Luis Prado: “A veces llego a pensar que somos más músicos que público”

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“Lo de las frases es anecdótico. Me preocupa mucho más armar historias que valgan la pena”

 

Mientras sigue rodando con Miguel Ríos y Tequila, Luis Prado publica el segundo volumen de “Plays standards”. Un tratado de imaginación y virtuosismo en el que pasa por el filtro de su inconfundible estilo grandes éxitos de Rosendo, Dire Straits, Blondie, Status Quo, Leon Russell o Nirvana. Una entrevista de César Campoy.

 

Texto: CÉSAR CAMPOY.

 

Hace muchos años, uno de los divertimentos públicos de Luis Prado tenía que ver con ese continuo poner a prueba su increíble facilidad para la improvisación y la revisión personal de los temas más variopintos. A la entrada de la sala, el respetable disponía de un bolígrafo y un papel, en el cual escribía el título de la primera melodía que le viniera a la cabeza. El resultado de aquel experimento solía traducirse en un verdadero espectáculo humorístico-musical, en el que más de uno quedaba boquiabierto ante lo sencillo que, para el miembro de The Flauters y Señor Mostaza (y, más tarde, también habitual de M Clan, Ariel Rot o Miguel Ríos), resultaba inyectar un nuevo elixir de la vida a piezas que iban, del ‘Bohemian rhapsody’, a la sintonía de ‘Médico de familia’, pasando por la cabecera del Telediario, o el ‘Another man’s woman’.

Cualquiera con un mínimo de criterio que hubiera asistido a los primeros conciertos de The Flauters, allá por la primera mitad de los 90 del siglo pasado, habría adivinado, rápidamente, que aquellos cuatro músicos sobrevolaban, pese a su insultante naturalidad y sencillez, por encima de la media, en cuanto a curiosidad sonora y calidad interpretativa. Señor Mostaza fue la prueba definitiva, el líquido amniótico en el cual Luis flotaba tranquilo, y del cual absorbió la energía suficiente para lanzarse oficialmente en solitario. Primero, con “Mis terrores favoritos” (Hall of Fame, 2016) y, después, con la serie “Plays Standards” (Hall of Fame), cuya segunda entrega acaba de ver la luz. De nuevo, tan solo piano y voz para hacer suyas piezas, en su mayoría, universales, de artistas que poco tienen que ver entre sí.

 

Andas, en los dos últimos años, sumido en una especie de pasión por rendir tributo a tus fuentes de inspiración: los dos volúmenes de “Plays standards” y el “Señor Mostaza plays Sgt. Peppers​.​.​. Live!”.
Crear un disco con temas propios es muy costoso. Señor Mostaza nunca fuimos de sacar un trabajo por año. Me pongo el listón muy alto y digamos que voy componiendo, pero muy despacio, y tengo la sensación de que cada vez cuesta más no repetirme. Es muy difícil hacer algo original y mantener el nivel. Proyectos como el “Plays standards” me permiten no estar totalmente inactivo. Además, es algo que siempre quise hacer: versiones a voz y piano. Creo que era un buen momento. En resumidas cuentas, todavía no tengo material para un disco entero. Con el tiempo me di cuenta de que el esfuerzo que hice con “Mis terrores favoritos” fue brutal. Fue un año entero componiendo, grabando, haciendo arreglos de cuerdas, viajes a Madrid… Y necesitas volver a tener esa energía para poder sacar un disco que valga la pena.

 

¿Repetirte puede llegar a causarte más molestia o más aburrimiento?
Me preocupa trabajar en un disco y dar la impresión de que no estás aportando nada que no hayas dicho. Yo soy de los que, mientras graba, casi siempre tiene la impresión de que el anterior era mejor. Ahora me pasa. Me puse con “Mis terrores favoritos” porque veía que era difícil superar el listón de Señor Mostaza, en cuanto a canciones para cuatro tíos tocando. Cuando decidí lanzarme en solitario me liberé un poco y di vía a unas cuantas canciones que antes no hubieran aparecido. Ahora “Mis terrores favoritos” también me impone, veo que tuvo muchos más aciertos de los que yo era consciente entonces. Ahora estoy en una especie de acumulación de material, pero no sé por dónde puedo tirar. Ni tan siquiera sé si debería salir bajo el manto de Señor Mostaza o de Luis Prado. De todas formas, mis problemas son más con las letras. Son lo más costoso. La música la hago en un acto espontáneo. Con la letra soy más exigente.

 

 

Evidentemente, hay un trabajo en esas letras, porque la gente siempre recuerda conceptos o frases y dice: “Sí, la canción del hilo musical de Mercadona” o “la de Miguel Bosé o la Ciudad de las Ciencias” o “la de Zaplana”…
Lo de las frases es anecdótico. Me preocupa mucho más armar historias que valgan la pena. Es curioso, porque la canción de Zaplana (‘Mi ídolo de la democracia’) sí que habla de él, pero en la del hilo musical de Mercadona (‘Ojala pudieras ser’) no se habla de Mercadona. La de Arconada (‘Minitragedia de Arconada’) habla de él, pero también de lo que se siente cuando ves sufrir a un ídolo. La de Garci (‘Momento Garci’) me servía para hablar de lo que significa el placer culpable. Björn Borg aparece en ‘Regresos inesperados’, pero la canción trata de algo mucho más profundo. La frase llamativa es una herramienta que a veces he utilizado, nada más. No es lo que más me preocupa. Lo ideal es crear temas que hagan sentir al oyente algo que antes no vivió. Me encanta cuando me dicen que una canción les ha recordado a un momento de su vida, o que un tema les ha hecho sentirse muy bien o muy mal. Decir algo, eso es lo importante.

 

Cuando publicaste aquel “Plays standards Vol. 1” (Hall of Fame, 2016), con homenajes a Bowie, La Mode, The Who, Nacha Pop, Led Zeppelin o Lovin’ Spoonful, ¿ya presagiabas que la partida podría continuar?
Sí, porque quedó pendiente mucho material. Suelo acumularlo sin problemas. En la mayoría de mis conciertos me van surgiendo versiones. Es el placer de la inmediatez, me salen casi sin pensarlas. Me gustan tanto que sé que en algunos conciertos me he pasado con ellas. Me sirve para airearme, tal vez sea de lo que más hago en casa cuando toco. Llevo tanto tiempo haciéndolo que creo que he desarrollado una especie de sello musical para llevar canciones que me gustan o que me apetece pasar por mi filtro para ver qué surge. Me gusta comprobar qué sensaciones provoca. Creo que a la gente le gusta ese punto de distorsión del original.

 

Vayamos con los temas del disco. ‘Everybody’s talkin” es un seguro de vida, un tema universal. Intuyo, por ese complicadísimo ‘fingerpicking’ adaptado al piano, para el que te inspiraste en la versión de Harry Nilsson. Fred Neil se llevó el dinero como autor, pero Nilsson la popularizó.
Sí. No había oído la original de Fred Neil. En este disco me enfrentaba a algunas canciones muy machacadas, y pensé que lo ideal sería darles mi filtro, ya fuera más en serio, más a lo juguetón. Igual en “Plays standards Vol. 1″ había temas menos conocidos. Fue un reto global y, en este caso, con ‘Everybody’s talkin”, el reto era hacerle justicia, cantarla bien y hacer ese falsete final. Como comentas, hay mucha técnica guitarrística aplicada, y eso ya no está tan visto. No es sencillo, y mucho menos mientras cantas.

 

‘Money for nothing’. Hay gente que sigue esbozando una sonrisa condescendiente cuando alguien asegura que le gustan Dire Straits.
Bueno, a mí me gustan muchísimas cosas de Dire Straits, sobre todo, porque Mark Knopfler es un guitarrista único y porque ha creado cosas muy chulas. ‘Money for nothing’ no es, ni de lejos, su mejor canción. Es un tema que crea como una pequeña broma; es deliberadamente macarra, una parodia. Es una canción que todo el mundo ha escuchado. A mí me gustaba mucho el “Communiqué” (Vertigo, 1979); hay cosas del “Making movies” (Vertigo, 1980) que me parecen muy interesantes… El primer cedé que me compré fue el “Alchemy” (Vertigo, 1984). También está justificado que tengan cierta fama de peñazo por esos solos interminables, pero me divirtió mucho dar vida con el piano a una pieza tan guitarrística.

 

Tampoco tiene desperdicio “Love over gold” (Vertigo, 1982).
¡Ah, claro! Ese también me gusta mucho. Tenía ‘Private investigations’, ‘Industrial disease’, ‘Telegraph road’, que tiene un par de pasajes brutales.

 

Eres un músico curtido y un pianista virtuoso, no suele costarte pillarle el punto a cualquier canción. En el proceso de gestación de este disco, ¿hay una labor de pulido costosa?
No. Prima la inmediatez. Últimamente, por ejemplo, doy mucho el coñazo con el ragtime. No paro de invitar a la gente a que me diga canciones, para pasarlas por el filtro del ragtime veloz. No es un proceso meditado. Ni tan siquiera tengo que ponerme a buscar las canciones, porque en mi cabeza están muy claras. Las versiones que toco no significa que sean mis favoritas. De hecho, casi nunca acabo haciendo mis favoritas. No lo es ‘Money for nothing’, y tampoco lo es ‘This time tomorrow’, de The Kinks. De hecho, este disco, el “Lola versus powerman and the moneygoround, part one” (Pye Records, 1970), tiene temas tremendos, pero un día me puse a tocarla y me convenció el resultado.

 

‘This time tomorrow’ es un tema muy pesimista, en torno a la monotonía de formar parte de un grupo de éxito, la industria, la desconexión con la realidad y la familia…
Sí. Sin conocer la letra a fondo, su música ya deja traslucir una tristeza evidente. En este caso sí tuve que revisar el texto, porque no me lo sabía al dedillo. Sabía de qué hablaba, porque el disco, en general, está impregnado de ese desencanto con la industria musical.

 

‘Heart of glass’. Es curioso, pero, hasta que no escuchas tu versión, no eres consciente de que un tema como ese puede acabar convirtiéndose en una suerte de ragtime.
Yo tampoco lo tenía claro. Un día, jugando, haciendo el tonto, surgió. Es un estilo que he frecuentado muchísimo, y para mí era un reto.

 

 

¿Todas las canciones son susceptibles de mutar de una manera tan radical, o algunas se prestan más que otras?
Supongo que todos los temas se pueden retorcer. La cuestión es si el resultado es interesante o no. Y ‘Heart of glass’ queda bien, y puede llegar a resultar que, si no conoces la interpretación de Blondie, pase como un tema original de aquella época. Señor Mostaza hicimos durante mucho tiempo, en directo, una versión cabaretera de ‘Enamorado de la moda juvenil’, porque yo leí en una entrevista, o al menos me parece recordarlo así, que Santiago Auserón, cuando rememoraba aquella época, aseguraba que comentaron: “Vamos a convertir en rock este pasodoble que nos han traído”. Y yo comencé a imaginarme que ese pasodoble podía ser ‘Enamorado de la moda juvenil’. Y la reconvertimos en cabaretera, y siempre funcionó. Pues, igual, ‘Heart of glass’, no fue en sus orígenes como la interpretaron Blondie. Igual, en sus orígenes, era más rápida y se acompañaba del ukelele.

 

‘A song for you’. Con Leon Russell, uno de tus pianistas preferidos, has sido menos heterodoxo. ¿Cuestión de máximo respeto?
Bueno, yo le he metido un solo kilométrico que no tiene el original. El aire sí que es el mismo, aunque Leon lo canta todo por arriba. La melodía original es muy aguda, incluso, para él. Se pasa toda la canción casi sin llegar. Tampoco es mi canción favorita de Leon. Hay otras que me divierten mucho más, esta es más clasicona. Pero he ido cogiéndole cariño a ‘A song for you’, y la progresión de acordes me daba mucho pie para poder ir haciendo cada vez solos más raros. De repente me tiraba horas, con la rueda de la canción, haciendo solos.

 

‘Loco por incordiar’. Es uno de los temas de tu infancia, mucho más elaborado de lo que muchos podrían pensar.
Sí. Hay ahí un juego de acordes que mola mucho. Hay un par de cambios que te descolocan. No es el clásico la-re-mi. Además, Rosendo me cae muy bien, y tiene mucho ritmo en las letras. Este tema me encanta, como me encantan ‘Agradecido’, ‘Pan de higo’…

 

¿Quién te iba a decir a ti, con 10 ó 12 años, que acabarías trabajando con el productor de aquel disco de Rosendo, Carlos Narea?
¡Fíjate! ¡Pues dímelo con el “Rock & Ríos” (Polydor, 1982), que me lo sabía de memoria! El otro día hablaba con Coque Malla, que colaboró en mi disco en solitario, y yo alucinaba. También me pasó con Alejo [Stivel] y Ariel [Rot], y, luego, ya acabar girando con ellos tocando canciones de Tequila… Todo esto tiene una parte de increíble.

 

‘Here today’. Históricamente, otra de tus fuentes de inspiración son The Beach Boys. Desnuda, incluso, se aprecia mucho mejor esa pasión barroca de Brian Wilson por Bach.
Esta es la versión que más tiene de homenaje. Es una canción que se compuso al piano, además. En el programa de Ángel Carmona (“Hoy empieza todo”, de Radio 3) decidieron hacerle un homenaje al “Pet sounds” (Capitol, 1966), y, a pesar de que todos coincidimos en que el ‘God only knows’ es la cima creativa de la belleza, ‘Here today’ siempre me encantó. Y la grabé en el estudio de Roger (Garcia, RPM) para el programa, y quería publicarla para que no acabara en el olvido.

 

‘Gimme shelter’ es una canción que impone mucho. Hace que te acuerdes de Brian Jones. De todo el mal rollo de aquel momento en The Rolling Stones, de él flotando en la piscina…
¡Es que es una canción que transmite un mal rollo! Tiene mucho que ver con Altamont, la usa mucho Scorsese en sus películas, la música la hace Keith en un momento en que piensa que Mike se está acostando con Anita Pallenberg… Tiene algo muy diabólico, y también muy emocionante, y yo siempre he tenido la sensación de que, si no la tocan los Stones, es un coñazo absoluto repetitivo. Y hay una parte de mí a la que le gusta mucho, y otra que quiso averiguar si era capaz de transmitir algo con ella, a través del piano, teniendo en cuenta que es una composición muy guitarrera.

 

‘Whatever you want’. Tu versión tiene un aire medio romántico y, en ocasiones, bucólico, que no se si era buscado.
Ahora mismo no sé decirte cuándo se me ocurrió transformarla en una canción de Simon & Garfunkel. Recuerdo que sonaba en mi casa en Nochevieja. Tenía el sencillo. Lo ponías, y eso significaba que ya había comenzado la fiesta. Es una canción muy garrula y machacona, pero me sigue gustando.

 

‘It was a very good year’. Es un tema muy peculiar, porque habla de los diferentes tipos de chicas con los que el cantante (o el autor, Ervin Drake) tuvo relaciones a lo largo de su vida, pero lo hace bajo una atmósfera repleta de añoranza o resignación.
Melancolía pura y dura. Es muy triste. Cualquier canción que habla del paso del tiempo tiene ese componente pesimista. Hay una versión anterior a la de Sinatra, de The Kingston Trio, mucho más complicada. Bueno, es como un juego. Me dije: “Con esta voz que tengo yo, voy a cantar una canción que inmortalizó Frank Sinatra”.

 

‘Smells like teen spirit’ es otra de esas revisiones totalmente inesperadas. Como en el caso de ‘Heart of glass’, solo instrumental.
Es un divertimento. Jugar con el extremo. El himno grunge por excelencia, revisitado al piano de esa manera tan peculiar. Posiblemente es la canción del disco que menos en serio me tomo.

 

‘Thunder road’. Hablas, en el libreto del disco, de que su inabarcable letra fue la primera de estas características que te aprendiste. Musicalmente, ¿qué te llamó la atención la primera vez que la escuchaste?
Era la canción con la que se iniciaba una caja que salió en España de cinco vinilos de Bruce Springsteen. Era a piano y voz, y siempre me gustó. Me pareció muy bonita, aunque siempre esté dándole vueltas a los mismos acordes. Posiblemente fue una de las primeras canciones que me dio por cantar. Un día le di un ligero toque country, para darle un aire diferente, y pensé que valía la pena grabarla.

 

Con Carlos Soler, que se encarga de la producción, no habías trabajado nunca, ¿no?
¡Qué va!

 

¿Llegaste a conocer Damien Lott, aquel proyecto en el que él, prácticamente, se lo guisaba y se lo comía todo? Aquel disco, homónimo (“Absolute beginners”, 2010) incluía temas mágicos como ‘Erase and fall’, muy The Beatles y The Beach Boys.
Sí. De eso le conocía. Había visto un par de vídeos, y uno de ellos era el ‘Erase and fall’. Me pareció brutal. Y me hizo gracia, porque pensé: “Mira, uno como yo, que se pone a tocar todos los instrumentos”. En este tipo de disco, la función del productor es muy limitada. Pasó lo mismo con el primer volumen de “Plays standards” y José Nortes. El papel, en este caso, suele ser más de técnico y primer oyente. Hay que hacer sonar muy bien el piano y la voz. Te va dando referencias de cómo va saliendo. Y ha de conseguir que te sientas muy bien con él, porque estamos hablando de un proceso muy solitario, muy íntimo. Y lo ha conseguido.

 

Tal y como avanzabas, vuestro camino es muy parecido. En “Mis terrores favoritos” te encargabas de todos los instrumentos. A medida que un músico alcanza cierto grado de virtuosismo, ¿tiende a pensar que nadie puede llegar a expresar aquello que tiene en la cabeza?
Eso suele pasar a veces, pero para mí no son aspectos excluyentes. En ocasiones te va a pasar que tengas que intentar explicar a otros músicos cómo te gustaría que fueran las cosas, y, en otras, serán los músicos los que te den un extra que tú no tienes. Con Señor Mostaza hay una sensación muy chula cuando vas construyéndolo todo, y cuando te juntas con el resto, compruebas que todo suena tan estupendo… Es un placer compartido. Ambas cosas están muy bien.

 

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“Supongo que todos los temas se pueden retorcer. La cuestión es si el resultado es interesante o no”

 

Hace varios años nos comentabas que no descartabas, en un futuro, producir. ¿Se va acercando ese momento?
¡Uf! Cada vez me parece más difícil, sobre todo si trabajas conmigo. Me puede parecer tentador producir una canción de alguien, a ver qué tal, pero, un disco… es una suma enorme de decisiones. Con los productores que yo he trabajado, (José) Nortes y (Carlos) Raya, además, son técnicos de sonido, y yo no controlo nada de ese tema. Me parece muy complicado. Hay tantas decisiones que tomar, tanta exigencia y te acabas volviendo tan paranoico, que no sé si sería buen productor.

 

Son cinco años ya sin un disco de Señor Mostaza, desde aquel “Delitos y faltas” (Hall of Fame, 2013). ¿El proyecto sigue en modo pausa a medio o largo plazo?
Lo más complicado es sacar tiempo para grabar y, sobre todo, para tocar. Los cuatro hemos estado muy liados. Paco (Tamarit), hasta hace un tiempo, estaba más libre, pero ahora está girando con La Casa Azul. A mí me gustaría que si hiciéramos un disco pudiéramos defenderlo en directo, y no sé si, ahora, se dan esas circunstancias.

 

Sigues inmerso en la gira Symphonic Ríos. Miguel te capturó, años atrás, para aquel “Bye bye, Ríos”, y ya no te ha soltado. ¿Es fácil trabajar con él?
Sí, porque le da mucho valor al músico. Además, delega mucho en José Nortes y yo llevo mucho tiempo trabajando con él. Los dos, desde pequeños, éramos muy fans del ‘Rock & Ríos’. Lo teníamos memorizado. Por eso nos ponemos de acuerdo enseguida, trabajamos muy bien juntos.

 

Personalmente, hay tres temas en la carrera de Miguel Ríos que me llaman la atención: ‘Antimusical’ (que marca la transición de Philips a Sonoplay), ‘Yo solo soy un hombre’ (de la época en la que colaboraba con Fernando Arbex) y ‘El ruido de fondo’, la canción que compusieron los hermanos Auserón para él y su disco “El año del cometa” (Polydor, 1986), publicado tras los bombazos de “Rock & Ríos” (Polydor, 1982) y “El rock de una noche de verano” (Polydor, 1983). ¿Con qué tres picos te quedarías tú?
Para mí, un pico de Miguel lo marca “Memorias de un ser humano” (Hispavox, 1974). Es un disco brutal, muy interesante. Incluye un tema de Guzmán, ‘Desde mi ventana’, fantástico. Cuando se habla de esa época se suele mencionar “La huerta atómica” (Polydor, 1976), y este me parece mucho mejor. Recuerdo que, cuando comencé a ensayar con él, me encantaba tocar ‘Generación límite’. Y, ahora, estamos interpretando ‘Los viejos rockeros nunca mueren’, que me flipa. Y ‘No estás sola’, ‘El rock de una noche de verano’ o ‘Despierta’… Bueno, ¡y ‘Todo a pulmón’!

 

Que es una canción de piano y voz.
Imagínate cuando la toco yo solo con él. Es un momento muy especial.

 

También estás de gira con Tequila.
Sí. Tienen una discografía tan intensa y reducida en el tiempo… Hay una que se llama ‘Ring-ring’ que tú, como avezado conocedor de The Flauters, podrás relacionar con ‘Oye, me escuchas’. Me gusta mucho tocar el ‘Rock & roll en la plaza del pueblo’, ‘Me vuelvo loco’… Muchas de esas canciones no tenían piano y he tenido que improvisar un poco. El sonido Tequila lo es de guitarras.

 

También tuviste protagonismo este verano en el programa de la SER, “La lengua moderna”.
Sí. Ellos utilizaban una de mis canciones como sintonía (‘Bipolaridad’), y esta temporada habían decidido llevar gente a tocar. Me había llegado que Quequé era un poco fan de Señor Mostaza, y decidieron invitarme al estreno de esta temporada.

 

Tu entrada, años ha, en M Clan, marcó el inicio de una serie de encuentros posteriores con innumerables artistas como Miguel Ríos, Fito, Ariel Rot, Coque Malla, Guille Milkyway… Hubo una especie de visualización de Luis Prado en Madrid, y el boca a boca de los músicos funcionó bastante bien. De todas maneras, siempre se te ha podido seguir viendo como un tipo normal, poco dado al exhibicionismo. Tú nunca has tenido espíritu de estrella del rock.
Quiero creer que sigo siendo el mismo tipo. Es una sensación que está muy bien. Sobre todo, tener el privilegio de trabajar con mucha de la gente de la que tú has mamado muchas de las cosas que sabes a nivel musical. Casi todos los artistas, los músicos, estamos un poco chiflados, pero yo creo que no estoy más chiflado que antes.

 

¿Sigues sintiéndote cómodo combinando tu labor como pianista en el Conservatorio, y tu faceta profesional como compositor, músico y colaborador? ¿Nunca se te ha pasado por la cabeza centrarte, únicamente, en el universo pop y rock; incluso irte a vivir a Madrid?
No tanto lo de ir a Madrid, porque tengo un hijo, y creo que me sentiría raro. Yo, hasta ahora, he trabajado en el Conservatorio a media jornada, y me gustaba, porque todo lo que he hecho como músico colaborador, lo he hecho porque me apetecía. Ahora, creo que las cosas en el Conservatorio van a cambiar, y eso me está haciendo replantearme ciertas cosas. Estoy teniendo bastante volumen de trabajo, y es posible que, en un momento dado, no pueda compatibilizar ambas cosas. ¿Por qué me decidiré? Ahí estoy, porque, además, la enseñanza profesional está planificada de tal manera, que está casi penalizado tener actividades fuera del Conservatorio.

 

Hay quien dice que tanta oferta musical, propiciada por el contexto en que vivimos, acaba saturando. Que es imposible estar a la última y tratar de descubrir nuevas propuestas, y que, por eso, muchas personas han optado por refugiarse en la música que escuchaban cuando eran veinteañeras, o en los clásicos.
Vamos, lo que dicen que pasa a partir de los 30. Es cierto que, antes, tenías muchos menos vehículos para descubrir cosas nuevas. El abanico era menos amplio, y podías ir picoteando aquí y allí, tranquilamente. Ahora hay mucha oferta. Siempre pienso que ya me pondré con lo nuevo, porque todavía me queda mucho que descubrir de los clásicos. Sí, te llega a abrumar tanta oferta. No sé. Yo, cada día, me sorprendo de la cantidad de gente que sigue tocando, sobre todo, teniendo en cuenta cómo están las cosas. A veces llego a pensar que somos más músicos que público.

 

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