David Rhodes Brown deslumbrado con los talentos de la muchacha pero convencido de saber cómo domarla. Error. En su segundo largo, «Indestructible machine», finales de 2011, editado por Bloodshot (Alejandro Escovedo, Justin Townes Earle, The Detroit Cobras, Ryan Adams, Neko Case) la pelirroja muestra unos poderes imperiales, un cóctel venenoso de rabia ronckanrolera y ensamblaje country donde destacan unos textos maduros hasta el susto, arrabaleros, pasionales, entre Bukowski, Hank Williams y Lucinda Williams, mezclados con un sonido de sierra mecánica, una voz enorme, con destellos melancólicos que retrotraen a Patsy Cline, más la actitud chulesca, frontal, oxigenante y tocapelotas de la corajuda Loretta Lynn.

Intuyo que a Lydia se la sopla bien soplada ejercer como refinada ave canora que recicla discos antiguos, que pasa bastante de lo que hace avanzar al planeta o lo congela, de si sus pócimas son contemporáneas, postcontemporáneas, posmodernas, posposmodernas o posposposmodernas, de si ha pasado del primer volumen del manual «Cómo ser revolucionaria y no caer desmayada» o si a los críticos les flipa su vozarrón salvaje, de erigirse en puerta del futuro o brújula averiada que señala hacia el pasado, de cortejar a los muy insoportables cazadores de tendencias, seducir a los gilipollas que compran ropa de segunda mano en el mercadillo porque mola y diferencia, del esnobismo de unos y el patán coceo de otros, de  molar o no, de ser acusada de tradicionalista o puntera, sensible, sensitiva o sincera, senil o rompedora. Lo único que de verdad le importa es conocer a sus muertos para después incinerarlos, vampirizar vinilos antiguos, aquellos con los que creció, y a partir de esos barros construir un imaginario personal, visceral, resacoso, hambriento, turbio, berroqueño y longevo. Cuando toca rockabilly le sale outlaw-country y si sintoniza a Cash conjura sin pretenderlo los espíritus de Sun Records, el eco gordo de esas grabaciones sucias donde los bajos retumbaban ultratumba y las gargantas sangraban malheridas. Encuentro a Tammy Wynette, a Dusty Springfield, a Television y a Richard Thompson en su paleta.

Tras acudir a un restaurante en Nueva York y sufrir las conversaciones amplificadas de unos clientes descontentos con las aceitunas, el calentamiento global, el enfriamiento universal y los modales del camarero, escribe en su blog: «No me gusta la gente que habla porque me distrae de mi auténtico propósito en la vida: comer». En «PopMatters» dicen de ella que «si crees en el Rock ´N´ Roll, rezas para que haya gente como Lydia Loveless», los del «Chicago Tribune» elogian su «dureza, ternura y humor», «Absolute punk» sostiene que «‘Indestructible machine’ es el sonido de la promesa, el sonido de la esperanza», para «Uncut» hablamos de «Uno de esos discos de country desenfrenado que ojalá hubiera más gente con huevos para hacerlos».

No encuentro nostalgia de pegote, murga autocompasiva, sentimientos prestados, tampoco hagiografía de fantasmas en sus canciones. Lo que ves es lo que hay, pildorazos de explosiva fiereza y desarmante lirismo, escritos por quien parece haber vivido tres vidas en una de momento muy corta, fagocitando cada hostia para luego modelar unas salmodias lejos la gravedad estudiada, refrescantes como sólo pueden serlo unas canciones a contrapelo, de las que untan el dedo en la hemorragia y luego en el enchufe. Sin popularismo de sainete ni producción repeinada. Viéndolas venir y respondiendo con la maza irónica de quien maneja la tradición a su antojo. Provinciana, no sé si muy cultivada o lo contrario, chica de su tiempo que tira de blog y twitter, muy superior a la mayoría de los conjuntos alt-country que surgieron en las dos últimas décadas, Lydia no es bohemia de pasarela, no mira con inocencia el calendario o le pone velas a una edad de leche y miel que nunca existió. No frecuenta el dubstep británico porque, mira por donde, nuestro planeta no acaba en Londres. En un mes, según me explicó tras el concierto, registrará la continuación a Indestructible machine. Si aman el country sin hervir o el r&r espinoso y buscan a una cantante ni antigua ni cool, atemporal y basta, retengan su nombre.

Anterior entrega de New York land: Todo lo que va muriendo.

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