Los primeros pasos de Kris Kristofferson

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“El álbum ‘To the bone’ duele, dejémoslo claro, y su dolor se aprecia en una voz que vuelve a emocionar”

 

El próximo 22 de junio, Kris Kristofferson cumplirá 80 años. Para celebrarlo, Legacy recopila lo mejor de su discografía, una caja de dieciséis discos que disecciona minuciosamente Juanjo Ordás.

 

Texto: JUANJO ORDÁS.

 

Kris Kristofferson es el hombre que quería escribir y escribió, el hombre que no quería cantar, pero cantó. Es el tipo que podía haber tenido una vida gris y cómoda pero decidió dedicarse a lo que su corazón le pedía. Fue el caballero que aterrizó un helicóptero en el jardín de Johnny Cash para darle una de sus canciones, y quien revolucionó el panorama musical a la altura de figuras como Dylan. “The complete Monument & Columbia album collection” (Sony 2016) es una caja que incluye casi todo lo grabado por Kristofferson en sus primeros diez años de carrera, toda una celebración a la que nos sumamos desgranando su lujoso contenido.

 

“Kristofferson” (Monument, 1970)
Notable en su confección, sus malas ventas se explican por la renovación que aporta Kristofferson a Nashville. Un fracaso comercial parejo a lo crudo de la voz del músico, a su forma de cantar, descarnada, adusta y real (su introducción en ‘To beat the devil’ es antológica, un ejemplo de texturas). El mundo del country no estaba listo para él. A lo mejor es difícil creer que a nadie le importase hasta que Janis Joplin grabó ‘Me and Bobby McGee”, pero así fue, aunque hay que ponerse en contexto. Hoy día se puede valorar sin prejuicios. El disco contenía también las primeras versiones de Kristofferson de ‘Help me make it through the night’, ‘Sunday morning comin’ down’ y ‘Darby’s castle’, todas ellas popularizadas por ilustres voces. Aquí estaba también ‘Blame it on the Stones’, una crónica generacional a revisitar. “Kristofferson” es un disco para escuchar una y otra vez, por su honestidad y verdad, que nos recuerda que un buen cantante es aquel que aspira y expira sentimiento. Kris Kristofferson no disfrazada la realidad, sino que la canta como la ve.

 

 

“The silver tongued devil and I” (Monument, 1971)
A parte de la atractiva poesía de su título (“El diablo de la lengua de plata y yo”), “The silver tongued devil and I” suena más ambiental que el debút, más rico pero musicalmente mucho más envolvente (un buen ejemplo es el tratamiento de guitarras en ‘Billy Dee’). No incluye tantos clásicos (sí ‘Jody and the kid’ y ‘The taker’), pero es más accesible. La voz está más pulida, menos bruta. Hay mucha instrumentación, lo que amplía hasta el infinito las posibilidades de los arreglos, especialmente cuando se usan cuerdas en momentos como ‘Breakdown (A long way from home)’. Tuvo el éxito que se le negó al debut, confirmándole como un autor de importancia.

 

“Border lord” (Monument, 1972)
La riqueza musical sigue ahí y la asociación con el capo de su discográfica y productor Fred Foster empieza a alcanzar su cumbre a nivel sonoro. Esta vez la batería se trabaja con ahínco, hay un ímpetu distinto al de los discos previos. En este trabajo ya ha empezado a compaginar su carrera como actor con la musical, pero su calidad como escritor no disminuye. “Border lord” puede mirar de tú a tú a “Kristofferson” y “The silver tongued devil and I”. ‘Burden of freedom’ hiela la sangre como un himno a la incomprensión con una percusión es épica y en ‘Little girl lost’ los teclados añaden drama, ampliando espectro sonoro, con un Kristofferson que impone tanto respeto como Johnny Cash.

 

“Jesus was a capricorn” (Monument, 1972)
La confirmación de la estabilidad. El músico está casado (en la portada sale con su esposa, la cantante Rita Coolidge y da gusto verlos tan felices) y sus discos venden, pero la racha se va a terminar. Junto a Coolidge grabaría el exitoso “Full moon”, un disco en plan pareja con una portada terrible que funciona bien, pero a partir de ahí se inicia una cuesta abajo comercial que tampoco tiene explicación, porque sus discos seguían siendo notables. “Jesus was a capricorn” es una obra redonda, siendo junto a “Kristofferson”, “The silver tongued devil and I” y “Border lord” su obra iniciática dorada, sin denostar sus siguientes trabajos, porque en todos ellos hay buenas canciones. La elegancia de ‘Nobody wins’ y ‘Enough for you’ es alucinante (con una perfección a los coros digna de elogio en la primera y un pedal steel que llora en la segunda), pero también hay contundencia en ‘Jesse Younger’, una de las mejores canciones de la colección, con un ainstrumentación llena de groove. Por supuesto hay que destacar también ‘Why me’, el gran single.

 

 

“Spooky lady’s sideshow” (Monument, 1974)
Un disco pesimista, pero ese es su encanto. Llega el productor David Anderle y se inicia una nueva etapa. Canciones como ‘Broken freedom song’ (de cadencia lenta con acústicas exquisitas) y ‘Stairway to the bottom’ (un country prototípico bien llevado, que ahonda en la tristeza) no engañan, “Spooky lady’s sideshow” no es un disco como los demás, sino uno para escuchar en circunstancias emocionales concretas. ‘Shandy (The perfect disguise)’ entra arrastrándose con pesadumbre. No vende tanto como los álbumes anteriores (era muy difícil que un público amplio conectara con este disco), pero gracias a los artistas de éxito que graban sus canciones, Kristofferson sigue en auge.

 

“Breakaway”, de Kris Kristofferson & Rita Coolidge (Monument, 1974)
El segundo disco con Coolidge, además de tener una portada más bonita y natural que el primero, supone también la reunión con Fred Foster, aunque solo para esta ocasión. El disco se nutre de buenas versiones, Kristofferson aporta solo tres temas, y la novedad, ‘Slow down’, tampoco es nada especial, apoyándose en unos coros típicos. Es un trabajo curioso, pero pierde relativa personalidad, suena más normal que especial.

 

“Who’s to bless… and who’s to blame” (Monument, 1975)
El primer trabajo en el que el músico llama al fantástico guitarrista Fred Tackett (habitual de Little Feat y después Dylan) y uno de sus mejores trabajos, volviendo a poner las cosas en su sitio tras “Breakaway”. Un disco ácido y complejo en su planteamiento, que casi parece una conversación constante de Kristofferson consigo mismo a la que los demás tenemos el privilegio de asistir. Pese a haber sido siempre un músico maduro (sus primeras canciones le mostraron ya como un tipo muy centrado), “Who’s to bless… and who’s to blame” sería el primer disco en el que trata de dialogar con el mundo exterior en lugar de reflejarlo. La inicial ‘The year 2000 minus 25’ ya deja claro que Kristofferson sigue siendo el mismo y que está hecho una apisonadora. Casi se puede decir que “Who’s to bless… and who’s to blame” está sobreproducido, pero es innegable que es un gran trabajo.

 

“Surreal thing” (Monument, 1976)
Mantiene a gran parte de la banda del álbum anterior y se refugia en canciones antiguas que tenía firmadas desde hace tiempo, lo que se traduce en un disco bien tocado, pero quizá de solidez menor. De nuevo la producción vuelve a abrigar y el músico nos deja canciones que son ciertamente cool, como ‘Killing time’ (con una slide poderosa) y ‘The golden idol’ (con unos teclados aplastantes y gran fevor), aunque el nivel baja hacia la corrección.

 

“Easter island” (Monument/Columbia, 1978)
En una primera estancia su portada puede chocar, pero tras comprobar el contenido aceptas que es la única posible, porque estamos ante un disco francamente bueno y honesto, el mejor desde “Jesus was a capricorn”. No sobra ni una de sus diez canciones, vuelve a estar en plena forma después del desilusionante “Surreal thing”. Comienza con sencillez, con leves arpegios en una ‘Risky bizness’ que va entrando en calor y conecta con la belleza acústica de ‘How do you feel (About foolin’around), de armonías memorables. De ahí al paraíso, incluyendo la hermosísima ‘The bigger the fool (The harder they fall)’, jodidamente memorable.

 

 

“Shake hands with the devil” (Monument/Columbia, 1979)
Vuelve Fred Tackett con mayor protagonismo que en “Who’s to bless… and who’s to blame”, lo cual solo puede ser una buena noticia, pero en “Shake hands with the devil” el músico de Texas suena cansado. Con su mesiánica portada, el disco cumple, pero solo eso. La producción tampoco es la mejor, con detalles demasiado sintéticos como los teclados de ‘Lucky in love’.

 

“To the bone” (Monument/Columbia, 1981)
Aquí hay un cambio de productor: es el turno de Norbert Putnam, un especialista de Nashville. Pero si destaca “To the bone” es por tratarse de un disco de ruptura. Kristofferson se ha divorciado de Coolidge, pasa por malos momentos y se aprecia en las canciones. “To the bone” duele, dejémoslo claro, y su dolor se aprecia en una voz que vuelve a emocionar. Era el momento de lamerse las heridas y lo hizo, incluso rockeando duro en ‘Star-crossed’ y ‘The devil to pay’, dos temas a rescatar. Mientras tanto, su discográfica se va a pique y con ella parte de su carrera.

 

Los extras

La caja contiene cinco discos extra con material tan interesante como la obra de estudio. El primer cedé, “Live at the Big Sur Folk Festival”, es un muy buen directo de 1970, inédito a excepción de dos canciones. Ambiente muy real, un público muy auténtico y un show muy folk. Una de las grandes bazas de esta caja. Le sigue “Live from RCA Studios”, otro directo de su primera época registrado en 1972 también inédito, con un sonido cálido y una interpretación muy cercana que merece la pena disfrutar. “Live at the Philharmonic” ya había sido lanzado en 1992 aunque grabado en 1972. Tiene un sonido grueso bastante rockero y su escucha es adictiva.

Fuera de shows en vivo, el cedé titulado “Extras” contiene valioso material, especialmente aquel lanzado como single, siendo menos interesante –aunque necesarios a nivel de completismo– los temas provenientes del disco colaborativo “The winning hand” y de la banda sonora de la película “Songwriter”. Finalmente, en “Demos”, encontramos eso mismo: maquetas muy interesantes que nos acercan a un Kris Kristofferson íntimo.

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