Muere James Seals, vocalista y compositor del dúo setentero Seals & Crofts

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«Si hubiéramos sabido que [“Unborn child”] iba a causar tal desunión, nos lo habríamos pensado dos veces antes de hacerla»

 

La mitad del dúo Seals & Crofts, James Seals, falleció el pasado 6 de junio a los 80 años. Juan Mari Montes traza un obituario en el que recorre su legado al frente de la banda estadounidense, creadora entre otros himnos de “Summer breeze”.

 

Texto: JUAN MARI MONTES.

 

El pasado 6 de junio falleció el músico y compositor James Seals (Texas, 1942), a los ochenta años de edad. Seals formó parte del célebre dúo Seals & Crofts, una banda estadounidense de los setenta que muchos recuerdan por discos como Summer breeze (1972), y en la que recaló después de foguearse en aventuras musicales como la banda local de rock and roll Crew Cats, Champs —los del clásico instrumental “Tequila”— o The Dawnbreakers, además de formar parte de una sociedad de compositores de encargo que firmó éxitos muy reconocibles para The Monkies, Gene Vicent, Buck Owens o Ricky Nelson, entre otros.

«Por un lado teníamos gente que nos enviaba miles de rosas, pero por otro nos tiraban literalmente piedras. Si hubiéramos sabido que iba a causar tal desunión, nos lo habríamos pensado dos veces antes de hacerla». Unas declaraciones de amor y odio con las que Seals se refería a uno de los puntos más controvertidos y críticos de su interesante carrera: la del desaparecido (y recordado) dúo Seals & Crofts que formó junto a su compañero Dash Crofts. Con esas palabras se refería, más concretamente, a su canción “Unborn child”, un alegado antiabortista difícilmente digerible entre el público joven, universitario, americano, hippy y progresista que podían constituir hasta entonces su más entusiasta tropa de fans en aquellos primeros años setenta y que, sin embargo, habían caído rendidos al sonido acústico, cautivador y preciosista del dúo.

De pronto, aquel embarazoso título auspiciado por los sumos sacerdotes de la fe Bahaí, una extraña religión de raíces persas que preconizaba el regreso de un nuevo mesías al mundo para redimirlo de tanto pecado y desenfreno y en la que los buenos de Seals y Crofts habían quedado atrapados, como otros quedaban colgados de las drogas duras o de otros peligrosos paraísos de dificultosa salida.

 

Auge y caída

El dúo nació a finales de los sesenta y estaba formado por los compositores, cantantes y guitarristas James Seals y Dash Crofts, que consolidaron un proyecto que frecuentaba el rock intimista de influencias folk con preciosas melodías y cuidadísimas armonías vocales, ocupando el mismo espacio en el que sentaban cátedra Simon & Garfunkel, la referencia más evidente, pero también America, Crosby, Stills and Nash, Neil Young o James Taylor, por poner algún ejemplo de las estrellas del momento con las que se codeaban. Sonidos elegantes y soleados, apoyados generalmente en guitarras acústicas, con algún pellizquito instrumental que lo podían acercar al country (Crofts era un virtuoso de la mandolina, a James le encantaba jugar con el violín), pero admitidos también —aunque con cierta displicencia— por la peña más rockera, como una banda sonora bien dispuesta para el oportuno momento de relax y el escarceo amoroso con letras amables, amorosas y con un puntillo de cotidiana filosofía.

Después de un par de discos sin demasiada repercusión, en 1971 y con el apoyo de la multinacional Warner editaron el delicioso sencillo “Summer breeze”, que se convertiría en uno de los temas más radiados del momento no solo en América, sino también en las listas del Reino Unido (en este caso, versionado por The Isley Brothers) y que germinaría con el álbum del mismo título, en el que se incluirían canciones tan estupendas como “Hummingbird”, “The boy down the road” o “Yellow dirt”, uno de sus momentos más dulces y recordados, con el que despacharon la friolera de un millón de copias

Tras Summer breeze, Seals & Crofts editaron Diamond girl en 1973, un disco que volvería a sonar con insistencia en las emisoras del momento, especialmente con la canción que le daba título, seguido de Seals & Crofts I & II en el 74 y “I’ll play for you” en 1975 tras el que editarían un grandes éxitos producido por Louie Shelton del que vendieron tres millones de copias, su momento más álgido.

Lamentablemente, sus posteriores trabajos (Get closer, Sudan village o Takin’ it easy), al tiempo que se acercaban a un rock más convencional e impersonal, iniciaron el declive de su trayectoria, hasta que en 1980 anunciaron su disolución. Hubo reencarnaciones posteriores en 1998, con Today, y en 2004 con Traces, discos con puntuales aciertos que resultaban bastante más fallidos y que fuera del círculo de sus más acérrimos y fans nostálgicos pasaron muy desapercibidos. Ahí se acabó su historia conjunta, que termina definitivamente con el triste fallecimiento de Seals, siempre recordado por aquellos destellos musicales que dejó junto a Crofts.

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