Ley Sinde: Todo es más sencillo de lo que parece

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«Si nos hallamos aquí, varados legalmente tantos años después de que internet se expandiera, es porque nuestra legislación no acota perfectamente qué es y hasta dónde llega la copia privada, permitiendo que un agujero legal absurdo ampare al que sube, descarga y/o comparte archivos protegidos por los derechos de autor»

Esta semana la conocida como Ley Sinde llegará al Senado en la que es su última oportunidad para seguir adelante. Juan Puchades aboga por su aprobación, pero también por la reforma de la Ley de Propiedad Intelectual.


Texto: JUAN PUCHADES.


Esta semana la ley Sinde recalará en el Senado y su futuro, por el momento, se desconoce. Ojalá se apruebe y se ponga en marcha cuanto antes, porque es obvio que hace falta algún medio legal con el que tratar de frenar la sangría. Porque, como ya hemos explicado con anterioridad, aunque sea una ley parcial y de mínimos, que no enfoca hacia el centro del problema, debería salir adelante. Pero no hay que olvidar que si nuestros gobernantes se animaran a reformar la ley de propiedad intelectual y redefinieran el concepto de copia privada, no estaríamos en las que estamos.

Y es que todo es más sencillo de lo que parece. Si nos hallamos aquí, varados legalmente tantos años después de que internet se expandiera, es porque nuestra legislación no acota perfectamente qué es y hasta dónde llega la copia privada, permitiendo que un agujero legal absurdo ampare al que sube, descarga y/o comparte archivos protegidos por los derechos de autor. Si se modificara dicha ley, dejando claro su espíritu, fijando los límites presentes y futuros de la copia privada, respetando y protegiendo al creador y a su obra, acabaríamos con esta situación, ya no podría haber jueces que consideraran legales las páginas de enlaces, se penaría el subir, descargar y compartir por internet. Se atajaría el problema de raíz y de una vez por todas. La ilegalidad quedaría en evidencia. Luego, lógico, tocaría que cada cual hiciera sus deberes, que se suprimiera el canon, que los sectores afectados estudiaran el precio al que venden las obras (físicas y digitales), los nuevos sistemas de difusión y comercialización. Pero, mientras, cada día que pasa el abismo se hace mayor: La sociedad considera que está en su derecho de defecar sobre los derechos de autor, y para ello la batería de argumentos demagógicos, con los que darle al ratón sin que te remuerda la conciencia por estar haciéndote con algo por lo que no has pagado, es tremenda. Tanto que resulta absurdo y cansino responder a ellos, máxime cuando son muchos los que ya lo han hecho y las posiciones parecen lo suficientemente definidas: En un lado está el raciocinio, en el otro la justificación del latrocinio.

Ahora mismo es imprescindible presionar al gobierno y a la clase política en defensa de aquello que es justo, reunirse con quien haga falta, implicar a esos estamentos que parecen abstenerse del debate como si no fuera con ellos (los sindicatos, pongamos por caso). Personalmente, me agradaría ver a músicos (incluso a periodistas, igual de afectados en el reconocimiento de sus derechos que aquellos; tanto como los cineastas, los escritores, los dibujantes…), más activos, opinando, firmando manifiestos, dando la cara masivamente, apoyando sin dilación a los pocos que se atreven a levantar la voz y que inmediatamente son vilipendiados por los supuestos defensores de la libertad de expresión (hay que joderse con cómo se puede arrastrar por el suelo un concepto como este, tan fundamental). Pero parece que el miedo es mucho, que la mayoría prefiere seguir callada y amagada, esperando que sea otro con más valor el que se desgaste en el intento, y a ver si hay suerte y alguien consigue arreglar el desaguisado. Pero tanto miedo no se entiende. ¿Miedo a qué? ¿Al insulto? ¿A la agresión? Porque, desde luego, miedo a vender menos discos (físicos o digitales, da lo mismo) ya no es posible tenerlo. Están tan ciegos, o asustados, que no se dan cuenta de que mientras ellos guardan silencio, otros, que no callan, pretenden decidir cómo se debe gestionar el fruto de su trabajo (los mismos que se lo apropian sin remordimientos, ¡viva el retruécano y el surrealismo!), gente a la que, incluso, le parece mal que puedan ceder a sus descendientes los derechos de su creatividad (cuando estos ya están marcados con un plazo que de ningún modo se da en la transmisión de la propiedad material. ¡¿Imaginan que 70 años tras la muerte de Emilio Botín el Banco de Santander pasara a titularidad pública?!). De verdad que el espectáculo que están ofreciendo los unos y los otros resulta francamente descorazonador.

De nuevo, ojalá en el Senado se logre recuperar la ley Sinde, porque algo hay que hacer, y cuanto antes. Y ojalá, también, el Gobierno, como dijo la ministra Ángeles González-Sinde en Nochebuena, se ponga manos a la obra y antes de que termine la legislatura modifique la ley de propiedad intelectual. Y de ser así, que lo haga con criterio y sentido común, defendiendo escrupulosamente a los creadores y a sus obras.

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