Letter to you: Springsteen y su circunstancia

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«Tal vez, el disco de Springsteen más ajeno a la sociedad que le rodea, y probablemente el más oscuro desde Darkness of the edge of town»

 

Está a punto de ver la luz el nuevo álbum de Bruce Springsteen, Letter to you. A juicio de Javier Márquez, menos apegado al momento social que otros discos suyos, y tan oscuro como aquel Darkness of the edge of town.

 

Texto: JAVIER MÁRQUEZ SÁNCHEZ.

 

En 1990 la gran estrella de los 70 Kris Kristofferson ya apenas conservaba un atisbo de fulgor. El autor de “Help me make it through the night” había consagrado la década de los 80 a protagonizar películas horribles para poder pagar discos e iniciativas humanitarias para denunciar el intervencionismo estadounidense en diversos países de Centroamérica. Eso lo convirtió en un demonio rojo cuyas canciones apenas se pinchaban en las radios. En lugar de claudicar, Kristofferson decidió lanzar el más agresivo de sus trabajos —y probablemente de la historia de la música country— con Third world warrior, en el que, entre otras cosas, pedía la liberación de Nelson Mandela y dedicaba todo un sentido homenaje con “Sandinista” a los rebeldes nicaragüenses del mismo nombre. El disco se publicó el 6 de marzo de 1990. El 12 de febrero Mandela había sido liberado, y doce días después, el líder sandinista Daniel Ortega perdió las elecciones presidenciales nicaragüenses. Dicho de otro modo, el disco ya resultaba irrelevante el mismo día que llegó a las tiendas. ¿Y qué tiene que ver esta historia con Letter to you, el nuevo trabajo de estudio de Bruce Springsteen? En su caso no es que hable sobre temas que hayan quedado obsoletos, sino más bien que no habla de nada de lo que muchos esperaban.

A veces resulta inevitable aislar a un artista de su contexto, de su propia coherencia narrativa. En el caso de Bruce Springsteen nos encontramos con un joven apasionado por contar historias de personajes urbanos de clase obrera que, en un momento dado, se hizo adulto y protagonizó una evolución natural y lógica al caer seducido por el embrujo del lado oscuro del sueño americano: los desheredados, los perdedores. Y un paso más allá —unos años más en el calendario— llegó el compromiso político inevitable cuando la guerra, las políticas sociales o el desempleo comenzaron a cobrarse cada vez más vidas.

Es en ese contexto en el que más se disfrutan discos como Nebraska (1982), The ghost of Tom Joad (1995), Devils & dust (2005) o Working on a dream (2009), trabajos que, más allá de la fuerza contagiosa de sus composiciones, ofrecían letras e historias que eran toda una toma de posiciones por parte del artista. Por eso, a priori, este nuevo Letter to you puede llegar a desconcertar tras una primera audición.

El 2020 no será recordado por nadie con indiferencia, y menos aún por los estadounidenses. A una pandemia mundial hay que sumar una más que discutible y sin duda polémica gestión de la misma por parte del presidente del país, además de un enfrentamiento social cada vez más preocupante al calor de los abusos policiales contra los afroamericanos, enfrentamiento que ha incendiado ciudades y ha llegado a reabrir las heridas de la guerra civil en el sur de la nación.

Ante tal panorama, cuando se anunció el lanzamiento de Letter to you, apenas un año después del anterior trabajo, Western stars, muchos esperaban al Springsteen más comprometido, que llegaría justo antes de las elecciones para agitar conciencias y encender corazones. Y ni lo uno ni lo otro, porque resulta que este disco se grabó en noviembre de 2019, cuando aún no teníamos ni idea de lo que era un gel hidroalcohólico. Mala suerte. Esa circunstancia, desde luego, no influye en su contenido, pero es inevitable que sí lo haga en nuestra percepción de él.

 

Los amigos, la Biblia y el rock

Letter to you es un disco tremendamente personal, firmado por un hombre de 71 años que ya no habla de esperanza por el futuro sino de nostalgia del pasado, que no canta correrías con sus colegas, sino que llora la ausencia de estos, y sobre todo —de manera abrumadora—, ha cambiado toda la liturgia de chicas, motor y carreteras por un sinfín de referencias bíblicas, casi en la totalidad de las canciones.

Compuesto de doce cortes cuya duración roza la hora, vuelve a estar producido por Ron Aniello, que una vez más se las ingenia en más de la mitad de las piezas para que acabemos fatigados de tanto instrumento, tanta potencia y tanto de tanto, en ocasiones, para detrimento de la historia que se cuenta. No en vano, las canciones que más destacan y mejor coherencia guardan de forma y fondo son las que se han tratado con mayor intimismo. En este sentido echamos de menos que el artista recupere un poco el control del sonido final de sus discos.

Aunque sí es posible que haya metido mano en esa especie de homenaje velado que hay a su banda legendaria, la E Street Band, para cuyos integrantes, todos ellos, hay reservado un momento de gloria en algún tema (el saxo en “Last man standing” y el teclado en “Janey needs a shooter” hacen estremecer al recordar a los músicos originales ya fallecidos, Danny Federici y Clarence Clemons); pasajes, en definitiva, para dejar claro por qué han llegado a ser —cuando estaban todos— la mejor banda de rock del planeta. También a ellos, a los amigos músicos desaparecidos —imposible no acordarse de los citados Federici y Clemons, aunque curiosamente no se hable de teclados ni de saxos—, van dedicadas dos de las piezas más emocionantes: “Ghosts” y “I’ll see you in my dreams”.

Pero no es la única referencia al universo musical que encontramos en este trabajo. Ahí está la que quizás sea la canción más redonda de este disco: “House of thousand guitars”, un sentido homenaje, casi en clave de góspel, al mundo de la música y su poder sanador y vitalista, además de ser uno de los mejores ejemplos de referencias religiosas de este álbum, como vemos también en “Burnin’ train” o “Rainmaker”, aunque en ningún caso superen a “If I was the priest”. Musicalmente mucho más rockera, la imaginería de esta canción remite a la épica “Outlaw Pete”, incluida en el citado Working on a dream. En este caso tenemos otro relato western con una Virgen María que regenta el saloon Santo Grial, donde hay un espectáculo presentado por el Espíritu Santo, todo ello en un pueblo en el que Jesucristo es el sheriff y al que llega una diligencia de la Wells Fargo en la que el Papa —no sabemos cuál exactamente— es el escopetero de protección.

 

Un álbum otoñal

El disco se abre con dos cortes de índole más existencialista. “One minute you’re here”, es otra de las grandes piezas del disco por la sencillez hiriente de su planteamiento, en la que el artista reflexiona sobre la fugacidad de la vida y la necesidad de disfrutar de los pequeños momentos felices —que habitualmente pasamos por alto—, porque «ahora estás aquí y un minuto después has desaparecido». Por su parte, en “Letter to you”, composición escogida como primer sencillo, es fácil identificar a Springsteen dirigiéndose a su público a corazón abierto, reconociendo que ha compartido con él cuanto sentía, sus miedos, sus dudas, su felicidad, su dolor… en esa «carta para ti», que es otra cosa que sus canciones.

En definitiva, como apuntábamos al principio, estamos ante, tal vez, el disco de Bruce Springsteen más ajeno a la sociedad que le rodea, y probablemente el más oscuro —aunque no en su sonido— desde Darkness of the edge of town. Es imposible obviar que buena parte del álbum está plagado de estampas desoladoras: cultivos resecos, perros aullando, lunas de sangre, batir de alas negras… Cuando tal vez muchos esperaban —esperábamos— a un Springsteen gritando y afilando guitarras contra los millones de dramas provocados por la pandemia, contra Trump o contra el racismo, este disco nos presenta, más que nunca, a un Bruce otoñal en su universo particular. Ni pesimista, ni optimista, ni reivindicativo; simplemente sentado en la mecedora del porche de su casa, a varios cientos de kilómetros de la ciudad más próxima, con una biblia sobre la mesa junto a la cerveza helada, reflexionando sobre todo lo bueno y lo malo que le ha dado la vida vida.

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