Los cielos cabizbajos, de Lagartija Nick

Autor:

DISCOS

«Una de las obras conceptuales más ambiciosas y atrayentes de los últimos años»

 

 

Lagartija Nick
Los cielos cabizbajos
MONTGRÍ, 2019

 

Texto: DAVID PÉREZ MARÍN.

 

Bajo el cielo roto, caótico y humeante de las guerras, empapado de gritos, sirenas y lágrimas que jamás se secaran del todo, nacen Los cielos cabizbajos. Estallidos de odio salvaje sobre poblaciones civiles e inocentes que sufrieron la descarnada lucha por el poder que jugaron gobiernos y empresas sin escrúpulos durante el siglo XX. Una imperdonable y cobarde siembra de muerte que Jesús Arias recorrió en sus notas y versos, soñando tejer un poema sinfónico que homenajeara a las víctimas de tantas barbaries, dándole voz a los sin voz y cociendo, aunque solo fuera un poco, esas inabarcables heridas de la sinrazón.

Jesús, el mayor de los Arias, periodista y músico granadino, líder de TNT (una de las bandas seminales del punk español), guía y compañero de aventuras de Joe Strummer por cada rincón de Granada, fue un explorador incansable de nuevos caminos culturales y siempre estuvo al lado de los más grandes, como Enrique Morente, siendo partícipe de la gestación del descomunal Omega, y abanderando también proyectos individuales en los que soplaban vientos colectivos, como su cantata Mater Lux, donde se rodeó entre otros de Eric Jiménez, Soleá Morente y el cantaor Juan Pinilla. Lagartija Nick, con Antonio Arias a la cabeza, han retomado y surcado el poemario oceánico que su hermano tenía entre manos para este faraónico proyecto, a veces actuando solo de arreglistas y otras desbrozando, añadiendo y acotando ese universo inacabado en el que trabajó Jesús hasta el día de su muerte.

Con Los cielos cabizbajos, Lagartija nos regala no solo una de las obras conceptuales más ambiciosas y atrayentes de los últimos años, también se antoja como un álbum cumbre en su trayectoria, llamado a ocupar por su contenido y forma un lugar en el olimpo de discos que marcan un antes y un después en la música. Una sinfonía poética llena de aristas y claroscuros en la que recorremos ciudades devastadas por la guerra y sentimos su caos a cada paso, y entre tantas grietas, fuego y cenizas, un hilo de luz y amor se extiende y siembra esperanza a lo largo de sus surcos.

El quinteto formado por Juan Codorniú, Eric Jiménez, M.A.R. Pareja, J.J. Machuca y Antonio Arias ya homenajeó al precursor más lorquiano del punk granadino en su anterior y notable Crimen, sabotaje y creación (2017), haciendo suyos dos temas de Qüasar (proyecto último que capitaneó Jesús Arias), “Agonía, agonía” y “Europa, Europa”. Ahora la banda da un billón de pasos más y, siguiendo el cuaderno de Jesús, se funde con el Coro de Cámara y la Orquesta de la Universidad de Granada, más el piano de David Montañés, creando atmósferas y texturas de una belleza inenarrable por momentos, que a veces parecen describir por sí solos paisajes que superan cualquier ficción fílmica. La orquestación y su respirar propio late al ritmo que marca cada pieza, ya sea con claridad cegadora en la inicial e instrumental “Nagasaki”, difuminándose en “Europa ío” o cediéndole el centro del huracán a los sintetizadores en “Introducción a la guerra”.

Si en los «ojos de amianto y brisas de muerte» de “Acción reacción” la banda al completo toma las riendas, con batería, bajo, guitarras y teclados en primera línea de batalla, pronto una voz invitada — con una fuerza simbólica extra— irrumpe y comparte protagonismo con Antonio Arias (que canta con más sentimiento que nunca en este trabajo): la del corresponsal de guerra Jon Sistiaga. El periodista locuta la conmovedora intro de los Romeo y Julieta de “Sarajevo”, Admira Ismic (bosnia musulmana) y Bosko Brkic (serbio ortodoxo), asesinados por francotiradores en un puente cuando huían del conflicto bélico, en una de la pista más emocionantes del álbum; y en el cierre de “Somalia”, broche desolador en el que la narración de Sistiaga nos araña por dentro: «En Somalia, decir que alguien es un muerto de hambre no es un insulto, es una obviedad. Y quizás repetir que casi un millón de personas están en riesgo inmediato de hambruna, o que tienen la mayor tasa de mortalidad infantil, suena ya a letanía. Aquí la vida no vale nada y se mata por muy poco. Desde la ventana de mi hotel en Mogadiscio, me acuerdo de ese viejo proverbio somalí: “Yo y mi clan contra el mundo. Yo y mi familia contra el clan. Yo y mi hermano contra la familia. Yo contra mi hermano”. Así es el caos».

Del amanecer de “Buenos días, Hiroshima”, que es cielo y fuego incontrolable, a la también radiante y pegadiza “Este es el plan (Eah weah leah)”, ambas tan palpitantes de tristeza y destrucción, como de armonías resplandecientes, entre las que es fácil encontrar ese rayo de sol hernandiano que siempre deja en la lucha la sombra vencida. Puede que estos sean los dos temas en los que, musicalmente, resuena con más energía ese latido esperanzador que encierra todo himno de paz, justicia y libertad universal.

Lagartija aceleran y los ritmos y versos lorquianos, con el espíritu de Omega a flor de piel incluido, reaparecen y toman vida propia en esos «enigmas que arden como heridas» en la descarnada “Nueva York” o en “Guernika 2019 (Zer egiten arrainak)”, con esos ecos y casi rapeo que parecen salir de la profundidad de aquel “Niña ahogada en el pozo” que Morente cantó hasta vaciarse, o en el desenfreno de “Intrusos”, que desemboca en la falsa calma que se hunde entre los preciosistas arreglos de cuerda de “Ola equivocada”.

Una obra trágicamente liberadora que, en un mundo de escombros, sangre perdida y huesos rotos, ilumina cada silencio y abre de la mano de unos reinventados (otra vez) Lagartija Nick, una ventana más a la infinita imaginación creativa y al corazón de Jesús Arias.

Anterior crítica de discos: Brujería, de La Bien Querida.

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